Las voces de Atacama

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…a Ricardo Espinoza Lolas

En un reciente viaje al desierto de Atacama, Anna Bou Jorba, nos comparte una reflexión profunda sobre la materialidad y espiritualidad de este lugar único. En su recorrido junto al filósofo Ricardo Espinoza Lolas y Diego, un sensible conductor y poeta, exploran desde la poesía y la filosofía la esencia del desierto, los estromatolitos y la conexión con el cosmos. En su narrativa, Anna capta la sinfonía de los paisajes atacameños y las historias de sus habitantes, revelando cómo este rincón del mundo invita a una contemplación que trasciende el tiempo y el espacio.

Por Anna Bou Jorba, poeta y escritora catalana.

Leía el otro día los siguientes versos: ¿Por qué este silencio brutal? ¿Por qué no tenemos respuesta a todas las preguntas? Porque preguntas demasiado, poeta cuyo nombre he olvidado. Porque, encerrado en tu trascendencia de hormigón armado, no estás atento a los detalles. Querido apesadumbrado, ¿por qué no te sientas encima de tu pregunta, cual mullido sofá, te relajas y contemplas las cosas desde abajo? ¿De qué silencio brutal te quejas? Escucha cómo callan las cosas, impresionante es su murmullo; podrás oírlo si Diego apaga la radio.

La radio

Diego conduce la pequeña furgoneta que nos traslada desde el aeropuerto de Calama a San Pedro de Atacama. Delante, el Norte y la ventana del parabrisas cual pantalla panorámica por la que entra el paisaje; detrás, el Sur con 4 pares de turistas sentados; el Este y el Oeste nos presionan por los lados de este país tan estrecho como un apretón de manos de bienvenida. Mucho gusto, Chile, yo también estoy encantada de conocerte. El coche se adentra por el paisaje desértico mientras en la radio chilla a toda pastilla una voz “Le gusta a lo kynky, nasty, y aunque sea fancy se pone cranky si lo hago romantic, le gusta el sexo en exceso y, en el proceso, me pide un beso con un poco de reggaeton ton ton”. No queda más remedio que tomarse la vida con filosofía, pero muchísmo mejor si se tiene la suerte de vivir con el filósofo Ricardo Espinoza. “Faltan poetas en Atacama que la ensalcen desde su materialidad, para que surja el ritual humano. Son los poetas los únicos capaces de levantar su conciencia, como una erección”, me comenta Ricardo mientras avanzamos por la nada que nadea a nuestro alrededor. “Parece una metáfora. Yo escribo poesía” irrumpe Diego, cuya sensibilidad entró en su punto de ebullición e, inmediatamente, cambió el reggaeton -considerando, sin duda, que no hacía juego con semejante diálogo-, por la salsa romántica que nos acompañó el resto del trayecto. “Para evitar el dolor, para evitar el rencor de este amor que se va, ay dolor, ay ay”, languidecía desde la radio una voz con volumen más bajo, y justo cuando terminaba el melancólico quejido aparecieron, delante nuestro, los dedos de la cordillera, como mano que saluda desde lejos.

La importancia de un cero, o los estromatolitos

Chile, este país tan largo como pluma de oca que moja su punta en el tintero de Drake para escribir la obra maestra titulada “Tierra. Tragedia en 5 actos”. De hecho, ya llevamos 5 extinciones; el Ordovícico (440 millones de años), el Devónico (370 millones de años), el Pérmico (245 millones de años), el Triásico (210 millones de años), y el Cretácico, que terminó hace tan sólo 65 millones de años. Pero los estromatolitos. Los estromatolitos -reza el cartel del salar de Tebenquiche- son los seres vivos más antiguos del planeta. Ellos liberaron O2 generando la capa de ozono hace 3.800 millones de años dando paso a la vida y la siguiente línea de tiempo. Fueron sembrados en el planeta por un meteorito y existen tan sólo en tres partes: El Golfo de México, Australia y esta laguna. ¿Cuántos millones de años luz hacia atrás llevamos en total, que he perdido la cuenta? Hablamos de cifras tan mastodónticas que nuestros pequeños cerebros mortales son incapaces de asimilarlas (si cogiésemos un año natural como medida del tiempo geológico de la Tierra, el humano ocuparía tan sólo los tres últimos segundos), hasta el punto que podemos llegar a pensar que qué más da cero arriba, cero abajo; cien años arriba, cien años abajo; un millón de años arriba, un millón de años abajo. Y no. La importancia de un cero. La importancia de una bacteria. La importancia de un gesto. Y cuando se une lo pequeño, lo mínimo, lo que, a priori, no tiene fuerza, puede lograr más fuerza que la fuerza.
Así como los estromatolitos, piedras vivientes, granos minerales unidos por la agrupación de bacterias, originaron la vida, también se unieron los ceros unos con otros para conseguir las cifras de la creación; ceros vivientes que desprendieron oxígeno en los calendarios impensables que nos han permitido a nosotros llegar a día de hoy, respirando.
Poeta que te quejas de cierto silencio brutal, quizás es que tus oídos escuchan bajo, agudízalos y oye cómo canta la nada, aquí arriba, en el desierto de Atacama, cómo murmura la vida, aquí abajo, en el desierto de Atacama, cómo rugen los estómagos hambrientos de los volcanes, cómo ríen ferozmente los estromatolitos cuando los mortales amantes se prometen un amor “para siempre”.

Antakamur

Antakamur, “el lugar de la luna oscura”, en idioma kunza. Atacama en el idioma de nuestros labios actuales. Atacama. Donde no pasa nada para que todo pase, y en todas las direcciones. El cuchicheo sísmico de las fallas, como viejitas escondidas detrás de las cortinas, que mascullan entre sí que tiempos pasados fueron mejores; los mineros que circulan por las venas de cobre y litio, atareados como glóbulos rojos de este animal hecho de minerales, paciencia y tierra; volcanes que hierven por dentro creando una sopa de lava ideal para cocinar dioses; dioses que no serían nada sin los hombres, hombres que viven encima de un cementerio indígena y por este motivo, para guardar un inmóvil respeto, está prohibido bailar en Atacama. Pero atacameñas y atacameños bailan. Cuando los muertos no miran, bailan. Cuando el pasado no mira, bailan. Alrededor del fuego bailan con las llamas. Y la cima del Licancabur como el ojo del oráculo ciego que observa el cielo siempre despejado en esta tierra árida, por dicho motivo aquí vive el ALMA, no la del mundo, que también, sino el “Atacama Large Millimeter Array”, el proyecto astronómico más grande que existe, con sus telescopios que giran como girasoles gigantes, giralunas, giramundos, y me ha entrado hambre, cuando pienso en fusión de estrellas y galaxias que colapsan me entra hambre. “Me comería un asado”, exclamó Neruda, premio Nobel de poesía y de gozar la vida, cuando llegó a la cima del Machu Pichu. Pero que siga la ciudadela bajo su cielo inca mientras nosotros atravesamos las bellísimas dunas y rocas del “Valle de la Luna”, que junto con las “Piedras Rojas” (cuya coloración proviene de la presencia en las rocas de minerales como el hierro y el cobre) son las niñas bonitas de las guías de viaje que deleitan al turista con un “son paisajes que más parecen de la luna, o de marte”. Y para qué queremos que estos parajes se parezcan a otros, y tan lejos, y tan a oscuras; esta intención parquedeatraccionesca de buscar similitudes, aunque inocente, debilita el carácter, desmerece: Atacama se parece exclusivamente a Atacama. Y le basta. Y le sobra. Y el salobre, la sal que sube de la tierra y se queda en la piel del paisaje; la tierra suda, como nosotros. Y el color rosado esparciéndose por los estilizados cuerpos de los flamencos, como si se hubieran comido un ramo de rosas rojas que todavía digirieran las plumas. Y la lagartija cuya cola parece una coma en este inagotable texto del paisaje. Y la nebulosa de vicuñas que imita nebulosas estelares. Y, ya de noche, las tres monjas que pasean por la calle Caracoles, una junto a otra, como las Tres Marías. Y la perra extasiada y feliz panza arriba admirando el cielo estrellado, apuntando con su pata superior derecha, sin duda, a la Cruz del Sur.

El lugar de la luna brillante

La música de las esferas, con sus minimalistas repeticiones, bien podría colarse en el repertorio de Philip Glass. Las galaxias son instrumentos de viento, pero sin instrumento. Como sonidos que dudan entre ser burbujas de jabón o bien ondas electromagnéticas. Como invisibles campos de trigo en los que cantan grillos de cristal. Como brisa que atraviesa el peine de un nómada mongol. La música de las esferas es muy similar a una música contemporánea que viene de muy, muy lejos, y eran sus sinalefas celestes, composiciones y do de pecho de las estrellas más soprano las que guiaban a nuestros ancestros. Y la luna. El idioma kunza se equivocó en el tono lunar, pero sea siempre bienvenida una licencia poética. La luna de esta noche en Atacama está brillante, casi llena, como el deseo. El telescopio nos acerca a sus cráteres y relieves tan hermanados con Atacama que una estrella nos guiña el ojo, socarrona. Y a la derecha, allí, allí las Tres Marías, tan juntas como las tres monjas de la calle Caracoles. Y Sirius, literalmente “aquella que brilla”, que sirvió como referencia, ya desde la Antigüedad, para los navegantes de las latitudes más norte. Y la nebulosa del Joyero, que me recuerda ese collar que se rompió y se esparcieron todas las piedras para emitir sus destellos desde el suelo. Y Pólux y Cástor, los dos hermanos compitiendo a ver quién reluce más; real como la vida misma. Y la luna, que se encuentra a un segundo luz de nosotros: aquí hay un poema. Y la Cruz del Sur que apunta, sin ninguna duda, a la pata superior derecha de la feliz perra panza arriba.
Sesión fotográfica para inmortalizar el momento (estromatolitos, dejad de reír cada vez que digo la palabra “inmortal”). Ricardo, como filósofo que es, posa de perfil y con el puño pensante en la frente, mientras encima de su cabeza asoma la luna, cual calavera de Yorick. La cuestión no es Ser o no ser. La conjunción disyuntiva induce a error. La cuestión es Ser y no ser. No ser y estar siendo. No estar, pero estar viniendo. Te pienso, luego existo. Lo que todavía no existe, pero ya está bailando. Un gesto. Diez estromatolitos. Un millón de ceros maduros y llenos de semillas, como sandías. La inmortalidad (risas). La nada necesaria para que todo sea. El puro ser y la pura nada, que son la misma cosa. Y precisamente ahora, yo también, me comería un asado.

Viña del Mar, 7 mayo 2024.

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