Por Patricio Palacios P. Socio Director de TCS Capacita, psicólogo, filósofo, coach, docente del Magíster de Salud Pública de la Universidad Mayor y fundador de P.P. Piensa Positivo.
El cuerpo humano ha dejado de ser una entidad biológica o un refugio de la subjetividad para convertirse en la terminal de consumo definitiva. Si Michel Foucault describió en Vigilar y Castigar cómo el poder soberano moldeaba “cuerpos dóciles” a través de la disciplina institucional (la escuela, el cuartel, la fábrica), la modernidad tardía ha perfeccionado el mecanismo hasta hacerlo invisible. Ya no hace falta que un guardia nos vigile desde una torre; ahora el vigilante es el espejo, el látigo es el algoritmo y el verdugo es uno mismo.
La industria de la belleza ha perpetrado el secuestro más exitoso de la historia: aquel en el que la víctima no solo ama a su captor, sino que paga el rescate a plazos y con una sonrisa. Bajo la lógica de Byung-Chul Han, hemos transitado de la “sociedad disciplinaria” —basada en el “no poder” y la obediencia— a la “sociedad del rendimiento”. En este nuevo paradigma, el cuerpo no se somete a una norma externa por miedo al castigo, sino que se entrega a una optimización constante por miedo a la exclusión.
Como bien señala Han en La salvación de lo bello:
“Lo bello hoy se agota en lo pulido, lo liso, lo impecable. Se elimina todo lo que sea una herida, un rastro de vida, una resistencia”.
El cuerpo secuestrado por la industria es un cuerpo des-erotizado. Ya no es un lugar de misterio o de encuentro con la alteridad del “Otro”, sino un objeto de exhibición absoluta. La arruga, la estría o la asimetría no son interpretadas como marcas de una biografía vivida, sino como errores de producción, fallos en el sistema operativo de la carne que deben ser “corregidos” por el mercado de la estética.
Foucault acuñó el término biopoder para explicar cómo el Estado gestiona la vida de la población para hacerla útil y productiva. Sin embargo, la industria de la belleza ha privatizado este control. Ya no es el Estado el que exige salud; es el mercado el que exige rentabilidad visual. El cuerpo es hoy un activo financiero: si no es “bello” (según los cánones de la transparencia y la tersura), se percibe como un activo tóxico. El individuo que no se somete a la dictadura del gimnasio, el bótox o el filtro digital es castigado con la invisibilidad social, la forma más cruel de ostracismo contemporáneo.
Este secuestro se manifiesta en la tiranía de la transparencia. Para Han, la sociedad actual exige que todo sea expuesto, consumido y “gustado”. El cuerpo secuestrado debe ser un cuerpo pornográfico: despojado de su carácter sagrado, expuesto al escrutinio público de las redes sociales, donde el valor de culto ha sido sustituido por el valor de exhibición.
La mordacidad del sistema radica en que nos hace creer que estamos ejerciendo nuestra libertad. Nos sometemos voluntariamente a intervenciones quirúrgicas y regímenes extenuantes bajo el eslogan del “amor propio”. No obstante, esta es la forma más sofisticada de dominación: la autoexplotación. Como advierte Han en La sociedad del cansancio, el sujeto de rendimiento se cree libre mientras se aniquila a sí mismo para alcanzar un ideal que la industria de la belleza rediseña cada temporada para que nunca sea alcanzado.
El secuestro es económico, pero su trasfondo es metafísico. La industria ha vaciado el cuerpo de alma para llenarlo de silicona y expectativas. Hemos sustituido la “estética de la existencia” de Foucault —donde el sujeto se crea a sí mismo como una obra de arte ética— por una cosmética de la existencia, donde el sujeto se decora para ser un producto competitivo en la vitrina del capital.
El veredicto es desolador: hemos sustituido la soberanía del ser por la dictadura de la apariencia higienizada. La industria de la belleza ha colonizado nuestra piel, dictando que la única forma de habitar el mundo es a través de una perfección inerte.
Mientras Foucault nos advertía sobre las prisiones físicas de cemento y rejas, Han nos señala la prisión digital y psíquica del “me gusta”. El cuerpo, secuestrado, ya no nos pertenece; le pertenece al flujo de datos, a la industria farmacéutica y a la estética del vacío. Al final del día, lo que queda en el espejo no es un ser humano, sino un envase pulido, listo para ser consumido y, eventualmente, desechado cuando el mercado decida que ha aparecido una versión más eficiente de la “belleza”.
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management