Las experiencias adversas vividas durante la infancia pueden seguir influyendo en la forma en que las personas se relacionan, responden al estrés y se desenvuelven en sus trabajos durante la adultez. Un artículo publicado el 30 de julio de 2026 por MIT Sloan Management Review, elaborado por Payal Sharma, Liza Barnes y Neeraj Rao, analiza cómo una cultura laboral saludable y determinadas prácticas de liderazgo pueden generar experiencias positivas capaces de ayudar a los trabajadores a desarrollar nuevos patrones de respuesta frente a los efectos persistentes de esas experiencias tempranas.
El fenómeno alcanza a una proporción significativa de la población adulta. De acuerdo con los antecedentes recogidos por los autores, estimaciones recientes indican que un 60% de los adultos a nivel mundial ha enfrentado al menos una experiencia adversa durante la infancia, mientras que un 16% ha vivido cuatro o más. Estas experiencias pueden incluir abuso o negligencia, violencia doméstica, separación de familiares, problemas de salud física o mental dentro del hogar, dificultades económicas y exposición directa o indirecta a violencia.
El análisis plantea que estos antecedentes pueden afectar las percepciones que los trabajadores tienen sobre sí mismos, sus actitudes hacia el empleo, sus conductas y sus relaciones dentro de la organización. Por ello, el bienestar laboral no aparece únicamente como una respuesta a dificultades originadas en el propio trabajo, sino también como una dimensión que puede interactuar con experiencias anteriores a la vida profesional.
Efectos persistentes
Las experiencias adversas de la infancia pueden producir cambios psicológicos y fisiológicos que permanecen durante la adultez. Entre los efectos descritos se encuentran alteraciones en las respuestas al estrés, una mayor reactividad frente a posibles amenazas y dificultades vinculadas con la memoria, la regulación emocional y el estado de ánimo.
En el trabajo, estas condiciones pueden expresarse de distintas maneras. Los autores asocian las experiencias adversas de la infancia con una mayor probabilidad de baja autoestima, aversión al riesgo, intención de abandonar el empleo, angustia emocional, tensión laboral y menor desempeño. También pueden existir dificultades en las relaciones interpersonales y una mayor exposición a situaciones de maltrato laboral, tanto como receptor como desde conductas ejercidas hacia otros.
Sin embargo, el artículo plantea que estos patrones no necesariamente son inmutables. Un elemento central del análisis es la neuroplasticidad, entendida como la capacidad del cerebro adulto para continuar adaptándose mediante el aprendizaje y la formación o modificación de conexiones y patrones. Las experiencias significativas y sostenidas durante la adultez pueden, de esta forma, contribuir a generar respuestas diferentes a aquellas desarrolladas en contextos adversos.
Entornos saludables
Para que esa capacidad de adaptación tenga lugar, la calidad de las experiencias resulta relevante. El artículo identifica como favorables aquellas situaciones que tienen significado emocional, incluyen un componente social o relacional y permiten reforzar de manera repetida nuevos aprendizajes, formas de pensar o hábitos.
En esa misma línea, las rutinas predecibles, las relaciones sociales de apoyo, las oportunidades para ejercer autonomía y desarrollar dominio sobre las tareas, junto con experiencias que disminuyen el estrés crónico, aparecen como condiciones capaces de favorecer cambios adaptativos. En el tiempo, estos elementos pueden ayudar a sustituir respuestas asociadas a ambientes amenazantes por formas más flexibles y reguladas de pensar, sentir y actuar.
La particularidad es que varias de esas condiciones coinciden con atributos que las organizaciones buscan promover al desarrollar una cultura laboral saludable. El bienestar, la estabilidad de los entornos, la calidad de las relaciones y la posibilidad de tener mayor agencia en el trabajo pueden beneficiar al conjunto de los empleados, pero los autores sostienen que también pueden ser especialmente relevantes para quienes arrastran consecuencias de experiencias adversas de la infancia.
Rol del liderazgo
En este escenario, líderes y organizaciones tienen un papel en la creación de ambientes de trabajo capaces de ofrecer experiencias distintas de aquellas asociadas con contextos de adversidad. La estabilidad y la benevolencia pueden contradecir expectativas construidas en entornos caracterizados por la imprevisibilidad o la dureza, mientras que las relaciones que facilitan la regulación emocional y validan las experiencias de las personas pueden contribuir a disminuir respuestas vinculadas con la vergüenza o la desregulación.
La autonomía también ocupa un lugar relevante. Para personas que durante etapas tempranas de su vida experimentaron falta de control o capacidad de acción, contar con oportunidades para ejercer agencia dentro de su trabajo puede favorecer el desarrollo de nuevas experiencias de confianza y control personal.
Los autores, no obstante, advierten que la neuroplasticidad no supone que el cerebro pueda ser modificado de manera rápida ni que las consecuencias de la adversidad infantil puedan desaparecer completamente. Se trata de un proceso gradual, dependiente de las experiencias y variable entre personas. La relevancia del entorno laboral radica, entonces, en su carácter recurrente y relativamente estable: cuando ofrece experiencias positivas de manera sostenida, puede constituirse en uno de los espacios de la vida adulta que contribuyan al bienestar, la resiliencia y el desarrollo de patrones más adaptativos.
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