Por RH Management
¿La cosmología china, con sus milenios de historia, sus matices y sus transformaciones, permite explicar qué significa ser chino? ¿Ayuda a comprender la forma de competir y producir de sus empresas? ¿Hay algo de “yin” y “yang” en las políticas que contribuyeron a convertir al país en una potencia mundial?
Estas preguntas interesan a RHM porque acercan las maneras de comprender el mundo a las capacidades para actuar sobre él. Sus dos reportajes sobre cosmología y el “I Ching” recorren una historia en la que naturaleza, conducta y gobierno podían formar parte de una misma explicación. El recorrido también muestra diferencias que impiden reducirla a una fórmula.
Pero entre aquellos textos y la China contemporánea están Mao Zedong, la fundación de la República Popular, las reformas económicas y las disputas sobre el valor de la propia tradición. Esa historia obliga a precisar la pregunta. “Ser chino” no puede significar un carácter único, compartido por todas las personas y conservado sin cambios durante siglos.
Tradición disputada
Anne Cheng, en “Historia del pensamiento chino”, sitúa la elaboración de “yin” y “yang” como principios para explicar el universo en los siglos IV y III antes de la era común. Son aspectos complementarios de una realidad en transformación. Jesús Mosterín, en “China”, describe nuevas interpretaciones del pensamiento de Confucio en los siglos XI y XII de la era común. La herencia se reinterpretaba.
El calendario agrícola del primer reportaje ofrece una relación con el trabajo. En los “mandamientos mensuales” del “Liji” o “Tratado de los Ritos”, reproducidos por Cheng, el soberano debía organizar las labores y ajustar su conducta a los tiempos de la naturaleza. Dirigir requería reconocer un orden al que también estaba sujeto quien gobernaba.
Esa relación entre orden y autoridad tampoco tenía un significado único. Flora Botton Beja, en “China, su historia y cultura hasta 1800”, muestra que la relación entre Cielo y gobernante podía respaldar el poder y ofrecer argumentos para impugnarlo. La continuidad de esa tradición no suponía que todos extrajeran las mismas consecuencias.
El 1 de octubre de 1949, Mao Zedong proclamó la República Popular de China. Javier Martín Ríos, en el volumen “China, pasado y presente de una gran civilización”, coordinado por Gabriel García-Noblejas, describe un proyecto de reorganización socialista que tomó al inicio a la Unión Soviética como modelo. La reforma agraria y la industrialización pasaron al centro de la construcción del nuevo Estado.
La transformación alcanzó la formación de las personas. En ese volumen, Gladys Nieto explica que el sistema educativo posterior a 1949 buscó desarrollar conciencia socialista y preparar técnicos para reconstruir la economía. La combinación de trabajo manual e intelectual respondía a un principio marxista. Las ciencias y las ingenierías ganaron prioridad: también se intervenía sobre qué conocimientos merecían aprenderse.
El Partido Comunista aparece como actor político y cultural. La orientación marxista y materialista que recoge Nieto permite observar decisiones sobre educación, trabajo y conocimiento. Llamarla agnosticismo dejaría fuera ese proyecto: estaba en juego cómo formar ciudadanos y organizar la sociedad, además de la relación con las creencias religiosas. Tampoco corresponde deducir de una orientación partidaria las convicciones de toda la población.
Con la Revolución Cultural, entre 1966 y 1976, la ruptura se volvió violenta. Martín Ríos describe la ofensiva impulsada por Mao contra viejas ideas, cultura, costumbres y hábitos, junto con ataques a profesores y destrucción de bienes culturales. La tradición no atravesó intacta el siglo XX. Hubo un intento político de combatirla y redefinir qué debía conservarse del pasado.
Importa el regreso de Confucio al reconocimiento público. Mosterín registra, en la edición de 2016 de “China”, el renacimiento del confucianismo en la República Popular. Menciona los elogios del presidente chino Xi Jinping al pensador y su visita a Qufu, así como el uso de su nombre en los institutos de difusión cultural. La recuperación es pública e institucional.
Ese retorno ayuda a comprender el relato contemporáneo, pero exige distinguir al pensador de los usos posteriores de su figura. Invocar a Confucio puede poner en circulación una imagen de continuidad cultural; no demuestra que cada decisión política derive de su enseñanza. RHM interpreta que la selección del pasado también forma parte de la construcción del presente.
Decidir y producir
La productividad necesita entrar en esta historia con sus cambios y sus fracasos. Mosterín describe el desastre del Gran Salto Adelante, iniciado por Mao en 1958, y la apertura económica impulsada por Deng Xiaoping desde 1978. Su relato vincula esta última con la ampliación de las iniciativas individuales y empresariales, mientras se conservaba el monopolio político del Partido Comunista. En “Sobre la práctica” (1937), Mao sostiene que la práctica social es el criterio de verdad y que del fracaso se aprende modificando las ideas (pp. 8-9). Esto abre una tensión: ¿cómo se relaciona ese principio de corrección del error con decisiones posteriores, como el Gran Salto Adelante, cuyos resultados fueron desastrosos?
En “Reforma y apertura”, Deng plantea actuar en función de la realidad y rectificar errores; para reformar el sistema de dirección de las entidades de base, propone ensayar en un número reducido y mantener el sistema vigente en las demás hasta elaborar y promulgar los reglamentos adecuados (pp. 43 y 46). La secuencia impide explicar resultados tan distintos mediante una cultura que se supone invariable. Obliga a examinar cómo se organiza la producción, qué decisiones se corrigen y qué conocimientos encuentran espacio. Para quienes dirigen organizaciones, esa diferencia resulta clave: la capacidad de movilizar a muchas personas no garantiza que el rumbo elegido sea acertado ni que exista disposición para revisarlo.
Manuel Rivera Espinoza introduce una cautela semejante en su entrevista con RHM. Le parece tentador vincular los planes de largo plazo con “yin” y “yang” o con una sabiduría milenaria, pero advierte que es difícil demostrarlo. Prefiere observar la capacidad concreta del Estado para decidir y sostener objetivos. La antigüedad de una tradición no garantiza resultados.
En su experiencia docente, Rivera reconoce una continuidad confuciana en el respeto hacia el profesor y en la importancia de los roles y las obligaciones. Es una interpretación de lo que vivió. Para relacionarla con el desempeño de las empresas habría que seguir esa hebra: observar cómo se aprende, cómo se ejerce la autoridad y qué ocurre cuando alguien discrepa.
El “I Ching” permite formular otra pregunta. El segundo reportaje de RHM muestra cómo un texto ligado a la adivinación acumuló reflexiones sobre las situaciones y sus transformaciones. Cheng destaca tanto la paciencia como la atención al “ji”, el indicio apenas perceptible de un cambio. Esperar y actuar pronto podían responder a circunstancias diferentes. Eso invita a revisar los diagnósticos, sin atribuir al libro una eficacia empresarial demostrada.
El análisis también debe mirar a quienes sostienen la producción. En “Las chicas del Norte”, Sheng Keyi narra el recorrido de una joven que migra desde Hunan hacia Shenzhen y enfrenta empleos precarios. Esa mirada literaria recuerda que investigar la competitividad exige preguntar por las condiciones de trabajo, las posibilidades de aprender y la capacidad de hacerse escuchar.
La hipótesis permanece abierta: las tradiciones podrían influir en la manera de interpretar relaciones, asumir responsabilidades y decidir cuándo actuar. Para sostenerla, RHM necesita examinar sus huellas junto con las instituciones y los recursos que permiten convertir decisiones en resultados. Mao, Deng y la recuperación de Confucio merecen desarrollos propios en la serie. Aquí muestran por qué la cultura también se transforma mediante proyectos políticos.
Comprender la capacidad productiva china exige distinguir el aporte de las tradiciones que perduran y el de las decisiones que las cuestionaron o reinterpretaron. Desde Chile, esa historia invita a revisar la forma de dirigir y aprender, sin convertirla en una receta. ¿Cuándo el respeto por la autoridad facilita coordinar el trabajo y cuándo dificulta advertir un error?