La culpa no siempre aparece porque una persona haya actuado mal. En las relaciones interpersonales también puede surgir cuando alguien modifica un rol mantenido durante años, comienza a expresar sus necesidades o decide establecer límites. Un artículo publicado el 6 de agosto de 2026 por El País, con el análisis de los psicólogos Ainhoa Cascales y Alejandro Piña, explica que esta emoción se experimenta de distinta manera según la interpretación de los hechos, la personalidad, la historia de aprendizaje y la forma en que cada persona se relaciona con los demás.
La culpa es una emoción con una dimensión moral que aparece cuando una persona percibe que hizo, o dejó de hacer, algo contrario a sus valores o que pudo causar daño a alguien. Cuando se presenta con una intensidad tolerable, puede cumplir una función constructiva: impulsar la reparación, permitir aprender de los errores y contribuir al fortalecimiento de los vínculos.
Sin embargo, esa misma emoción puede activarse en circunstancias en las que no existe necesariamente una conducta incorrecta. Cascales plantea el caso de una persona que, después de años complaciendo dentro de una familia, comienza a expresar lo que necesita o a poner límites. El cambio puede generar una fuerte sensación de culpa porque altera el papel que esa persona había ocupado y, con ello, el funcionamiento que se había establecido en la relación.
Límites y culpa
Sentirse culpable al marcar un límite puede terminar funcionando como un mecanismo que impida sostenerlo. La incomodidad aumenta especialmente cuando la otra persona responde con enfado o frustración. Sin embargo, que alguien reaccione negativamente ante una decisión no significa por sí mismo que el límite sea injusto. En estos casos, la culpa puede estar asociada al cambio de una dinámica previa y no necesariamente a haber tomado una decisión equivocada.
La personalidad también influye en la intensidad de esta emoción. Las personas muy empáticas, perfeccionistas o con una elevada tendencia a asumir responsabilidades pueden ser más vulnerables a sentirse culpables. En el otro extremo, quienes suelen minimizar las consecuencias de sus actos o desplazar la responsabilidad hacia factores externos pueden experimentar un nivel menor de remordimiento.
La manera de relacionarse con los demás añade otra dimensión. Piña explica que algunas personas sienten culpa de forma constante porque aprendieron a utilizarla para regular sus relaciones interpersonales. Experiencias en las que expresar enfado era percibido como peligroso o en las que las emociones fueron invalidadas pueden favorecer estas respuestas. El especialista también señala que aprender a complacer y cuidar a otras personas para mantener la conexión presenta un sesgo de género y es más frecuente en mujeres y personas Lgtbiq+.
La relación aprendida con los errores es otro elemento relevante. Quienes crecieron en entornos donde equivocarse estaba asociado a críticas, castigos o pérdida de aprobación pueden desarrollar una mayor sensibilidad a la culpa e incluso responsabilizarse de situaciones que no controlan. Otras personas, en cambio, aprenden a relativizar o justificar sus errores o a atribuir la responsabilidad a circunstancias externas, lo que puede reducir el remordimiento.
Responsabilidad sin castigo
Sentir poca culpa tampoco permite concluir automáticamente que exista una falta de empatía. Cascales advierte que “la ausencia de culpa no implica necesariamente falta de empatía ni un trastorno de personalidad”. Frente a la intensidad de esa emoción, los especialistas ponen el acento en otros indicadores: la capacidad de reflexionar sobre el propio comportamiento, reparar un daño, comprender a la otra persona y asumir las consecuencias de los propios actos.
En el extremo contrario se encuentran quienes sienten culpa prácticamente por todo. La emoción puede volverse disfuncional cuando lleva a revisar constantemente cada acción, pedir perdón de manera continua, responsabilizarse por las emociones de otras personas o evitar decisiones por miedo al sentimiento que estas puedan provocar. La diferencia está en si la culpa favorece la responsabilidad y el cambio o si comienza a limitar la vida de quien la experimenta.
El trabajo frente a una culpa excesiva, de acuerdo con los especialistas, no consiste en eliminarla por completo, sino en comprender cómo opera. Una de las distinciones planteadas es identificar si la persona está tratando de reparar algo que hizo o simplemente intenta evitar el enfado de alguien. El objetivo es reconocer cuándo la culpa ayuda a vivir de acuerdo con los propios valores y cuándo termina alejando a la persona de la vida que desea llevar. Piña agrega la necesidad de reconectar con las emociones desde las circunstancias actuales y aprender a enfrentar tanto la rabia propia como la ajena como parte de la capacidad para diferenciarse de los demás.
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