Versalles en llamas: La visión de Luis XVI sobre el Inicio de la Revolución Francesa

Sumérgete en el relato ficticio basado en hechos reales de cómo el Rey Luis XVI vivió el inicio de la Revolución Francesa. ¿Vemos paralelismos con nuestra élite económica y política contemporánea?

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Versalles, 14 de julio de 1789. Luis XVI acaba de recibir la noticia de la toma de La Bastilla, el acontecimiento que dio inicio a la Revolución Francesa. Este texto, desarrollado por Alex Sala de Historia National Geographic, es un relato ficticio sobre sus pensamientos en ese momento basado en textos y testimonios de la época. ¿Hay desconexión de nuestra élite económica y política hoy con nuestra realidad laboral, económica y social? Acá lo podrás descubrir. 

París arde. Desde las ventanas de Versalles veo ascender las columnas de humo que todavía salen de la prisión de La Bastilla, que la turba ha tomado esta tarde. ¿Es esto una revuelta?, le he preguntado nada más conocer la noticia a uno de mis ministros. “No, Sire, esto es una revolución”, ha sido su respuesta.

La ira del pueblo ha llegado demasiado lejos y ya no puede reconducirse. Todos estos años he vivido en una burbuja de adulación y condescendencia en el palacio de Versalles, mientras se sucedían las crisis económicas. Nadie me advirtió del inmenso descontento por la subida continuada del precio del pan de los últimos meses, que ha puesto en peligro la subsistencia de miles de personas.

Todo este descontento ante lo que los revolucionarios llaman despectivamente Antiguo Régimen, –esto es, la autoridad ilimitada que la divina providencia ha puesto en nuestras manos para gobernar el país como nos plazca– lleva años larvándose, pero el camino imparable hacia la revolución se inició el pasado 11 de julio. Mal aconsejado por los sectores más intransigentes de la corte encabezados por mi esposa Maria Antonieta decidí destituir a Jacques Necker como primer ministro, el único miembro de mi gobierno que no provenía de la nobleza y entendía que habría que hacer alguna reforma política para aplacar el descontento de nuestros súbditos.

Cuando al día siguiente la noticia de la destitución llegó a París, el pueblo entendió que su rey había renunciado a cualquier cambio y que preparaba una dura respuesta contra todo aquel que osara desafiar nuestra autoridad. Los rumores y la agitación se apoderaron de la ciudad. Las tropas acantonadas a las afueras de la ciudad para prevenir incidentes se convirtieron en la mente de muchos en fuerzas de asalto preparadas para tomar la ciudad y arrasarla si era necesario. Comenzaron las proclamas: “los batallones del rey están preparados para entrar en París y masacrarnos a todos”; “nuestra único recurso es armarnos”, eran las consignas que recorrían las calles de la ciudad, que se llenaron de barricadas.

Así, en menos de dos días se organizó un ejército revolucionario de 40.000 hombres, la Guardia Nacional, que lucían una escarapela bicolor roja y azul, por los colores de París. Y hoy toda nuestra autoridad sobre el pueblo se ha desvanecido. A primera hora de la mañana, las masas han invadido Los Inválidos –el hospital para veteranos de guerra sin hogar– sin encontrar oposición. Allí se han hecho con decenas de miles de fusiles, aunque sin encontrar pólvora y munición, que han ido a buscar a La Bastilla.

A las 10 de la mañana, una multitud se ha concentrado ante los muros de la fortaleza, donde poco después han llegado los enviados municipales, exigiendo al gobernador, el marqués de Launay, que rindiera la plaza y entregara la munición al pueblo.

Confiado en que podría defender la plaza con el centenar de hombres a sus órdenes, Launay se ha negado a todas las demandas de los amotinados y poco después del mediodía se han iniciado los primeros enfrentamientos. Mal armados con piedras, palos y apenas unos pocos fusiles que nada podían hacer contra los muros de roca del edificio, para los asaltantes ha sido en un principio imposible acceder al recinto y los defensores repelieron esas primeras acometidas sin apenas esfuerzo. Desde lo alto de la fortaleza, Launay y sus oficiales veían como poco a poco una inmensa masa de gente cubría los accesos a La Bastilla dispuesta a penetrar en ella.

Finalmente tras horas de combate desigual en el que las salvas de fusiles y artillería diezmaban a los asaltantes por decenas, la llegada a las cuatro de la tarde de una compañía de la Guardia Francesa con varios cañones ha decidido el destino del asalto. Tras lanzar varias salvas contra la fortaleza, y después de que la muchedumbre consiguiera acceder al patio interior, Launay ha rendido finalmente el castillo.

La horda ciudadana ha entrado entonces en la fortaleza, ha liberado a lo escasos presos que todavía quedaban en sus celdas y ha detenido a la guarnición que custodiaba la plaza. A pesar de las promesas de respetar su vida, la turba ha terminado linchando hasta la muerte a varios de ellos. Launay, ha sido conducido para ser juzgado ante el comité revolucionario entre insultos, empujones y golpes. Antes de llegar al edificio del ayuntamiento, ha sido apuñalado y degollado. Su cabeza, clavada en una pica, todavía es exhibida a modo de trofeo al lado de la de Jacques de Flesselles, preboste de París, el cargo más importante de la ciudad nombrado por mí mismo.

Lo que comenzó como una simple expedición para aprovisionarse de armas y municiones ha terminado convertido en un símbolo de la derrota de la monarquía. La ciudad ha escapado a nuestro control y ahora está regida por un gobierno de burgueses, comerciantes y nobles liberales.

¿Qué se supone debo hacer ante este panorama? Convertido en el primer rey de Francia que no gobierna sobre París y abandonado por mis tropas, que se niegan a combatir a unos revolucionarios que podrían ser sus propios hermanos, tíos o primos. Toda clase de dudas me invaden ahora mismo. Los mismos que en la corte han estado dándome nefastos consejos durante años, preocupados solo por mantener sus privilegios, me recomiendan no ceder ni un ápice ante las demandas revolucionarias, mientras huyen del país y me dejan solo ante la turba.

Otros, los más realistas, abogan por ceder en algunos aspectos y salvar al menos así la institución monárquica. Pero, ¿qué sentido tiene una monarquía cuyo poder no emana de Dios, sino de sus súbditos? Si el pueblo puede limitar el poder de un rey, la siguiente pregunta que se hará es si puede prescindir de su figura. Y entonces ¿qué destino me espera? La respuesta, me temo, compromete mi futuro y el de mi familia.

Fuente: Historia National Geographic 

Foto: Antoine-François Callet museodelprado.es

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