Por Aldo Siri F. Psicólogo, Lic. en Psicología, Mg. en Innovación. Gerente de personas, profesor MBA Industria Minera UCH, Mg. Personas y Organización UAH.
Confiamos en nuestros ojos más que en cualquier otro sentido. Decimos “lo vi con mis propios ojos” como sinónimo de verdad. Sin embargo, la neurociencia, la psicología y la evolución nos muestran una realidad incómoda: la visión humana es extraordinaria, pero también profundamente limitada, selectiva y engañosa. Lo que vemos es apenas una pequeña fracción de lo que existe; lo que creemos observar está mediado por nuestro cerebro, nuestros prejuicios y nuestra cultura. Pero siempre asignamos un gran valor de realidad, de objetividad o incluso de verdad a lo que vemos…
La larga historia de unos ojos nacidos en el agua
La visión humana no fue diseñada por un ingeniero. Es el resultado de millones de años de evolución. Nuestros ojos son herederos de organismos que surgieron en ambientes acuáticos hace cientos de millones de años. Muchas de sus características actuales tienen sentido cuando se consideran esas condiciones ancestrales.
La luz se comporta de manera distinta en el agua que en el aire. Las longitudes de onda visibles atraviesan relativamente bien el medio acuático, mientras que otras son absorbidas con rapidez. No es casual que la evolución haya favorecido sistemas visuales sensibles precisamente a la franja del espectro electromagnético que llamamos luz visible.
Pero aquí aparece una primera sorpresa: lo que llamamos “visible” es una pequeña ventana en medio de un universo mucho más amplio.
El universo invisible
La luz visible corresponde aproximadamente a longitudes de onda entre 380 y 750 nanómetros. Más allá se extienden enormes regiones del espectro electromagnético que nuestros ojos no pueden captar: ondas de radio, microondas, infrarrojos, ultravioletas, rayos X, rayos gamma y otras formas de radiación.
En términos relativos, la fracción que percibimos es extraordinariamente pequeña. Vivimos inmersos en un océano de señales que atraviesan permanentemente nuestros cuerpos y nuestro entorno sin que tengamos la menor conciencia de ellas.
Las cámaras térmicas revelan calor que no vemos. Los equipos médicos utilizan rayos X para observar estructuras ocultas. Los radiotelescopios captan emisiones provenientes de galaxias lejanas. Las abejas perciben patrones ultravioletas invisibles para nosotros. Algunas serpientes detectan radiación infrarroja. Los murciélagos utilizan ecos sonoros para construir mapas espaciales que ningún humano puede experimentar directamente.
La pregunta es inevitable: si existen tantas dimensiones de la realidad que permanecen fuera de nuestra percepción, ¿qué tan completa puede ser nuestra imagen del mundo?
No vemos el mundo: vemos una interpretación
Existe una creencia intuitiva según la cual nuestros ojos funcionan como una cámara fotográfica. Sin embargo, la neurociencia ha demostrado que la visión es un proceso activo de construcción.
La retina contiene dos tipos principales de receptores: conos y bastones.
Los conos, concentrados en la fóvea, permiten la visión detallada y en color. Gracias a ellos podemos leer, reconocer rostros y distinguir matices cromáticos.
Los bastones, mucho más numerosos y distribuidos en la periferia de la retina, son especialmente sensibles a la luz tenue y al movimiento. Nos permiten detectar cambios rápidos en el entorno, aunque sacrificando precisión y color.
Paradójicamente, nuestra visión más nítida ocupa una porción muy pequeña del campo visual. El cerebro compensa esta limitación realizando constantes movimientos oculares y construyendo una sensación de continuidad que nos hace creer que vemos todo con claridad simultáneamente.
No es así.
En realidad, vemos con gran precisión una pequeña zona mientras el cerebro rellena el resto utilizando expectativas, memoria y contexto.
Las alucinaciones cotidianas que llamamos percepción
La palabra “alucinación” suele asociarse a enfermedades psiquiátricas, pero la percepción cotidiana contiene fenómenos sorprendentemente parecidos.
La mancha ciega de cada ojo constituye un ejemplo clásico. Existe una región de la retina donde no hay receptores visuales. Literalmente no vemos nada allí. Sin embargo, jamás percibimos un agujero negro en nuestro campo visual porque el cerebro inventa la información faltante.
Algo semejante ocurre con numerosas ilusiones ópticas. Líneas iguales parecen distintas. Objetos inmóviles parecen moverse. Colores idénticos parecen diferentes según el contexto.
La percepción no registra pasivamente la realidad; la interpreta.
Incluso fenómenos comunes como creer haber visto a alguien conocido en una multitud, distinguir figuras en las nubes o percibir rostros en objetos inanimados reflejan una tendencia cerebral denominada pareidolia: la búsqueda automática de patrones significativos.
Nuestro cerebro prefiere equivocarse encontrando un patrón inexistente antes que perder una señal potencialmente relevante. E interpretarla.
Desde una perspectiva evolutiva, era más seguro confundir un arbusto con un depredador que ignorar un depredador real.
Ver lo que esperamos ver
Los límites de la visión no son solamente biológicos. También son psicológicos.
Los experimentos sobre atención selectiva muestran que podemos dejar de percibir hechos evidentes cuando estamos concentrados en otra tarea. El famoso experimento del “gorila invisible” reveló que muchas personas no advierten la presencia de alguien disfrazado de gorila atravesando una escena porque su atención está enfocada en contar pases de una pelota de un equipo blanco (no negro como el gorila).
La información estaba frente a sus ojos.
Pero no fue vista.
La percepción está influida además por expectativas, creencias previas y emociones. Los psicólogos hablan de sesgos cognitivos: atajos mentales que simplifican el procesamiento de información, pero que también introducen errores sistemáticos.
Vemos aquello que confirma nuestras ideas.
Prestamos más atención a la información congruente con nuestras creencias.
Interpretamos hechos ambiguos de acuerdo con nuestros marcos previos.
No sólo observamos el mundo. Observamos una versión del mundo filtrada por nuestra historia personal.
Paradigmas: cuando una sociedad completa deja de ver
Los sesgos no operan únicamente a nivel individual. También existen sesgos colectivos.
El historiador de la ciencia Thomas Kuhn utilizó el concepto de paradigma para describir los marcos de referencia que organizan lo que una comunidad considera verdadero, relevante o incluso visible.
Un paradigma no sólo responde preguntas. También determina qué preguntas pueden formularse.
Por ello, grandes transformaciones históricas suelen consistir en aprender a ver algo que antes estaba presente pero permanecía invisible.
La esclavitud, la desigualdad de género, la contaminación ambiental o determinados trastornos psicológicos existieron durante siglos antes de convertirse en objetos centrales de atención social.
No aparecieron de pronto.
Estaban ahí.
Lo que cambió fue la capacidad colectiva de percibirlos.
Objetividad y subjetividad: una falsa dicotomía
La tradición occidental ha otorgado a la visión un prestigio extraordinario. Hablamos de “evidencia”, “perspectiva”, “visión estratégica”, “punto de vista” o “ilustración” para referirnos al conocimiento.
Gran parte de la ciencia moderna se construyó sobre instrumentos que amplían la observación visual: telescopios, microscopios, resonancias magnéticas, imágenes satelitales.
Pero precisamente la ciencia ha sido una de las principales responsables de demostrar que la observación nunca es completamente objetiva.
Toda percepción implica selección.
Toda observación implica interpretación.
Toda descripción depende de un observador situado en un contexto particular.
Esto no significa que la realidad no exista o que todo sea subjetivo. Significa algo más interesante: el acceso humano a la realidad es siempre parcial.
La objetividad no consiste en eliminar completamente la subjetividad —algo imposible— sino en reconocer sus límites y desarrollar métodos para corregirlos.
¿Qué tan confiable es la visión?
La respuesta es paradójica.
La visión es extraordinariamente confiable para las tareas que la evolución seleccionó: orientarnos, identificar amenazas, reconocer rostros, desplazarnos y manipular objetos.
Pero resulta mucho menos confiable cuando pretendemos convertirla en una representación exhaustiva de la realidad.
Nuestros ojos son excelentes herramientas adaptativas.
No son instrumentos perfectos de conocimiento.
La ciencia ha progresado precisamente porque aprendió a desconfiar de la percepción directa y a complementarla con mediciones, experimentos, razonamiento crítico, contrastación de hipótesis y observación colectiva.
La construcción psicológica de la realidad
Desde la psicología cultural y la lingüística cognitiva, la percepción también parece estar moldeada por las categorías con las que pensamos y nombramos el mundo. El lingüista Guy Deutscher exploró cómo distintas lenguas han clasificado históricamente los colores de maneras muy diversas y cómo la ausencia de determinadas categorías lingüísticas (palabras) puede dificultar la distinción consciente de ciertos matices cromáticos. No se trata de que los ojos sean incapaces de captar esas longitudes de onda, sino de que el cerebro aprende a organizar la experiencia a través de conceptos compartidos culturalmente. En cierto sentido, vemos con nuestros ojos, pero también con nuestro lenguaje. Lo que una sociedad nombra, distingue y considera relevante tiende a hacerse más visible; lo que carece de palabras o categorías puede permanecer, durante largo tiempo, en una especie de penumbra perceptiva.
La neurociencia contemporánea lleva esta idea aún más lejos. Investigadores como Beau Lotto sostienen que el color no es una propiedad física contenida en los objetos. Los objetos reflejan determinadas longitudes de onda de la luz, pero el rojo de una rosa, el azul del cielo o el verde de una hoja son construcciones neuronales generadas por el cerebro a partir de esas señales. En rigor, fuera de nosotros existen fotones y radiación electromagnética; el color aparece recién cuando el sistema nervioso interpreta esa información en función del contexto y de la experiencia previa. Esta constatación tiene profundas implicancias filosóficas: aquello que sentimos como una característica objetiva y evidente del mundo es, en realidad, una creación perceptiva extraordinariamente sofisticada.
La visión no nos muestra la realidad tal como es, sino una versión de ella que nuestro cerebro ha elaborado para orientarnos eficazmente en el entorno. Y gracias a ella -y sus limitaciones- construimos, bien o mal, mundo intersubjetivo, compartido.
Aprender a mirar nuestros propios límites
Quizás la lección más importante sea una invitación a la humildad epistemológica.
Cada persona habita un mundo perceptivo incompleto.
Cada observación deja algo fuera.
Cada convicción podría estar ignorando información relevante.
La percepción humana funciona como una ventana, no como un espejo perfecto del universo.
Ver es indispensable.
Pero comprender exige algo más que mirar.
Exige contrastar perspectivas, escuchar otros sentidos, someter nuestras certezas a revisión y aceptar que la realidad siempre será más amplia que aquello que nuestros ojos alcanzan a mostrar.
En una época saturada de imágenes, esta puede ser una de las enseñanzas más valiosas de la psicología y la neurociencia: la percepción no es una copia del mundo, sino una construcción útil, brillante y necesaria, aunque inevitablemente limitada.
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management