… a mi hija Constanza Espinoza Dupouy…

Una vida en la exterioridad dionisíaca de Capri: un Neruda marinero…

Ricardo Espinoza Lolas nos invita a explorar la vida dionisíaca en la icónica isla de Capri, donde el poeta Pablo Neruda encontró inspiración y amor. A través de una reflexión profunda, nos sumerge en la materialidad sensual de este paraíso mediterráneo y nos desafía a vivir en la exterioridad, amar y escribir con la intensidad del poeta marinero.

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Por Ricardo Espinoza Lolas, filósofo, escritor, teórico crítico.

“todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan”.
Pablo Neruda, Los Versos del Capitán (1952) …

Y si la vida se tratara de eso, a saber, de lo que Neruda nos canta en esos versos a una Matilde que no se podía nombrar en esos tiempos y con unos versos que no se pueden expresar de modo público y por eso se publican con pseudónimo en 1952 (en Italia). Y si vemos en esos versos, no solamente el amor que siente por su “chascona”, sino algo más fino, un matiz, diría, un “Matiz de lo Sutil” es lo que está en juego. Y de ese matiz quiero conversar con Uds., mis queridos lectores. Tal como lo señalé, en otra columna para RH Management, esta Isla de Capri tiene algo muy especial y único (y por eso tantos han estado en ella intentando vivir ese matiz pero que no saben ni cómo nombrarlo, empero lo “sienten”). Y si les contara que ese matiz es algo material, tan material que si no tienes tiempo en tu vida no puedes vivirlo de ninguna manera, ni menos darte cuenta de qué es lo que Capri como lugar te ofrece para que lo experiencies en el gesto y detalle de un deambular por esos parajes luminosos, de acantilados, de mar, de farellones, de montañas y cuestas. Y muchas personas van, como turistas, a la Isla por algunas horas o pocos días y no encuentran nada de nada, sino más turistas como ellos, lugares “comunes” de postales del “Jet set” rancio, más de lo mismo que se ve, por ejemplo, en Ibiza, Mykonos, etc. (en Chile en un Portillo de los Andes, en Lagos como: Caburgua, Vichuquén, etc.), esto es, capitalismo que engorda al neurótico de turno ya millonario (esto es, un neurótico que quiere estar vigente en el mercado que él mismo mantiene) ya arribista (esto es, un neurótico que quiere agregar valor a su subjetividad, en el mercado del millonario, por medio de alguna selfi).

Una Isla nos atrae, más allá de Matilde, cualquier Matilde, nos lleva hacia ella en los elementos mismos de la vida: “aromas, luz, metales”. Esas sensaciones materializadas nos mueven, como embarcaciones que navegan el luminoso mar Tirreno frente a la península sorrentina, hacia ella, hacia islas, unas muy especiales, porque nos aguardan, nos acogen, nos hospedan. Son islas que son como hospederías de la Ciudad Abierta (creadas por Iommi) las que nos esperan en esta Isla que es un “Múltiples de Islas”: un múltiple de formas de hospedar al humano. Y ¿por qué nos atrae esta Isla-Matilde-Múltiple a su hogar? La respuesta es sencilla, por ser como la Isla de Capri. Un lugar sin “interior” alguno, un páramo, en medio de lo real azul y luminoso, alejado de lo “espiritual” y con ello de lo romántico, de lo idealizado, de lo universal: solamente una piel con su rugosidad que nos invita a quedarnos ahí, a vivir. La Isla de Capri no es un lugar cristiano y, por tanto, de suyo no es capitalista (aunque se intente en ese lugar producir y distribuir todo tipo de capital por diversos operadores capitalistas) y tampoco lo es el lugar del neurótico (aunque vivan muchos de ellos ahí, otro realicen sus negocios y lleguen en masa a turistear), porque ni subjetividad, ni Estado alguno es posible que se dé ahí o quiere determinarlo desde cierto interior externo, esto es, como un límite que nos diga: “¡Somos capreses italianos y hacemos negocios para que los turistas capitalicen en la Isla!”. No se puede decir que Capri es italiana, porque no es ni cristiana. Y esto, repito, independiente de los Onassis, Kennedy, Rossellini, Bardot, etc., que la han habitado y de tantos neuróticos actuales que la visitan o viven allí.

Un poeta dionisíaco como Neruda pudo vivir en Capri en su superficie misma, pero para que se dé esa forma de vida milenaria, precristiana, se tiene: “… se precisa de los felices azares menos frecuentes para que se disipe para nosotros el velo de nubes que cubre esas cimas y arda el sol sobre ellas”, parafraseando a Nietzsche en el & 339 titulado Vita femina de La gaya ciencia. Lo dionisíaco sana de la rigidez del límite que atemoriza al humano de estos tiempos y que lo vuelve en un traicionero elemento del engranaje capitalista que todo lo lleva a su terreno “espiritual” (como un Gollum adorando su anillo-tesoro en el interior de su caverna espiritual llena de mierda y fantasmas) y en ello, el neurótico, al construir un interior esencial cavernoso e identitario para reconocerlo y en ello reconocerse en eso y quererlo solo para sí, su propiedad privada es él mismo para sí mismo, tiene, posteriormente, que construir un futuro que le permita mantener vivo y preservar ese capital identitario que es él mismo, su propia mercancía, pero Capri, la Isla, la múltiple que nos acoge, es dionisíaca y don Pablo se dio cuenta de ello a la primera y entre otras razones, porque andaba con su amada Matilde tras una Isla de Naxos que le permitiera amarla radicalmente, como amantes, y en ello escribir, vivir, comer y beber (que son sinónimos para el poeta). No se podía estar en ningún lugar espiritual ni idealizado para amar y escribir, solamente una Capri dionisíaca lo permite para Neruda.

Esa Isla múltiple que nos acoge en la intimidad de su ser Baubo, como dirían los griegos y Fritz, nos acoge para que la amemos en su materialidad y la amemos materialmente, casi en el sentido sexual, esto es, que follemos no solamente en la Isla, sino con la Isla misma. Se tiene una relación sexual con la Isla y en ese acto se barrunta primero, se confirma después que estamos ante la exterioridad misma del dios ebrio y bailarín que nos permite amar y escribir y en ello bailar por medio de sus montañas, quebradas, acantilados, playas, vistas, puertos, historias, leyendas, inscripciones de todo tipo, sandalias, casas, brisas, pasajes, laberintos, algunos Lenin otros Godard y siempre varios Wilde…

“Tus rodillas, tus senos,
tu cintura falta en mí como en el hueco,
de una tierra sedienta
de la que desprendieron,
una forma,
y juntos
somos completos como un solo río,
como una sola arena”. Neruda, Los Versos del Capitán…

Capri (la que visitó Nietzsche desde Sorrento cuando vivió allí a fines de 1876), como tierra dionisíaca (como cierta Sils Maria que Neruda añoraba de joven conocer), tiene tres rasgos femeninos que podríamos explicitar en tres figuras únicas dionisíacas: Ariadna, Antígona y Lou. Y con esto me refiero a que en la Isla acontece la distancia de una Ariadna que nos permite vivir de otro modo y en ello sanarnos de esa neurosis cristiana que nos impide ser felices en la misma distancia de nuestra vida radicalmente mortal: nuestra contingencia constitutiva. Junto con la “minoica” Ariadna tenemos a la “tebana” Antígona, la que en sí misma expresa el movimiento que pone todo en juego para que Carpi sea Capri como una expresión dionisíaca que se nos vuelve, todavía hoy, en un Faro que nos ilumina y nos sostiene en el mar de la mortalidad para construir polis, Comunidad de diferentes y exteriores (como fue Pompeya). Y, finalmente, Lou nos indica, en su bailar por uno y otro lugar movida por su deseo transgresor, trans-finito, que en la distancia que nos regala el movimiento para ser se construye la exterioridad del animal humano para que pueda bailar y en ello construir un NosOtros real y material, porque solo en lo dionisíaco y exterior es como podemos vivir hoy alejados del capitalismo y sus múltiples manifestaciones nihilistas, tóxicas y laerínticas.

“Adolescentes éramos todos, tontos enamorados
del áspero tenor de Sils-Maria,
ése sí nos gustaba,
la irreductible soledad a contrapelo,
la cima de los pájaros águilas”. Neruda, Defectos escogidos …

Neruda, uno de los poetas dionisíacos chilenos (como lo fueron también Huidobro, Nicanor, etc.), el enamoradizo que todo se lo comía y bebía, hasta su propia escritura (tantos poemarios que escribió mientras vivía, amaba, bebía, comía, viajaba, construía casas, salvaba a gente, levantaba a Chile), descubrió la exterioridad misma de Capri, Baubo, y se entregó a ella como un bailarín a amar y escribir, pues solamente en el exterior nuestra intimidad reluce y se inscribe en poemas y amores, aunque el dolor y la herida se nos presente, porque es inevitable ese dolor para vivir en la exterioridad…

“Amor mío,
nos hemos encontrado
sedientos y nos hemos
bebido toda el agua y la sangre,
nos encontramos
con hambre
y nos mordimos
como el fuego muerde,
dejándonos heridas”. Neruda, Los Versos del Capitán, …

Y Neruda, como lo dice en El hondero entusiasta, escrito en 1923-1924 y publicado dos veces en 1933, llevaba: “… migas de Nietzsche en las pobres cabezas”. Esas “migas”, de ese pobretón Neruda, lo llevaron a “su” Sils-Maria, esto es, a la Matilde-Carpi-Múltiple y exterior que le dio hospedaje una y otra vez y en ello su cuerpo se actualizaba, su mortalidad se volvía eterna y podía inscribir esa eternidad en la temporalidad de sus versos; la cual solo acontece en su cuerpo acoplado a sus “Matildes” y siempre desde la sana Carpi exterior que llevó a su lado y que lo sanó mil veces.

¿Y esa Isla de Capri la has encontrado, lector? ¿Has navegado hacia ella? ¿Has sido un marinero, el capitán de un barco que habiéndose hundido en ese mar Tirreno te levantas riendo a carcajadas y afirmando tu vida cuando ya has muerto?… ¿Esa Isla te ha encontrado?… Si es así: ¡Vívela en su Exterioridad!… ¡Ama y escribe!… ¡Baila! … ¿Bailemos? …

¿Se me ha entendido? … ¡Diónysos contra el neurótico! …

Viña del Mar, 9 de mayo de 2024

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management.

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