Una conversación pendiente entre China y la ciencia de sistemas

El pensamiento chino y la ciencia occidental de sistemas complejos nacieron de tradiciones muy distintas, pero coinciden en preguntas sobre reglas, experimentación, corrección y tiempo largo. Ponerlas en diálogo permite observar qué ocurre cuando dejamos de comparar modelos y empezamos a estudiar cómo aprenden y se corrigen los sistemas.

Por RH Management

Conviene empezar por una corrección de perspectiva. Según las estimaciones de Angus Maddison, en 1820 China concentraba cerca de un tercio del producto mundial. Su peso cayó con fuerza durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, en el tramo de las guerras del opio, los tratados desiguales y las crisis internas. Entre 1820 y 1870 su crecimiento per cápita fue de 0,0% anual mientras Europa occidental avanzaba 0,9%; entre 1913 y 1950 fue negativo.

Es decir: lo que solemos llamar el ascenso chino puede leerse, en escala histórica, también como un retorno. La tabla de Maddison muestra el arco con claridad: China pasó de cerca de un tercio del PIB mundial en 1820 a apenas 5% en 1950. El siglo y medio de retroceso —no solo las últimas décadas de recuperación— es parte de lo que hay que explicar.

Lo segundo es delimitar el ejercicio. No se trata de preguntar cuánto le falta al sistema chino para parecerse al occidental. Nos interesa entender primero su propia lógica, sus criterios de funcionamiento y los puntos donde dialoga con otras tradiciones. Tampoco vamos a comparar China con Chile: las escalas no admiten esa equivalencia.

Lo que sí tiene sentido es buscar conectores: puntos donde el pensamiento chino y la ciencia occidental de sistemas complejos llegan, por caminos independientes, a preguntas o intuiciones semejantes. Ahí puede haber algo que aprender.

Una advertencia 

“La fascinante complejidad de nuestros sistemas”, de Jeannette von Wolfersdorff, es un libro excelente y occidental. Sus fuentes vienen de la física europea, la neurociencia estadounidense y la teoría de la organización anglosajona. Cuando necesita un contrapeso al pensamiento lineal de Hegel y al mecanicismo de Descartes, va a buscarlo al taoísmo, pero llega a él desde fuera, como quien incorpora una idea útil sin reconstruir del todo la tradición de la que proviene.

Eso no invalida el marco. Lo sitúa. Usarlo como examen sería un error de método; usarlo como puente es otra cosa.

Von Wolfersdorff dedica parte de su análisis a un argumento incómodo: la condena moral de ciertos liderazgos no basta para explicar ni contener sus conductas. El contexto, la neurodiversidad y las reglas del sistema también las condicionan. “El propio sistema económico los invita a actuar así, y los premia por sus conductas —no con atunes, sino con poder—”, escribe. La conclusión no es eximir de responsabilidad, sino desplazar parte de la atención hacia el diseño de reglas e incentivos.

Lo ilustra con un conductor de diecinueve años al volante de un Ferrari. Ningún manual de ética logra por sí solo hacerlo frenar; el semáforo, el control de velocidad y la amenaza de sanción sí modifican su conducta. De ahí su exigencia: las reglas y los incentivos “deberían ser a prueba de ciertos grados de trastornos de personalidad”.

Sería fácil traducir el argumento de Von Wolfersdorff como “reglas en vez de virtudes”. Pero ahí comienza nuestro cruce con la tradición china. Una parte importante de esa tradición no entendió necesariamente ambas dimensiones como alternativas. Una fórmula utilizada para describir esa combinación es “confucianismo por fuera, legalismo por dentro”: el primero aporta ética del rol, ritual y ejemplo; el segundo, reglas, incentivos y castigos. La China contemporánea conserva ese doble lenguaje: gobernar conforme a la ley y también mediante la virtud.

El conector es más fino: no se trata de despreciar la virtud, sino de no encargarle el trabajo que corresponde a las consecuencias institucionales.

El contraste con Chile permite formular la pregunta sin convertir sistemas jurídicos distintos en equivalentes. En octubre de 2025 el Partido Comunista chino expulsó a catorce altos cuadros, entre ellos He Weidong, vicepresidente de la Comisión Militar Central, y trasladó las acusaciones a la fiscalía militar. Años antes, el expresidente de la financiera estatal Huarong había sido condenado a muerte por sobornos. En Chile, los controladores del grupo Penta fueron condenados en 2018 por delitos tributarios a libertad vigilada intensiva, multa y cien horas de un curso de ética. No se trata de admirar la severidad china ni de pedirla: los delitos, las garantías y los sistemas judiciales no son equivalentes. El contraste sirve para algo más acotado: preguntar cuánto puede descansar un sistema en exhortaciones éticas y cuánto necesita reglas capaces de producir consecuencias efectivas.

La práctica como juez

La ciencia de sistemas insiste en la iteración: intervenir por etapas, medir la respuesta, ajustar y volver a intervenir. Von Wolfersdorff propone laboratorios de prueba y variación de métricas “a escala reducida” antes de escalarlas.

En el pensamiento chino existen formulaciones que dialogan con esa lógica. Mao escribió en “Sobre la práctica”, en 1937, que “la práctica social del hombre es el único criterio de la verdad de su conocimiento del mundo exterior”. No era una teoría moderna de sistemas, pero sí describía un ciclo de aprendizaje: actuar, confrontar las ideas con los resultados y corregir después del fracaso.

Deng llevó ese principio a la administración. En 1980 escribió que “debemos comenzar por hacer ensayos en un reducido número” de entidades y agregó que, antes de contar con reglamentos adecuados, las demás debían mantener el sistema vigente. Las zonas económicas especiales de Shenzhen, Zhuhai, Shantou y Xiamen se demarcaron, en la propia letra de la época, “a título de ensayo”. Y en 1985 resumió el conjunto sin adornos: “nuestra reforma es una especie de experimento”.

Occidente formalizó principios de retroalimentación, adaptación e iteración mediante la cibernética y la dinámica de sistemas. En la tradición política china existían desde antes prácticas que, sin ser equivalentes, dialogan de manera sugerente con esa lógica.

Von Wolfersdorff cita al economista Brian Arthur: los gobiernos deberían “empujar el sistema económico con suavidad hacia estructuras favorecidas que puedan crecer y emerger naturalmente”.

Leída desde la tradición china, la frase recuerda al “wu wei”: no porque Arthur provenga de ella ni porque ambos conceptos sean equivalentes, sino porque comparten una desconfianza frente a la acción que pretende dominar por completo el curso del sistema. En Shenzhen aparece una analogía posible: cuando entró el mercado, el Estado no desapareció; rediseñó el marco.

El tiempo largo

Este es el punto que más debería inquietarnos.

Von Wolfersdorff explica por qué el cerebro humano privilegia lo inmediato y responde mal a amenazas que avanzan durante décadas: optimiza energía, atiende lo urgente y se adapta mejor a un peligro visible que a uno que se acumula lentamente. Los hábitos de consumo contemporáneos refuerzan además los sistemas de recompensa inmediata. Su diagnóstico es que las democracias occidentales legislan con ese cerebro y con horizontes condicionados por ciclos electorales.

El antídoto que su libro reclama —pensar en décadas, sostener dirección, no confundir urgencia con importancia— encuentra un paralelo observable en China. Esa perspectiva de tiempo largo no necesita explicarse como una característica psicológica nacional: hoy está institucionalizada en planes quinquenales encadenados, objetivos hacia 2035 y horizontes simbólicos como 2049. Es una forma de obligar a la decisión presente a conversar con un futuro que excede el mandato de quien decide.

Queda el punto más delicado.

La ciencia de sistemas sostiene que un sistema necesita fuerzas distintas, incluso contradictorias, para conservar capacidad de adaptación. Von Wolfersdorff toma del Nobel de Física Giorgio Parisi la idea de “frustración”: situaciones en que distintas fuerzas compiten sobre un mismo sistema sin poder satisfacerse simultáneamente. Lejos de ser necesariamente un defecto, esa tensión puede producir dinamismo, búsqueda de nuevas configuraciones y cambio. La cuestión relevante, entonces, no es qué instituciones lleva cada sistema en su inventario, sino dónde existen fuerzas con capacidad real para tensionarlo y obligarlo a responder.

Mirada desde ahí, China presenta una combinación menos simple de lo que su estructura política sugiere. Es un sistema fuertemente jerarquizado, pero atravesado también por una competencia intensa. Como explicamos en una entrevista anterior con Yung Han Shen, la lógica del mérito comienza temprano en la educación y continúa en una cultura donde estudiar, rendir y demostrar capacidad siguen ocupando un lugar importante en la competencia educativa y profesional; la competitividad, en su lectura, no nace únicamente de la política industrial, sino de una base histórica y cultural más profunda. A ello se suman la competencia entre empresas, industrias, territorios y gobiernos locales por desempeño, inversión e innovación. Parte de la “frustración” sistémica puede estar también ahí: no necesariamente en actores que buscan cambiar el sistema desde fuera, sino en múltiples participantes que, dentro de una dirección general compartida, compiten por resultados y obligan a ajustar decisiones.

Eso tampoco permite concluir que toda competencia produzca por sí sola un contrapeso efectivo. Y la misma cautela vale para Occidente: tener prensa, tribunales, sindicatos, oposición política o mercados formalmente competitivos no demuestra que esas instituciones posean poder suficiente para contradecir a quienes concentran recursos o influencia. La pregunta útil es funcional, no nominal: quién puede introducir información incómoda, disputar una decisión, hacer visible un error y conseguir que el sistema cambie de rumbo. Bajo esa vara, las arquitecturas china y occidental son distintas, pero ninguna debería evaluarse por la sola existencia formal de sus instituciones.

En China, algunos de esos mecanismos operan a través de la experimentación, la revisión de errores, la competencia por desempeño y la presión por ajustar cuando los resultados se apartan de los objetivos. Su límite —como el de cualquier sistema— aparece cuando las fuerzas capaces de corregir pierden poder efectivo frente a aquello que deberían corregir. No necesitamos decidir de antemano dónde ocurre eso con mayor intensidad. Precisamente ahí está la pregunta que interesa: cuánta contradicción real admite un sistema antes de cerrarse sobre sí mismo y qué mecanismos conserva para corregirse cuando hacerlo afecta intereses poderosos.

Lo que sí puede observarse es dónde el propio sistema chino identifica hoy una tensión. El XV Plan Quinquenal de 2026 fija como prioridad “fortalecer la demanda interna como motor principal del crecimiento” y anuncia medidas para elevar los ingresos disponibles de los hogares y ampliar los servicios públicos. La meta de crecimiento, de 4,5% a 5%, es la más baja desde 1991; la inflación cerró en cero y el sector inmobiliario lleva años contrayéndose. El diagnóstico oficial reconoce, por tanto, que la oferta y la inversión no bastan si la demanda de los hogares no acompaña. Leído desde la lógica que hemos venido siguiendo, eso indica que el sistema ha identificado una tensión y está intentando responder a ella. Que la corrección funcione es otra pregunta.

Lo que sí nos toca

Hay una pregunta que aparece en ese plan y también es nuestra, no porque los países sean comparables, sino porque el problema técnico existe en ambos: cómo convertir el crecimiento de la productividad en ingreso de los hogares.

En Chile la mediana salarial es de $600.000 líquidos y el consumo interno es débil por esa razón. Nuestra arquitectura de negociación viene de 1979 y lleva cuarenta y siete años en pie: todos la han rozado, ninguno la ha movido. Ese es un dato sobre nosotros, no una comparación con nadie.

Y ahí está el conector que más nos sirve, porque es de gestión antes que de geopolítica. Una organización puede tener métricas impecables, pilotos bien diseñados y tableros envidiables, y acumular un problema que nadie con poder tiene incentivo para nombrar. Puede medir mucho y aprender poco. Lo que evita eso no es agregar indicadores: es contar con un mecanismo capaz de detectar el error, voces que puedan hacerlo visible y alguien con la obligación de corregirlo.

El pensamiento chino y la ciencia de sistemas no dicen lo mismo ni provienen de la misma tradición. Pero ambos permiten preguntar cómo se combinan reglas, aprendizaje, corrección y horizonte temporal sin confiar únicamente en la virtud de quienes mandan.

Nosotros haríamos bien en escuchar las dos. Y en revisar, mientras tanto, qué le seguimos encargando a la ética que deberíamos estar pidiéndole al diseño.

Comparte este artículo:
NO TE LO PIERDAS

Mente y fuerza

Lo que el termómetro no mide

¿Y si la gerencia de personas se equivocó de estrategia?

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Conocer China también es soberanía

Derecho laboral y democracia: por qué la desigualdad económica amenaza la dignidad del trabajo

Las dimensiones inmateriales de la crisis del empleo

Mente y fuerza

ÚNETE A NUESTRA COMUNIDAD
RH MANAGEMENT

¡Recibe todas nuestras alertas y noticias al día!