Un viaje contigo

Ricardo Espinoza Lolas vuelve al universo del Toro Blanco para reconstruir, desde la ficción y la memoria, una historia familiar atravesada por el duelo, los viajes y las Fiestas Patrias. Entre Concón, San Felipe y Playa Ancha, el relato convierte una antigua anécdota de su madre en una nueva aventura donde la pérdida, el humor y la imaginación permiten seguir conversando con quienes ya no están.

Por Ricardo Espinoza Lolas 

Siempre cuesta hacer un viaje porque da pereza moverse; mejor quedarnos en el mismo lugar, aunque eso sea como llamar en esas antiguas cabinas telefónicas de Londres que ya no sirven para nada ni a nadie; solamente jugamos a llamar. Fue lo que recuerdo que dijo mi madre. El escritor se lo señaló al Toro Blanco mientras la bestia tenía hambre y quería comerse unas cien empanadas de pino y beberse algunos litros de vino en algún restaurante de mala muerte. Era septiembre y en Chile se celebran las Fiestas Patrias. Y además eran las primeras fiestas de algunos miembros de la comunidad del Toro.

El escritor, algo melancolizado, miraba al Toro y se daba cuenta de que este no le prestaba mucha atención; mandaba en él su espantosa hambre y su pandilla de amigos. Todos estaban reunidos en las dunas de Concón mirando el atardecer. El escritor tenía que narrar la historia del Toro y sus amigos, y ellos, algo haraganes, no estaban para cuentos, ni de los propios del escritor y su madre, y les importaba un rábano la historia que escribiría sobre ellos.

Ella recordaba todo el día a mi padre; nunca se conformó con su ausencia, años de viuda, pero siempre estaba con él de alguna forma, siempre enamorada de su fantasma, un carnicero de pocas palabras, pero de intensos sentimientos. El Toro miraba de reojo al escritor, mientras seguía hablando de su madre recién muerta, mientras el atardecer acontecía.  Él estaba lleno de arena por todas partes y con mucha hambre. La Estatua que no podía sentarse en la arena porque siempre está erguida levantó a la Sirena para que viera el espectáculo del atardecer de mejor forma. No es un mar azul; es gris. No es un sol prístino, pero hay algo de magia, algo misterioso en lo telúrico, en lo primitivo, por ejemplo, en el viento y en ese oleaje brutal. Y ambos no sabían nada de las fiestas chilenas, pero cuando Floro, buen parlanchín, quería explicarles de qué van, Kiko lo interrumpió y dijo que hablen nuestros animales; ellos saben de verdad lo que es Chile, no como estos poetas de segunda. A veces el mensajero Kiko tiene muy mala onda con Floro; es que lo envidia. Eso pienso.

La muerte nunca es bienvenida, aunque siempre llega; en todo caso, yo, que tengo miles de años, todavía no me alcanza, pero me buscará por todos los confines del planeta: he muerto varias veces; después vivo otras tantas. No te lo podría explicar bien, pero es como si alguien escribiera un relato mío: vuelvo a estar vivo y a respirar, a moverme y a viajar. A lo mejor tu madre quiere viajar, no lo sé, y para ello tenía que morir ya, pues no podía seguir estando tan inmóvil sin llamar a nadie; ahora tendrá que viajar no por necesidad, sino por libertad. Y el Toro dijo eso y se tiró un pedo, y dijo: “Sorry”, y miró con vergüenza a todos. El sol ya se había escondido. El escritor, con los ojos humedecidos, sonrió ante el desparpajo del Toro.

¿Sobre qué escribo? ¿Cuál es la aventura nueva del Toro y su pandilla? Los veo ahora con hambre y solo quieren comer y piensan en las fiestas. A nadie le interesa mi tristeza. En verdad, no es una pena por la pérdida de mi madre, sino una angustia por la perforación que me llega desde el fondo de mí mismo, esto es, desde ella. Ella es mi reverso. Y no quiero ni esperanzas ni duelos, menos buenos consejos, sino intentar bailar con una muerta sin volverme un loco delirante, porque vida todavía tengo a pesar de tanta mierda. Este Toro cabrón me mira, es como si supiera lo que pienso. Horror…

La sabia lechuza, mientras se oscurecían las dunas y el frío aparecía, les cuenta que las fiestas son festejos muy antiguos que expresan más que algo identitario una emoción de ser chileno, porque todos vienen, de un modo u otro, de mezclas de todo tipo y de siglos, pero de repente se da que emerge ese chileno que es uno en medio de una naturaleza salvaje y catastrófica y eso es lo que expresa el orgullo chileno, que siempre se está a la altura de eso tremendo que nos constituye en cualquier instante. La vizcacha se sonrió y dijo de modo burlón: “Las fiestas son para comer y emborracharse; es mucho más simple. La lechuza se cree una diosa griega y todo lo enreda”. El zorro, con Kiko, no paraba de reírse y, al parecer, algo entendieron los forasteros de lo que es Chile en sus festividades.

El Toro con su mirada ya me dice tantas cosas; creo que quiere que escriba algo de las empanadas; debe estar muerto de hambre, pero a la vez, me señala algo de mi madre. A ella no le gustaban mucho estas fiestas porque le recordaban a mi padre y a mi abuelo, que se murió precisamente un 18 de septiembre. No tengo cómo unir en una historia a mi madre con las empanadas y las Fiestas Patrias, menos con el Toro Blanco.

 Ella siempre decía que fue muy feliz, en el sentido de no tener preocupaciones, hasta los 15 años, es decir, toda su primera etapa de vida en su amado pueblo de San Felipe, cerca de la Cordillera de los Andes, junto a los abuelos y a sus amigos y a tantas travesuras que hacían. Y ella siempre estaba al lado de su padre, ayudándolo en todo lo que pudiera: eran muy compinches ambos. El abuelo tenía un camión grande para la época, es decir, hacia 1958 o por ahí; no recuerdo bien los detalles. Y siempre transportaban cosas de un lado al otro como un típico comerciante palestino; además, tenía un bello almacén en el pueblo que vendía de todo; ese lugar construía comunidad. Y cuando llegaba septiembre, las empanadas, los completos, los panes amasados se vendían mucho, salían por cientos, aunque debo exagerar. Y recuerdo que el camión venía muy cargado, desde un pequeño boliche de otro pueblo llamado Putaendo que hacía las empanadas; el camión venía entrando al San Felipe, y pinchó un neumático en la tarde-noche, y no había cómo levantarlo de ahí y llevarlo al almacén: el abuelo no pudo, casi le da un infarto intentando mil cosas. Mi madre se quedó toda la tarde y luego la noche cuidando el camión mientras mi abuelo trataba de encontrar algún tipo de grúa para transportarlo; pasaron muchas horas sin saber nada. Y el temor también era, obviamente, de perder todas las empanadas que se llevaban para venderlas al otro día; era la noche del 17 de septiembre. Y en la salida de San Felipe no se veía ni un alma, ni un fantasma, nada, ni nadie; ni los perros aullaban.

Mi madre debe haber tenido unos 14 años, pero era muy valiente y ahí estaba junto al camión cargado de empanadas en la noche con una pequeña linterna a gas esperando que su padre volviera con algún tipo de ayuda. Y allí, con sueño y frío, vio algo extraordinario que nunca olvidaría a lo largo de los años y lo recordó hasta que se murió. Vio a un inmenso toro blanco salir de la nada de forma veloz y con gracia poner a la diminuta joven en su lomo con su hocico y ella dio un terrible grito, pero luego guardó silencio. Y él le dijo: “Te ayudo a mover el camión si me puedo comer algunas empanadas”, y le hizo una mueca graciosa. Ella alucinaba con este gigante que hablaba castellano y con muy buenos modales; se echó a reír y le contestó sin temor alguno: Si mueves el camión y lo llevas al almacén de mi padre, te comes 10 empanadas. Es una promesa”. Y el Toro estaba feliz, rugía y con sus patas traseras golpeaba el suelo y la pobre chica casi se caía de su lomo.

Y el animal luminoso, como una linterna en la noche, con su culo y cola golpeó el camión y este se movió como si fuera de gelatina. La miró a ella, doblando el cuello, y dijo: “Me comeré unas empanadas muy ricas esta noche: serán nuestras Fiestas Patrias”. Y el camión se encendió; el motor estaba operativo y con fuerza, el neumático pinchado levitaba sobre el suelo. Y el Toro caminaba junto a su doncella mientras charlaban de la vida, del presente, del futuro, de fantasmas, de la muerte… y el camión se movía al compás del Toro. Era como si ambos bailaran rumbo a la tienda en medio de la noche. Y mi madre sonreía y no dejaba de charlar con su nuevo amigo mítico: hablaron de viajes posibles a Madrid, París, Londres, Roma, Buenos Aires, al sur de Chile, hablaron de las estrellas, de poesía, de política y dictadura, de la pobreza, de los que se van y de los que llegan, de una chica astrofísica, de unos versos catalanes, del amor de su vida, de las cazuelas, del Colo-Colo, de la cueca, de los hijos, de nietos, de una carnicería, de un cerro, de un barrio, de una calle llamada Quiriquina… de múltiples viajes de todo tipo por medio de los libros, del cine y de los sueños… Esa noche fue un viaje entre el Toro y mi madre. Para mí, un viaje contigo…

Y después se vio al padre, mi abuelo Raúl, a la joven, mi madre Nelsa, y al Toro de madrugada comiendo empanadas con ricas bebidas y un vino intenso; se lo veía feliz a la enorme bestia resplandeciente. Y hablaron hasta el amanecer de lo que sería vivir y morir algún día en el futuro, pero siempre en una vida que intentaba viajar de algún lugar a otro… El padre dijo que se mudarían a Valparaíso, al cerro más bello, a vivir en Playa Ancha, puesto que necesitaba nuevos aires para seguir adelante, porque la vida en el pueblo estaba difícil…

Y así fue como mi madre llegó a Playa Ancha para vivir sus sueños y viajes… que han sido realmente una aventura, de las más bellas jamás realizadas…

El Toro se comió más de diez empanadas en secreto, como un energúmeno, y no dijo a nadie de su pandilla lo que había sucedido…

Concón, 22 de agosto de 2026

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