- Evaluar correctamente el desempeño de los funcionarios públicos. Uno de los nudos más incómodos del Estado está en su sistema de evaluación de desempeño –tema que abordé con mayor profundidad en una columna publicada en El Mostrador el pasado 7 de noviembre–. Aunque fue concebido como un pilar de la meritocracia, en la práctica se ha convertido en una ficción burocrática: casi todos obtienen calificaciones sobresalientes y la desvinculación por mal desempeño es prácticamente inexistente.
- Ordenar y optimizar procesos es una condición básica. En segundo lugar, resulta indispensable avanzar –o, en algunos casos, recién comenzar– con la optimización de los procesos en las instituciones públicas. Puede parecer obvio, pero no lo es: con demasiada frecuencia las organizaciones no tienen claridad sobre qué es un proceso, dónde comienza, cómo se desarrolla, dónde termina, ni quién es responsable de cada etapa y de su control.
- Incorporar una lógica de proyectos con foco en las personas. Un tercer aspecto es incorporar de manera decidida una mirada de desarrollo de proyectos públicos innovadores, orientados a resolver los problemas reales de las personas. Para ello no se requieren recetas sofisticadas, sino capacidad de gestión. El primer paso es identificar con claridad cuáles son los principales “dolores” de los usuarios. En este sentido, la Encuesta de Satisfacción Usuaria que anualmente levanta el Ministerio de Hacienda –que en 2025 ya evalúa a 79 instituciones públicas– es una herramienta potente, siempre que se analice con rigor y no termine guardada en un cajón.
- Liderazgo público con visión estratégica. Nada de lo anterior es posible sin liderazgo público con visión estratégica. No se trata solo de cumplir metas formales (ya sabemos cuántos servicios reciben los incentivos de desempeño en su totalidad) o administrar la contingencia, sino de contar con directivos capaces de entender y articular evaluación de desempeño, procesos eficientes y proyectos con sentido público.
- Alinear el presupuesto con prioridades país. Por último, todo lo anterior debe dialogar coherentemente con el proceso presupuestario. No se trata solo del necesario control del gasto, sino de dar una mirada estratégica y sistémica del presupuesto público. Hoy, este sigue pensándose principalmente por servicios, cuando los problemas ciudadanos son transversales y requieren coordinación entre múltiples instituciones. Avanzar hacia una lógica presupuestaria orientada a prioridades país y temas estratégicos es una tarea pendiente. En este ámbito, el liderazgo de la Secretaría de Modernización del Estado, en articulación directa con la Dirección de Presupuestos, resulta clave para alinear recursos, prioridades y resultados.