miércoles, noviembre 25, 2020

Tolerancia, Maturana y Goethe

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Por Gastón Held y Gastón Suárez, ingeniería industrial, Universidad de Chile.

En estos tiempos de creciente crispación en nuestra convivencia, diversas voces ponderadas llaman a la tolerancia. Debiéramos aspirar, se plantea, a tener una sociedad tolerante a la diversidad.

La tolerancia, sin embargo, no lleva en sí la semilla de una mejor amistad social. Por el contrario, es un concepto limitado y estrecho. Como diría Humberto Maturana: “Implica una venganza escondida”. 

Una sociedad tolerante tiene la virtud de superar la barbarie como manera de resolver los conflictos, pero no logra sacudirse la connotación negativa que lo tolerado tiene para quien lo tolera. Esto lleva a sus integrantes a vivir en silos que no se comunican entre sí y a conversaciones cerradas entre quienes piensan igual, así como a la rigidización de las posiciones y a una mayor dificultad para el encuentro. O sea, pasto seco para el conflicto social. La tolerancia es insuficiente para sostener la construcción de una sociedad cohesionada. Necesitamos algo más.

Otro mundo emerge cuando se vive como emoción social la “aceptación del otro como legítimo otro en la convivencia” (Maturana). Sólo en este caso es posible que el otro pueda ser un igual y valioso, aunque sea distinto de mí y, por lo tanto, sólo a partir de ello son posibles los proyectos realmente sociales, donde no hay imposición.

Es posible ir más allá: lo que está en las antípodas de la barbarie no es la agria tolerancia ni la virtuosa aceptación, sino el reconocimiento. Goethe, poeta y científico alemán, planteaba que “la tolerancia debería realmente ser sólo una actitud temporal: debe conducir al reconocimiento”. En una sociedad donde se vive la emoción del reconocimiento, los otros no son una amenaza sino una oportunidad, y las diferencias no son un problema sino una posibilidad. El reconocimiento implica saber apreciar valor en las posiciones del otro y abrirse a su potencialidad de contribuir a modelar las propias; me intereso por las demás personas y estoy dispuesto a dejarme tocar por ellas. El reconocimiento es el sustrato más poderoso para una sociedad desarrollada y en permanente evolución; en ella la convivencia no es solo sana, sino también virtuosa. El mayor mérito no es no pelear, sino construir juntos.

Desde la perspectiva del tolerante, la aceptación, pero sobre todo el reconocimiento, pueden ser descalificados como “entreguismo” al caos o a la dictadura. Sin embargo, reconocer al otro no implica ni validar sus acciones ni inhibirse respecto de los propios valores, sino buscar caminos de convivencia a partir de una mirada del otro que es mucho más amplia que la que permite la tolerancia, que adolece del sesgo a resaltar en el otro aquello que amenaza el propio interés. 

Para progresar en sociedad en los agitados tiempos por los que transitamos, debiéramos aspirar a más: el paso de la tolerancia al reconocimiento es también el paso del miedo a la ambición.

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