Temporero universitario

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Después de un duro año de estudios, con esa extrañeza que fue combinar lo presencial con lo telemático – sistema mixto le llamaron en la universidad – Bernardo se avoca a la difícil y siempre compleja tarea de buscar un empleo en el verano. Para tratar de palear en algo el pago de la matrícula, y por qué no, juntar algo de dinero para los primeros meses del año.

Buscó de todo. O más bien, lo que viniera. Después de presentar su currículum en tiendas del retail, estaciones de servicios, y hasta en el negocio de la esquina de su casa,  por fin le dijeron que si. El lugar era un pequeño restorán del sector de Bellavista. No se veía un gran trabajo, pero en algo salvaría. Si además pudiera conocer gente y pasarlo algo bien: “la pega era perfecta”.

Tendría o turnos de día o de noche, pudiendo combinarlos alternadamente. Básicamente era un garzón, con algún conocimiento del inglés, lo que podría ayudar a la hora de recibir propinas de uno que otro turista extranjero. Aunque no lo crean, todavía llegan.

Al poco andar, se dio cuenta que no todos eran estudiantes en busca de un empleo de temporada o verano, como él. Conoció a Rosa, la copera, que cumplía el rol de la encargada general del aseo. También a Manuel, un garzón profesional que miraba con muy malos ojos la llegada de jóvenes que solo hacían que su ingreso fuera bajando y bajando.

Casi al completar el mes, tenía la total convicción que esto era algo, no similar, pero muy parecido a lo que en el colegio había estudiado por esclavitud. Nadie, de eso estaba seguro, tenía contrato de trabajo. Cero prevención o seguridad.  Respecto a las propinas, éstas se repartían conforme a lo que el administrador determinaba arbitrariamente.

Al caer la noche, el pub restorán, como le gustaba llamar al negocio el dueño, estaba prácticamente lleno. No había espacio para descansar ni comer… Bernardo recordó, que una vez, estudió en el colegio “la Ley de la Silla. ¡Qué ley de la silla! Había que estar prácticamente ocho horas y corriendo de acá para allá. Soportando los retos del jefe por si o por no. Un simple estudiante se daba cuenta que la cantidad de trabajadores no daba abasto para el total de mesas por atender.

Bernardo aguantaba todo, por esos pesos que vino a buscar. No dejaba de pensar que, lo que él viviría solo uno o dos meses, la señora Rosa, Manuel y los demás estaban obligados a vivirlo 24/7. Todo el año en esas condiciones, no para pagar la matrícula, sino para poder sustentar a sus hijos y literalmente llevar algo de comer para la casa.

Termina el día. Otra jornada más y Bernardo cansado. Se lleva en su mochila  de estudiante temporero la realidad de haber conocido gente, de carne y hueso, que vive todos los días la informalidad en el trabajo.

Algún día esto será distinto – piensa. ¿Será posible?

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