La expansión acelerada de la inteligencia artificial (IA) en la vida cotidiana y los entornos laborales no representa una transformación aislada, sino la profundización de una lógica que ya domina desde hace años: el capitalismo de vigilancia. Así lo plantea Shoshana Zuboff, filósofa y profesora emérita de Harvard Business School, en una entrevista publicada por el medio El País, donde advierte que esta tecnología es la continuidad y no la ruptura de un modelo basado en la extracción masiva de datos personales sin consentimiento.
Desde esta perspectiva, la IA no es solo una herramienta neutral al servicio de la eficiencia, sino una arquitectura que reproduce —y amplifica— prácticas invasivas en los lugares de trabajo. Según Zuboff, este sistema “nació en el mundo de la empresa, no en los laboratorios universitarios” y fue concebido para monetizar la vida humana en sus múltiples dimensiones, incluyendo la laboral.
Para las organizaciones y las áreas de recursos humanos, esto implica desafíos éticos y estratégicos de gran magnitud. La recopilación de información sobre hábitos, productividad, comunicación interna o incluso emociones, se ha vuelto parte del engranaje cotidiano. Herramientas que prometen optimizar procesos y tomar decisiones basadas en datos también pueden transformarse en mecanismos de control y vigilancia si no se utilizan con transparencia, límites claros y participación de las personas trabajadoras.
En el ámbito laboral, esta lógica se expresa en prácticas como la monitorización constante, el uso de algoritmos para evaluar el desempeño o predecir comportamientos, y la aplicación de sistemas de reconocimiento facial o análisis de voz. Para Zuboff, el riesgo central es que esta infraestructura tecnológica “opera sin rendición de cuentas”, y desplaza las decisiones humanas hacia estructuras automatizadas que no han sido discutidas socialmente.
“La IA no tiene que ver con la inteligencia, tiene que ver con el poder”, afirma la filósofa. Esta concentración de poder en manos de empresas tecnológicas que recopilan, procesan y comercian con datos a escala global pone en cuestión la autonomía individual, especialmente en contextos laborales donde el desequilibrio entre empleador y empleado ya es estructural.
Uno de los elementos clave que destaca Zuboff es que la IA, en su forma actual, no representa un cambio ético ni filosófico. Al contrario, continúa una lógica empresarial que ha convertido la información personal en materia prima para el lucro. En los lugares de trabajo, esto se traduce en una colonización del tiempo, el cuerpo y la mente, sin que existan mecanismos claros de protección ni regulación efectiva.
Desde esta mirada, la función de las instituciones públicas y los marcos regulatorios es crucial. La filósofa señala que Europa ha tomado la delantera con iniciativas como la Ley de Servicios Digitales, pero advierte que se requiere más que regulación: es necesario abolir el capitalismo de vigilancia como modelo económico. Esta propuesta implica un rediseño estructural del uso de la tecnología, incluyendo los sistemas de IA implementados en contextos organizacionales.
En este escenario, la gestión de personas enfrenta una disyuntiva: o bien seguir reproduciendo modelos de vigilancia disfrazados de innovación, o bien promover un cambio cultural que sitúe la privacidad, la dignidad y la agencia humana en el centro de las decisiones tecnológicas. Para Zuboff, cualquier solución duradera debe tener una base democrática y estar guiada por un principio ético: “La información personal no puede ser materia prima”.
Además, insiste en que las personas tienen derecho a un “refugio interior”, un espacio inviolable donde puedan pensar, sentir y actuar sin ser observadas ni intervenidas por sistemas automatizados. Esta idea desafía de forma directa prácticas comunes en muchos entornos laborales, donde el rendimiento se mide en tiempo real y se busca anticipar cada movimiento mediante análisis predictivos.
Frente a este panorama, el rol de las y los líderes de recursos humanos cobra una dimensión política: deben decidir si adoptan tecnologías sin cuestionamientos o si asumen una postura crítica y propositiva para construir organizaciones más humanas. Como señala Zuboff, la alternativa no es tecnológica, sino social: “La democracia necesita que la IA esté al servicio de los derechos, no de los mercados”.