Sexualidad y salud mental: ¿qué parte del deseo llevamos al trabajo?

Parejas que dejan de encontrarse, personas que confunden deseo y tristeza, mujeres que atraviesan la menopausia, cuerpos que envejecen, intimidades sin espacio y sexualidades sometidas a expectativas, diagnósticos y normas. A partir de *Microdramas*, de Constanza Michelson, y de la obra de Michel Foucault, esta continuación de la serie de RH Management indaga una pregunta todavía abierta: cuánto puede influir la sexualidad en el bienestar psíquico de las personas y qué ocurre con esa dimensión cuando entran a trabajar.

Una pareja puede dormir mal después de una discusión. Alguien puede pasar el día preguntándose si todavía es deseado. Una separación puede ocupar buena parte de la atención que pocas horas después habrá que poner en una reunión. Una persona puede experimentar cambios en su cuerpo que modifican también cómo se mira y cómo cree que otros la miran. Otra puede no tener deseo y estar perfectamente bien. Y otra puede desear algo que no logra identificar, mientras interpreta ese malestar como tristeza.

Nada de eso desaparece necesariamente al comenzar la jornada laboral. Sin embargo, cuando el mundo del trabajo habla de salud mental suele hacerlo desde variables reconocibles: carga laboral, liderazgo, jornadas, autonomía, violencia, remuneraciones, reconocimiento, conciliación o inseguridad. Son dimensiones fundamentales. Pero detrás de cada trabajador existe también una vida corporal, afectiva, familiar y sexual que no comienza ni termina en la puerta de la organización.

La pregunta de este reportaje no es si tener más sexo hace a alguien más saludable ni si su ausencia produce enfermedad. Es anterior y bastante más difícil: ¿la sexualidad constituye una dimensión relevante de la salud mental de las personas y, por esa vía, puede acompañarlas también en su experiencia laboral?

La intimidad pesa

En “Microdramas. El peso de lo leve”, Constanza Michelson no desarrolla una teoría sobre esa relación. Hace algo distinto: muestra escenas. En “Informe del Dr. Tiresias”, una pareja llega a terapia atrapada entre infidelidades, recriminaciones y una pregunta aparentemente sexual: quién goza más. Pero la discusión termina desplazándose desde el orgasmo hacia aquello que una persona espera después del sexo. Presencia. Elección. Reconocimiento. Amor.

Michelson describe a personas que buscan ese “más” incluso modificando sus cuerpos, intentando ser más jóvenes, delgadas o disciplinadas. Y deja una frase especialmente significativa: algunos llegan pensando que están enfermos cuando aquello que no consiguen nombrar se encuentra todavía en el territorio del deseo. “A veces confunden su deseo con estar tristes”.

La frase resulta molesta justamente porque no permite decidir rápidamente qué está ocurriendo. En otra escena, “Un día”, la sexualidad aparece atravesada por la arquitectura doméstica. Hay habitaciones compartidas, adolescentes sometidos al “bajo mi techo no”, parejas que tienen el dormitorio donde socialmente el sexo parece autorizado y personas que apenas encuentran un lugar para estar a solas. Michelson habla allí de una “libido estancada” y se pregunta cuánto mal humor podría tener alguna relación con ella.

En otras páginas aparecen menopausia, abuso, masturbación, consentimiento, deseo, pérdida del embarazo, envejecimiento y soledad. No todos esos fenómenos son equivalentes ni pueden agruparse bajo una única explicación. Precisamente por eso interesan.

Lo que muestran es que la sexualidad no ocurre exclusivamente durante una relación sexual. Se construye también alrededor del cuerpo, de cómo una persona se siente mirada, de su capacidad de intimidad, de los vínculos, de aquello que desea y de aquello que ya no desea.

Si todo eso forma parte de la vida psíquica, la separación entre sexualidad y salud mental comienza a resultar menos evidente.

Pero antes de convertir esa intuición en una respuesta aparece Michel Foucault. Y Foucault obliga a desconfiar, en primer lugar, de la facilidad con que hacemos la pregunta. En el curso “Lecciones sobre la voluntad de saber”, dictado en el Collège de France entre 1970 y 1971, propone trabajar sobre lo que denomina una “morfología de la voluntad de saber”. Entre los campos históricos que anuncia expresamente se encuentra cómo se organizó el saber sobre la sexualidad entre los siglos XVII y XIX.

“Morfología” permite observar algo más profundo que la existencia de conocimientos correctos o incorrectos. Supone preguntar cómo adquiere forma un determinado saber: qué objetos construye, quién puede hablar legítimamente sobre ellos, qué procedimientos permiten establecer una verdad y qué instituciones sostienen esa producción.

Foucault lleva todavía más lejos el problema cuando distingue entre escoger lo verdadero frente a lo falso y aquello que denomina una voluntad más radical, capaz de establecer el propio sistema mediante el cual algo puede entrar en la oposición verdadero/error. Su investigación busca observar cómo la verdad queda insertada también en redes de coacción y dominación.

Aplicado a la sexualidad, el giro es considerable. La interrogante ya no es solamente: ¿mi sexualidad afecta mi salud mental? También se puede preguntar: ¿cómo aprendimos qué significa tener una sexualidad saludable, normal, problemática o enferma?

Verdad del sexo

Seis años después de aquel curso, Foucault publica “La voluntad de saber”, primer volumen de “Historia de la sexualidad”, y el problema adquiere una forma concreta. Su crítica a la llamada hipótesis represiva no consiste en negar que hayan existido prohibiciones sexuales. Foucault observa algo adicional: mientras Occidente aparentemente silenciaba el sexo, construía al mismo tiempo una enorme maquinaria para hacerlo hablar.

Confesiones, consultas, interrogatorios, exámenes, discursos médicos, pedagogía, psiquiatría y ciencias de la sexualidad comenzaron a solicitar información acerca de conductas, fantasías, placeres y deseos.

El individuo no sólo debía tener una sexualidad. También debía “decir su verdad”. Foucault describe esa proliferación de discursos, confesiones y sistemas legítimos de saber como parte de una “scientia sexualis”, una forma occidental de producir conocimiento acerca del sexo.

Y aquí la pregunta por salud mental se vuelve más compleja. Porque una cosa es que determinadas experiencias sexuales puedan producir bienestar o sufrimiento. Otra es que una persona aprenda a examinar permanentemente su sexualidad para decidir, a partir de ella, si hay algo normal o anormal en sí misma.

“Las confesiones de la carne”, el cuarto volumen de la serie, permite retroceder todavía más. Allí Foucault estudia prácticas cristianas que vinculan cuerpo, deseo, concupiscencia, libido, obediencia y manifestación de verdad. El sujeto debe aprender a observar pensamientos, tentaciones y movimientos interiores, discernirlos y ponerlos en palabras.

A lo largo de ese recorrido aparece una cuestión fundamental: el deseo deja progresivamente de ser solamente algo que ocurre. Puede convertirse en algo que necesita interpretación. Este punto obliga a ser especialmente cuidadosos cuando se habla de sexualidad y salud mental.

La ausencia de deseo puede generar una fuerte angustia en una persona y ser completamente irrelevante para otra. Algo similar ocurre con un deseo intenso, con no mantener relaciones sexuales, con determinadas fantasías o con los cambios que acompañan al envejecimiento. El problema comienza cuando esas experiencias se interpretan de antemano como señales de normalidad o patología, sin atender a cómo las vive cada persona.

No existe una respuesta única contenida en los textos revisados. Y probablemente ésa sea una de las primeras conclusiones metodológicas importantes de esta investigación: no se puede confundir diferencia con patología ni convertir una determinada frecuencia, práctica o forma de deseo en estándar universal de salud.

Foucault resulta muy útil en este punto porque muestra que las categorías desde las cuales examinamos la sexualidad también tienen una historia. Eso no significa que todo diagnóstico sea una construcción arbitraria ni que la medicina o la psicología carezcan de conocimiento. Implica algo más preciso: antes de usar una categoría hay que preguntarse qué está describiendo, quién la construyó, con qué criterios y qué efectos produce cuando una persona comienza a definirse a sí misma mediante ella.

Esa preocupación estaba ya en “Lecciones sobre la voluntad de saber”: la verdad no aparece simplemente como algo que espera ser descubierto, sino dentro de procedimientos históricos que determinan qué puede ser reconocido como verdadero o falso.

También se trabaja

Y entonces reaparece el mundo laboral. La sexualidad pertenece al ámbito de la intimidad y las organizaciones no tienen derecho a convertirla en un nuevo territorio de vigilancia, medición o intervención. Reconocer que puede existir una relación entre sexualidad y bienestar no significa que RH deba preguntar a sus trabajadores por su vida sexual.

El desafío es otro. Una persona puede llegar a trabajar después de una separación, atravesando una crisis de pareja, sintiéndose sola, viviendo cambios asociados al envejecimiento o a la menopausia, intentando procesar una experiencia sexual difícil o simplemente desconectada de una dimensión de su vida que para ella resulta importante.

¿Puede todo eso afectar su ánimo, descanso, concentración o forma de relacionarse? Los textos analizados permiten formular la pregunta, pero todavía no responderla.Y en ese punto conviene volver a Michelson.

Cuando escribe que algunas personas pueden confundir deseo con tristeza no está entregando una nueva explicación para reemplazar un diagnóstico. Está impidiendo que la experiencia se cierre demasiado rápido.

Tal vez ése sea el lugar desde donde debe comenzar esta investigación. No suponiendo que detrás de cada malestar existe un problema sexual. Tampoco tratando la sexualidad como un asunto irrelevante por pertenecer a la intimidad. Sino preguntando qué lugar ocupa realmente dentro de esa compleja maquinaria corporal, afectiva y psíquica que una persona lleva consigo todos los días. También cuando trabaja.

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