El problema parecía estar en el trabajo. Un importante consultor chileno había sido convocado para realizar una intervención en un banco de un país del norte de Sudamérica. Algo no estaba funcionando en su primera línea ejecutiva (todos hombres). Había bajos niveles de productividad, presión, estrés, signos de agotamiento y dificultades para responder a las exigencias de la organización.
Pero las conversaciones comenzaron a mostrar algo más. Varios de esos ejecutivos tampoco estaban bien fuera de la oficina. Las jornadas, las preocupaciones y la tensión se habían trasladado a sus casas. Había conflictos con sus parejas, poco tiempo compartido, escasa conversación y una intimidad que se había ido debilitando.
La intervención comenzó entonces a desplazarse. Ya no se trataba sólo de revisar tareas, metas o desempeño. Había que conversar sobre cómo estaban viviendo esas personas.
Tiempo después, según relata el consultor, varios ejecutivos comenzaron a contar que dormían mejor, se sentían más relajados y llegaban de otra manera al trabajo. Algunos hombres lo resumieron de una forma mucho menos sofisticada: estaban teniendo “muy buen sexo” con sus parejas.
¿Era realmente el sexo lo que había cambiado su desempeño? La anécdota resulta atractiva. También peligrosa si se convierte demasiado rápido en explicación.
Una vieja provocación
Wilhelm Reich habría reconocido la pregunta. En “La revolución sexual”, el médico y psicoanalista lleva la relación entre sexualidad y vida psíquica mucho más lejos de lo que hoy probablemente se aceptaría sin discusión. Para Reich, las prohibiciones sexuales no actuaban sólo sobre determinados comportamientos. Podían interiorizarse, participar en la formación del carácter y afectar el modo en que las personas se relacionaban consigo mismas, con otros y con la autoridad.
Dentro de ese marco formula incluso una conexión explícita con el trabajo. Cuando discute la continencia sexual prolongada, Reich sostiene que puede perjudicar la vida amorosa, disminuir la alegría de vivir y reducir la “capacidad de trabajo”. En el texto llega a presentar esa relación como un hecho comprobado desde su experiencia clínica.
Leído casi un siglo después, el pasaje exige cautela. Que Reich lo afirmara no demuestra que la falta de actividad sexual provoque una disminución del rendimiento laboral. Su argumentación corresponde a la economía sexual que desarrolló y utiliza categorías clínicas y biológicas que no pueden trasladarse sin más al conocimiento actual.
Pero la afirmación contiene una interpelación que conserva interés: ¿puede lo que ocurre en la vida sexual de una persona influir en otras dimensiones de su funcionamiento psíquico? Y si existe alguna relación, ¿por qué el trabajo quedaría necesariamente fuera de ella?
El caso del banco permite observar otra posibilidad. Lo ocurrido no comenzó con una recomendación sexual. Comenzó con conversaciones. Los ejecutivos pudieron detenerse a mirar sus jornadas, sus relaciones, la vida familiar y aquello que estaba ocurriendo con sus parejas. Recuperaron espacios de encuentro e intimidad. Después algunos atribuyeron parte de su mejoría a haber vuelto a tener relaciones sexuales satisfactorias.
Pero entre el punto de partida y el resultado ocurrieron muchas cosas. Hubo conversación y mayor cercanía. Posiblemente disminuyó el conflicto. Apareció tiempo compartido. Se recuperó intimidad. Los propios ejecutivos hablaron de descanso y relajación.
Entonces, ¿qué produjo qué? ¿El sexo permitió sentirse mejor o las personas volvieron a tener sexo porque comenzaron a sentirse mejor? ¿Mejoró la relación de pareja y eso redujo una fuente de tensión?¿Dormir mejor incidió sobre su disposición laboral? ¿La recuperación del deseo fue causa de un cambio o una de sus expresiones? ¿O todas esas dimensiones se modificaron juntas?
Una experiencia individual no permite resolverlo. Sí logra cuestionar la facilidad con que dividimos la vida en compartimentos: por un lado trabajo, por otro pareja, después cuerpo, deseo, sueño, salud mental y sexualidad.
Las personas rara vez funcionan de esa manera. Incluso Reich, pese al peso que concede a la satisfacción sexual, desarrolla una idea más compleja que el lema “más sexo es mejor”. Su crítica se dirige a una sexualidad organizada mediante prohibición, culpa y coerción. Frente a ella propone la autorregulación: la capacidad del individuo para relacionarse con sus necesidades y su conducta sin depender de una moral exterior que controle cada movimiento.
También diferencia el vínculo sexual duradero del matrimonio sostenido sólo por obligación jurídica, económica o moral. Lo que le interesa es si existe una relación viva entre las personas y no apenas la permanencia formal de la institución.
Ahí aparece una pista relevante para esta investigación. Quizás preguntar solamente por “sexo” sea demasiado estrecho. La sexualidad puede involucrar placer, pero también intimidad, reconocimiento, consentimiento, deseo, frustración, contacto corporal, capacidad de estar con otro y relación con el propio cuerpo.
En ese punto el Reich de “La revolución sexual” se encuentra, aunque desde un enfoque muy distinto, con algunas escenas que Constanza Michelson presenta en “Microdramas”: personas cuyo malestar sexual no puede separarse con facilidad de aquello que ocurre con el vínculo, la imagen corporal, la edad, la expectativa de ser elegidas o la necesidad de ser reconocidas. El problema deja entonces de ser cuántas relaciones sexuales tiene alguien. La pregunta pasa a ser qué lugar ocupa su sexualidad dentro de la experiencia de bienestar o sufrimiento que atraviesa su vida.
Trabajo sin fronteras
La conexión laboral requiere todavía más cuidado. El trabajador no llega a la oficina convertido en una función productiva. Lleva consigo lo que le ocurrió durante la noche, una discusión de pareja, una separación, una preocupación familiar, el cansancio, la soledad, una enfermedad, una nueva relación o una etapa de cambio en su cuerpo.
Pero reconocerlo no significa que las organizaciones deban ingresar en la intimidad sexual de sus trabajadores. De hecho, sería posible llegar al resultado opuesto. Si una empresa concluyera que una “buena sexualidad” aumenta la productividad y comenzara a medirla, promoverla o intervenir sobre ella, estaría transformando una dimensión íntima en otro indicador de desempeño. La pregunta por el bienestar terminaría convertida en vigilancia.
Por eso es necesario separar dos planos. Uno consiste en investigar si la sexualidad participa de la salud mental y si algunos de sus efectos pueden alcanzar la experiencia laboral. Otro muy distinto sería atribuir a la organización el derecho a gestionar esa sexualidad.
Esta investigación se mueve en el primero. La eventual conexión tampoco puede establecerse sólo desde Reich. Sus planteamientos ayudan a formular hipótesis, pero deberán contrastarse con conocimiento contemporáneo sobre salud mental, sexualidad, relaciones de pareja, sueño, estrés, bienestar y desempeño laboral.
La historia del banco puede entonces leerse de otra forma. Aquellos ejecutivos dijeron que estaban más descansados, relajados y productivos y asociaron parte de ese cambio a haber recuperado una vida sexual que consideraban satisfactoria.
Es posible que los ejecutivos hayan identificado correctamente una parte del cambio, pero el sexo también pudo haber sido apenas una expresión de un proceso más amplio. La relación con sus parejas había mejorado, las conversaciones habían reducido tensiones acumuladas y la intimidad volvía a ocupar un lugar en la vida cotidiana. Quizás lo que ellos resumieron como “mejor sexo” condensaba, en realidad, una recuperación más profunda del vínculo, el descanso y la cercanía. No lo sabemos. Y justamente esa incertidumbre es la que esta serie busca investigar.
Reich escribió que la sexualidad podía afectar la alegría de vivir y la capacidad de trabajo. Décadas después, un grupo de ejecutivos utilizó palabras mucho más cotidianas para describir una experiencia que, al menos para ellos, parecía unir intimidad, descanso y desempeño.
Entre ambas afirmaciones existe una distancia enorme que no corresponde llenar con una conclusión apresurada. Pero sí con una investigación.
Si la sexualidad forma parte de la vida afectiva y psíquica de las personas, ¿qué lugar ocupa en su bienestar? Y si ese bienestar influye en la manera en que dormimos, sentimos, nos relacionamos y enfrentamos nuestras responsabilidades, ¿es posible que una parte de sus efectos también llegue con nosotros al trabajo?
Esa es la pregunta. No que el sexo produzca productividad, sino si hemos dejado fuera una dimensión relevante cuando intentamos comprender integralmente la salud mental de quienes trabajan.