La persistencia de sesgos de género desde el diseño de investigaciones científicas hasta la práctica sanitaria puede repercutir en el diagnóstico y tratamiento de las mujeres, según especialistas consultadas por Público, en una información publicada en España a propósito de la revisión de un informe oficial sobre menopausia que contenía recomendaciones sustentadas en estudios realizados exclusivamente con hombres.
El caso que volvió a poner el problema sobre la mesa fue protagonizado por la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan), que anunció la rectificación de un informe sobre menopausia después de que se conociera que algunas recomendaciones se apoyaban en investigaciones realizadas solo con hombres. Más allá de ese episodio, las especialistas consultadas apuntan hacia una problemática estructural vinculada a cómo se ha producido históricamente el conocimiento científico.
Teresa Samper, miembro de la junta directiva de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (Amit), explica que durante mucho tiempo se estableció el cuerpo masculino como modelo de referencia. De esta manera, los procesos específicos de las mujeres quedaron relegados, mientras determinados conocimientos obtenidos a partir de hombres se utilizaron como parámetros generales.
Desde el diseño
La incorporación de sesgos, de acuerdo con lo planteado por Samper, puede comenzar mucho antes de que los resultados científicos lleguen a una consulta médica. Las decisiones sobre qué cuestiones merecen ser investigadas, qué preguntas se formulan, cuáles son las variables consideradas y quiénes forman parte de las muestras determinan la construcción posterior del conocimiento.
Desde esta perspectiva, incorporar un enfoque de género en la investigación científica no consiste únicamente en separar posteriormente los resultados correspondientes a hombres y mujeres. Supone considerar desde el propio diseño de los estudios cuándo el sexo, el género y las interacciones entre ambos pueden ser relevantes para comprender el fenómeno investigado.
Las consecuencias de no hacerlo pueden manifestarse posteriormente en la práctica clínica. Uno de los ejemplos recogidos corresponde a los infartos, cuyos síntomas fueron estudiados durante años principalmente a partir de hombres. También se menciona la apnea del sueño, para cuya detección se han utilizado cuestionarios construidos sobre manifestaciones masculinas de la enfermedad.
La investigación insuficiente de determinadas patologías que afectan especialmente a mujeres constituye otra expresión del problema. Entre los ejemplos señalados aparecen la fibromialgia, el lipedema, las alteraciones de la glándula tiroides y la endometriosis, enfermedades cuyo diagnóstico puede demorarse.
Diagnósticos tardíos
Elena del Estel, coautora de “Señoras, una mirada integral de salud en la menopausia”, advierte además sobre la forma en que pueden interpretarse los síntomas manifestados por las mujeres. El dolor o determinadas alteraciones del estado de ánimo pueden ser vinculados con mayor facilidad a causas psíquicas, una situación que puede repercutir en el proceso diagnóstico.
“A nosotras nos prescriben ansiolíticos en lugar de pruebas diagnósticas”, afirma Del Estel al describir una de las consecuencias que identifica en la atención sanitaria de las mujeres.
La representación de mujeres en los estudios clínicos constituye otro de los aspectos abordados. El Alzheimer sirve como ejemplo de una brecha entre la incidencia de una enfermedad y la participación en las investigaciones destinadas a estudiarla. Según los datos recogidos en la publicación, desde los 55 años la prevalencia de esta enfermedad alcanza el 7,1% entre las mujeres y el 3,3% entre los hombres. Sin embargo, ellas tendrían un 26% menos de probabilidades de ser seleccionadas para participar en ensayos clínicos.
La situación muestra cómo las decisiones adoptadas durante la generación de conocimiento pueden extender sus efectos a distintas etapas posteriores. Si las preguntas, las variables o las muestras no consideran adecuadamente las diferencias existentes, las herramientas construidas a partir de esos estudios pueden resultar insuficientes para reconocer determinados síntomas o comprender patologías que afectan de manera diferente a mujeres y hombres.
Cambiar la mirada
La perspectiva de género aparece así como una dimensión que debe incorporarse desde las primeras decisiones de una investigación. El planteamiento no implica asumir previamente que siempre existirán diferencias entre hombres y mujeres, sino evaluar cuándo el sexo y el género son variables relevantes para explicar aquello que se está estudiando.
El debate generado por el informe sobre menopausia expone, en ese sentido, una cuestión que supera un documento concreto. La definición de prioridades científicas, el diseño de los estudios y la selección de quienes participan en ellos forman parte de una cadena de decisiones que determina qué conocimiento se produce y, posteriormente, qué herramientas estarán disponibles para diagnosticar y tratar a las personas.
Para las especialistas citadas, revisar esa forma de producir conocimiento resulta fundamental para evitar que el cuerpo masculino continúe funcionando como referencia general y para que las particularidades de la salud de las mujeres sean incorporadas desde el origen de la investigación, en lugar de intentar corregir las brechas cuando sus consecuencias ya han llegado a la práctica sanitaria.
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