Salud mental en Argentina: crece la alerta y persiste la brecha de atención

Un informe de la UBA advierte que el 6,5% de la población argentina enfrenta riesgo de trastorno de salud mental y expone una brecha persistente entre la magnitud del problema y el acceso a tratamiento, con mayor impacto en jóvenes y sectores vulnerables.

Según publicó Infobae a partir de un relevamiento del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la facultad de psicología de la UBA, el 6,5% de la población argentina enfrenta riesgo de padecer un trastorno de salud mental, en un escenario que atraviesa a todas las generaciones y que, de acuerdo con el análisis citado por ese medio, requiere políticas públicas y acciones concretas frente a un fenómeno que se profundizó en los últimos años.

El dato, presentado en una columna de Daniela Blanco, fue expuesto como un indicador de alto impacto pese a que se ubica por debajo del 10%. “Uno dice 6,5%, bueno, es menos del 10%, no es tanto, pero para un indicador como este es un montón”. La lectura que acompaña ese número es que la salud mental dejó de ser una problemática periférica para consolidarse como un desafío estructural en la Argentina.

La nota remarca que la crisis no distingue capas sociales y que, aunque alcanza a toda la población, golpea con más fuerza a determinados grupos. En esa línea, el estudio realizado sobre más de 2.200 personas identificó dos franjas especialmente vulnerables: las juventudes de 18 a 29 años y quienes se perciben o se ubican en un nivel socioeconómico más bajo.

Brecha de acceso

Uno de los ejes más relevantes del informe es la distancia entre la dimensión del problema y la llegada efectiva al cuidado profesional. La columna citada por Infobae advierte que, en un país identificado por su alta presencia de psicólogos y psicoanalistas, persiste una dificultad concreta en el acceso a la atención en salud mental.

Ese contraste aparece sintetizado en un dato puntual: solo el 29,15% está en tratamiento psicológico. La observación no solo plantea una brecha de acceso, sino también un escenario de subdiagnóstico y de falta de acompañamiento profesional para personas que atraviesan cuadros severos sin una intervención adecuada.

La vulnerabilidad social ocupa un lugar central en la interpretación del relevamiento. Según se consignó en la nota, el riesgo de ansiedad y depresión aumenta a menor nivel socioeconómico, y la percepción de “ir en barranca abajo” puede resultar tan angustiante como la propia realidad material. En ese cruce entre malestar subjetivo y condiciones de vida, la salud mental aparece ligada a factores estructurales que exceden la dimensión individual.

En el caso de los jóvenes, la advertencia es todavía más enfática. “El grupo 18-29 es crítico. A menor nivel socioeconómico, más ansiedad, más depresión. Es un combo inexorable”, afirmó Blanco en la columna reproducida por el medio. La nota también vincula ese panorama con episodios recientes de violencia y crisis en adolescentes, como parte de un contexto más amplio de deterioro emocional.

Factores de malestar

El artículo también enumera elementos que, según el análisis citado, profundizan el malestar psicológico contemporáneo. Entre ellos aparecen la hiperconectividad, el consumo de ultraprocesados, el sedentarismo y la soledad. La columna incluso define a la salud mental como una “pandemia del siglo XXI”, aludiendo a una problemática que durante años habría permanecido invisibilizada y que hoy adquiere mayor reconocimiento público.

A esa caracterización se suma una advertencia sobre el envejecimiento poblacional y sus efectos. La especialista señaló que se trata de una sociedad que “va a ser cada vez más longeva, con una carga de enfermedad y con una carga de salud mental negativa”, mientras en la nota se menciona además el impacto de la soledad en adultos mayores y su relación con cuadros neurodegenerativos más intensos.

El mapa de malestar incluido en la publicación incorpora también la dimensión de la sexualidad y la sociabilidad. Según los datos citados, solo el 15,8% se siente muy satisfecho con su vida sexual, mientras el 26% declara insatisfacción o mucha insatisfacción. En paralelo, se describe una dificultad creciente de los jóvenes para sociabilizar cara a cara, en un contexto donde los vínculos virtuales ganan terreno frente a la experiencia presencial.

La nota agrega que “la gente se analiza más online que presencial” y plantea que en ese desplazamiento se pierde parte del valor del encuentro directo, del “aquí y ahora” que ofrece el vínculo con otros. Esa observación aparece dentro de una lectura más amplia sobre cambios en la sociabilidad y sobre el modo en que la virtualidad reconfigura la experiencia emocional cotidiana.

Señales de alerta

Otro aspecto incluido en la publicación es el aumento del consumo de alcohol y marihuana entre jóvenes y su relación con el malestar emocional. “A mayor consumo de alcohol y drogas, aumenta el malestar emocional”, sostuvo Blanco, quien además pidió hablar con los chicos “sin eufemismos” y descartó la eficacia de los enfoques basados únicamente en la sanción o el señalamiento.

La columna cierra con una observación sobre el sedentarismo y la necesidad de promover movimiento y actividad en la vida cotidiana de los jóvenes. En ese punto, la propuesta se orienta a sacar el foco exclusivo de las pantallas y favorecer acciones concretas vinculadas con el cuerpo, el entorno y la salud física y mental. Desde esa perspectiva, el problema aparece descrito no solo como una urgencia sanitaria, sino también como una señal de alerta sobre condiciones de vida, acceso desigual al cuidado y nuevas formas de malestar social.

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