Por RH Management
En espacios como LinkedIn, en seminarios de escuelas de negocios y en la agenda de consultoras del mundo del trabajo, la conversación sobre personas y organizaciones suele dirigirse muchas veces a una minoría. Se discuten tendencias, liderazgo consciente, propósito, innovación tecnológica y nuevas prácticas de gestión que interpelan -en el mejor de los casos- al 5% o incluso al 2% de la fuerza laboral en Chile. Se publican cifras, se organizan encuentros, se celebran modas. Mucha sofisticación discursiva. Mucha gestión del rendimiento. Muy poco retorno al origen del malestar y del sufrimiento.
Mientras ese circuito se reproduce, una parte significativa de las y los trabajadores vive una experiencia radicalmente distinta del trabajo. No discute sobre sentido o realización, sino sobre cómo llegar a fin de mes. No gestiona su propósito, sino su supervivencia. La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué ocurre con la salud mental cuando el salario no alcanza? ¿Qué tipo de sufrimiento queda fuera del radar cuando el debate laboral se construye desde una élite económica y simbólica?
Realidad material
Hablar de salud mental sin hablar de salarios no es un descuido menor. Es una omisión estructural. En Chile, los datos de ingresos de Casen 2024 y las estadísticas del INE muestran que la mediana salarial sigue siendo insuficiente para sostener condiciones de vida dignas, y que una proporción relevante de personas ocupadas vive con ingresos que no permiten cubrir necesidades básicas sin endeudamiento. ¿Qué significa pedir compromiso, motivación o “actitud positiva” en contextos donde el trabajo no garantiza estabilidad material?
Desde esta perspectiva, el malestar no es solo psicológico ni organizacional: es económico. Y ese componente suele quedar fuera del discurso del bienestar corporativo, como si nombrarlo fuera impropio o excesivamente ideológico. Pero ¿puede pensarse la salud mental desconectada de las condiciones materiales de existencia? ¿No es esa separación, precisamente, una forma de negación?
Diversas tradiciones críticas del trabajo han mostrado que el malestar no es una anomalía individual, sino una consecuencia del lazo social. La vida colectiva exige renuncias, tensiones y negociaciones permanentes. El problema no es la existencia del malestar, sino cómo se tramita: ¿se reconoce o se niega?, ¿se colectiviza o se privatiza?
En el mundo del trabajo, el salario ocupa un lugar central en esa tramitación. No es solo dinero. Es reconocimiento simbólico. Distintos enfoques sobre la subjetividad han mostrado que el valor asignado por la organización incide directamente en la manera en que las personas se perciben a sí mismas. Un salario precario no solo limita el consumo: comunica desvalorización. Dice, de manera silenciosa pero persistente, que el esfuerzo no vale lo suficiente. ¿Qué efectos produce trabajar intensamente y no poder sostener una vida digna? ¿Cómo se elabora la contradicción entre el discurso del mérito y la experiencia concreta de precariedad?
Valor asignado
Aquí resulta especialmente esclarecedora la lectura de Frédéric Lordon. En Capitalismo, deseo y servidumbre, propone que el sistema económico no funciona únicamente mediante coerción externa, sino alineando los deseos individuales con los fines de la organización. No se trata solo de trabajar por necesidad, sino de aprender a desear aquello que garantiza la subsistencia. Cuando el salario es precario, esta alineación se vuelve más intensa: el trabajo deja de ser un espacio de realización para convertirse en una condición de sujeción. El deseo no desaparece; se adapta. Y esa adaptación tiene un costo subjetivo que rara vez entra en los indicadores de bienestar.
La evidencia empírica refuerza estas preguntas. El Termómetro de Salud Mental Achs-PUC 2025 ha mostrado niveles elevados de estrés, ansiedad y soledad, especialmente en segmentos jóvenes y trabajadores con condiciones más frágiles. No se trata de malestar abstracto, sino de una experiencia cotidiana marcada por incertidumbre, endeudamiento y miedo a la caída. ¿Puede hablarse de bienestar laboral en un contexto donde el ingreso no alcanza y el error se paga caro?
Patrick Avrane aporta aquí una clave decisiva desde una lectura profunda de la relación entre dinero y subjetividad. En Pequeño psicoanálisis del dinero -más allá del título- sostiene que el dinero no circula solo como medio de intercambio, sino como signo de valor, deuda y pertenencia. La relación con el dinero -y, por extensión, con el salario- estructura la relación con los otros y con uno mismo. Cuando el ingreso es insuficiente, no solo se restringe el consumo; se instala una experiencia persistente de deuda simbólica: con la familia, con el entorno, con el propio ideal de vida adulta. La angustia económica no se vive únicamente como falta, sino como exposición y fragilidad frente a la mirada del otro.
A nivel estructural, el problema se agrava con la desigualdad. El World Inequality Report 2026, coordinado por Thomas Piketty, muestra que la concentración de ingresos y patrimonio sigue profundizándose, mientras una parte creciente de la población vive bajo presión económica permanente. La desigualdad no solo distribuye de forma asimétrica los recursos, sino también la seguridad, la previsibilidad y la tranquilidad subjetiva. En el mundo del trabajo, esta brecha se traduce en una distancia creciente entre esfuerzo y recompensa. ¿Cómo no leer el estrés crónico y la ansiedad como respuestas racionales a una experiencia sostenida de injusticia?
Silvia Federici amplía esta mirada en El patriarcado del salario, al mostrar que el salario no solo remunera, sino que organiza jerarquías y define quién cuenta y quién queda fuera del reconocimiento. Al dejar amplias zonas del trabajo -especialmente el reproductivo y de cuidado- fuera de la valorización económica, el sistema distribuye de manera desigual el desgaste emocional y vital. Esta lógica no es ajena al trabajo formal: salarios que no alcanzan, jornadas extendidas y responsabilidades invisibles configuran un escenario donde el malestar no es una excepción, sino un efecto previsible.
Desde la psicodinámica del trabajo, Christophe Dejours habla de sufrimiento ético cuando el esfuerzo no encuentra una retribución justa. No se trata solo de cansancio físico o mental, sino de una herida moral: la persona sabe que hace bien su trabajo, pero recibe a cambio precariedad, desprotección o indiferencia. Ese tipo de sufrimiento no se repara con técnicas de autocuidado ni con programas bienintencionados. ¿Cómo podría hacerlo, si la causa no es interna, sino estructural?
Aquí el discurso del bienestar muestra su límite más evidente. Se ofrecen herramientas para gestionar emociones, pero se evita discutir salarios. Se promueve resiliencia, pero se naturaliza la precariedad. Se habla de salud mental como experiencia individual, mientras se silencian las condiciones materiales que la hacen inviable. ¿No es esta disociación una forma sofisticada de desplazamiento del problema?
El estudio de la Universidad de Oxford sobre intervenciones de bienestar vuelve a ser relevante en este punto. Al mostrar que las estrategias centradas exclusivamente en el individuo no producen mejoras significativas, sugiere que el problema no está en la falta de herramientas, sino en el marco desde el cual se interviene. ¿Qué sentido tiene enseñar a “gestionar el estrés” a quien vive con angustia económica permanente? ¿Qué tipo de desgaste adicional se produce cuando el cuidado no va acompañado de justicia material?
Volver al origen del malestar implica aceptar que la salud mental no puede desligarse del salario, la estabilidad y la posibilidad de proyectar la vida. Implica reconocer que no todo sufrimiento es patológico: a veces es la reacción más lúcida frente a condiciones injustas. ¿No es problemático patologizar a quienes se angustian por no llegar a fin de mes, en lugar de cuestionar el sistema que produce esa angustia?
Si el salario no alcanza para sostener una vida digna, ¿de qué bienestar estamos hablando? ¿Puede una empresa hablar de salud mental sin revisar la justicia de su estructura salarial? ¿Cuánto del malestar que hoy se intenta gestionar con programas individuales tiene su origen en la desigualdad económica que atraviesa el trabajo?
Integrar seriamente la salud mental exige asumir que el salario no es solo un tema financiero, sino profundamente humano. Que el reconocimiento no se declama: se materializa. Que no hay cultura del cuidado posible en un entorno de precariedad. Tal vez el desafío más incómodo para las gerencias de personas no sea diseñar nuevas iniciativas de bienestar, sino atreverse a mirar el núcleo duro del sufrimiento laboral: aquel que aparece cuando el trabajo deja de ser fuente de dignidad y se convierte, simplemente, en una estrategia para sobrevivir.