Salario mínimo y justicia Opinión

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Por Karina Narbona, licenciada en antropología social e investigadora, Fundación Sol.


Durante los últimos días de junio y los primeros de julio el salario mínimo se toma la agenda nacional. En cortas dos semanas, se busca zanjar, entre cuatro paredes, el destino de la condición de vida de los trabajadores más pobres.

El salario mínimo es un piso salarial que permite asegurar cierto margen básico de supervivencia para el trabajador y su familia. Nace de hecho el año 1937 con el nombre de “sueldo vital”. En un país como Chile es, además, un medio importante de distribución de la riqueza, dado que la negociación colectiva se encuentra reducida a su mínima expresión – con una cobertura del 10% y resultados que no supera el 1% de aumento salarial real para los últimos 10 años – y es prácticamente el único momento en el año en que los trabajadores afectados pueden sentir que “crecen” cuando “Chile crece”.

En la discusión nacional, se suele olvidar el criterio social y se fi ja la atención en criterios de eficiencia económica. Este eterno desplazamiento de lo social, que padecemos como país, se refleja en nuestros bajos resultados salariales: el 76% de los trabajadores en Chile recibe menos de $350.000 pesos (Fundación SOL en base a ENETS, 2009-2010) y los que reciben el mínimo no superan la línea de la pobreza familiar. El mencionado criterio social no debe ser visto como un llamado a la caridad. Es, de hecho, lo que corresponde, dada la enorme deuda que Chile tiene con los trabajadores.

En efecto, se suele decir que los bajos salarios son un reflejo de que los trabajadores no están aumentando la productividad. No obstante, entre 1990-2009 la productividad laboral ha aumentado en un 90%, mientras las remuneraciones sólo han aumentado en un 20% (Fundación SOL en base a datos de Banco Central e INE). El 70% restante constituye lo que técnicamente se llama “excedente productivo no remunerado” y explica buena parte de la desigualdad que nos afecta como país, colocándonos entre los 20 países con peor distribución del ingreso en el mundo.

El índice de injusticia salarial permite mirar las desigualdades dentro de la empresa, comparando las remuneraciones más altas con el salario mínimo, y nuestro resultado es lapidario. Esta brecha en Chile es de 91 veces el año 2010 y aumenta a 102 veces el año 2011, mientras que en los países de la OCDE, la media es de 32 veces. Así, se entiende que un gerente general promedio de una gran compañía chilena, el día 3 de enero a las 15:30 horas, pueda ganar todo lo que gana en un año, un trabajador que recibe el salario mínimo y labora 45 horas a la semana (Fundación SOL, 2012). Algunos enfoques de gestión han comenzado a encarar este tema, bajo el nombre de “justicia organizacional”. Ese enfoque, el de la justicia, es el que no se puede postergar.


PUBLICADA EN RHM 59, JULIO 2012.