Reportaje RH Management: Productividad a la baja en Chile Opinión

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La discusión debe ir mucho más allá que el debate acerca de la extensión de las jornadas laborales o la supuesta exclusiva responsabilidad de la fuerza laboral en la precariedad de los índices actuales.

En marzo de este año la diputada comunista Camila Vallejo Dowling presentó en el Congreso una iniciativa para reducir la jornada de trabajo en nuestro país. Este hecho suscitó de inmediato una dura polémica sobre la productividad en Chile.

En lo esencial, la propuesta legislativa de la parlamentaria por La Florida planteaba en la sección “Contenidos del proyecto”, en el número 2, que “Este proyecto de ley modifica al artículo 22 del Código del Trabajo. Este último establece una jornada de trabajo de cuarenta y cinco horas semanales; el proyecto introduce una disposición para reducirlo progresivamente hasta las cuarenta horas semanales (8 horas diarias si se distribuye en cinco días, o bien, 6 horas 40 minutos diarias si se distribuye en seis días)”.

El proyecto de ley reactivó en la opinión pública la discusión acerca del alto número de horas anuales que se trabaja en Chile versus la baja productividad. De hecho, la propuesta legislativa establece en su texto la comparación con Holanda, que con un número de habitantes y una población económicamente activa muy similares a las de nuestro país, posee una jornada laboral semanal de solo 29 horas, pero un PIB de USD $869,5 mil millones, cifra muy superior a los USD $258,1 mil millones del nuestro.

Según datos del 2014, de la OCDE, Chile es el quinto país de esta entidad con la mayor media anual de horas trabajadas. Un récord de 1.990 horas, solo superado en Latinoamérica por México, con 2.228, y Costa Rica, con 2.216 respectivamente.

Diagnóstico de la productividad

La baja productividad en Chile ha sido debidamente documentada en el Informe anual 2016 de la Comisión Nacional de Productividad (La productividad en Chile: Una mirada de largo plazo), documento entregado oficialmente a la Presidencia de la República y en el que se establece que durante los últimos quince años este indicador se desaceleró notablemente. Mientras que en los años 90 este índice registró 2,3 puntos porcentuales de crecimiento, en los 2000, se redujo a un 0,1 por ciento. Lo anterior, tanto en lo relativo a la producción minera como no minera. La conclusión es drástica: “si Chile hubiese mantenido el ritmo de crecimiento de la productividad de los años 90, hoy se tendría un nivel de vida más de un tercio superior al actual”.

Diagnóstico similar asume la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC) cuya Comisión de Productividad establece que si entre 1986 y 1997, el crecimiento fue superior al 7% y el incremento de la productividad aportó más de dos puntos porcentuales anuales, durante un segundo período comprendido entre 1998 a 2014, la productividad casi se paralizó y su contribución al crecimiento fue precaria, reduciéndose a alrededor de 4% anual.

El análisis de la CPC establece luego la relevancia de la productividad como factor esencial del crecimiento, y en este sentido, expone a India, Corea del Sur, China, y Estados Unidos como las naciones con el mayor índice de crecimiento durante el último cuarto de siglo.

En todos los diagnósticos anteriores se plantea la productividad como Productividad Total de Factores (PTF), es decir, “como lo producido dividido por un compuesto de mano de obra, capital y recurso natural” (definición CNP).

Propuestas de tratamiento

Ante un diagnóstico único y sombrío de la productividad en nuestro país, se han elaborado desde el 2014 hasta ahora numerosas propuestas de tratamiento desde el sector público, el privado, y desde la academia.

En mayo de 2014 la Presidenta Bachelet anunció la “Agenda de Productividad, Innovación y Crecimiento”, iniciativa a ejecutarse entre el año inicial de su mandato y el 2018. Esta propuesta, en la que el Ministerio de Economía lidera y coordina a una serie de otras carteras ministeriales y servicios estatales, se articula en función de cuatro objetivos estratégicos: 1. Promover la diversificación productiva, 2. Impulsar sectores con alto potencial de crecimiento, 3. Aumentar la productividad y competitividad de nuestras empresas, y 4. Generar un nuevo impulso a las exportaciones.

Siempre en la búsqueda de soluciones gubernamentales para el incremento de la productividad en nuestro país, en febrero de 2015 – por Decreto No. 270 del Ministerio de Economía, Fomento y Turismo y el Ministerio de Hacienda – fue creada La Comisión Nacional de Productividad (CNP). La institución, presidida por un Consejo encabezado por el ex decano de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, Joseph Ramos, presentó a la presidenta Bachelet, en marzo de 2016 una “Revisión de las Agendas de Productividad”, producto de un recuento exhaustivo de las medidas pro-productividad de los gobiernos de Ricardo Lagos, Michelle Bachelet, Sebastián Piñera y la actual administración.

En relación al quehacer de la CNP, y de las iniciativas del Estado en pos del fomento de la productividad, Joseph Ramos opina sobre un conjunto de políticas que tal vez se deberían hacer y que no se han implementado. “Creo que el esfuerzo que el país está realizando en imitar las mejores prácticas y tecnologías a nivel de empresa – imitar y adaptar y traer a Chile – es insuficiente. Hay muy poco esfuerzo en copiar inteligentemente. Pienso en los japoneses copiando como locos. Creo que ese es un esfuerzo que Chile no está haciendo y que debería concretar. En qué medida las empresas están haciendo eso y en qué medida el Estado puede impulsarlo. Insisto, innovar en Chile significa hacer algo que, obviamente, no se ha hecho en el país, pero no necesariamente en el resto del mundo. El riego por goteo, por ejemplo, no fue un invento chileno. Las tarjetas de crédito no fueron un invento de Piñera. Él tuvo la sagacidad de descubrir que el mercado estaba maduro para aquello. La acuicultura de los salmones, etc.”.

Agrega que “la búsqueda sistemática y masiva de estas tecnologías depende de los privados, pero el Estado puede actuar como catalizador al financiar misiones de empresarios al extranjero, situación que constituyó un componente importante del Plan Marshall implementado en Europa con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial. El empresario tiene que realizar esas visitas, pero el Estado puede ayudar a organizarlas y costearlas”.

Respecto de las potenciales iniciativas en educación y su impacto en la productividad, Ramos considera que “se valora la gratuidad, pero existe la necesidad estratégica de mejorar el recurso humano optimizando la calidad de la educación preescolar, básica, media y técnica. Por ejemplo, Chile estaría maduro para extender la educación obligatoria a una educación técnica superior (2 años de CFT), esto, en el caso de los 75.000 jóvenes que ingresan anualmente al mercado laboral sin un oficio serio y que se ven condenados a recibir malos salarios”.

Finalmente, en relación a la modernización del Estado, Ramos es de la idea de que éste ejerce “una función mucha más reguladora y controladora que promotora. Hay que buscar un equilibrio entre esas dos funciones”.

Una última iniciativa reactivadora de la productividad asumida por el actual gobierno fue la institución de 2016 como el “Año de la productividad”. Una medida que fue acompañada de un conjunto de 22 propuestas centradas en las áreas de financiamiento, exportación y servicios, y simplificación de trámites. En tanto, desde el mundo privado, también se realizan aportes. Es así como en abril de 2016, la Comisión de Productividad de la CPC lanzó una propuesta de 109 medidas en las nueve áreas de: desarrollo de competencias de capital humano; participación laboral femenina, juvenil y del adulto mayor; simplificación de trámites; innovación; productividad digital; excelencia operacional; energía; infraestructura, y cadena logística.

Metodología lean

La academia también se ha hecho parte de los intentos de solución del problema. Un ejemplo es Sebastián Conde, director del Centro de Ingeniería Organizacional, del Departamento de Ingeniería Industrial, de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Sostiene que una posibilidad de incrementar la producción es asumir en las empresas la metodología Lean. Un modelo de gestión creado por la empresa japonesa Toyota en la década del 70 y que, desde entonces, se ha difundido ampliamente por el mundo. Plantea que “la fórmula de productividad (producto dividido por número de trabajadores) es tan simple que puede inducir al error de pensar que solo un aumento en el esfuerzo de la persona generará un aumento de la producción. La metodología Lean nos ha enseñado a examinar la cadena de valor de los procesos productivos para identificar los desperdicios, aquellos pasos que no agregan valor y aumentan el costo. ¿Quiénes identifican los desperdicios? Los propios trabajadores saben cuáles actividades no agregan valor y en el espíritu del mejoramiento continuo, sugieren su eliminación. Si la cultura organizacional es abierta y participativa, sus sugerencias se implementarán y el proceso optimizado pasará a ser parte del nuevo estándar operacional. ¿Cómo apoya Lean este círculo virtuoso de mejora continua? Mediante mejores prácticas tales como reuniones de desempeño y despliegue visual de indicadores claves”.

Conde sugiere que “una vez evaluada la cadena de valor, es necesario examinar las actividades de cada proceso. Por ejemplo, si el operador de un equipo móvil no lo estaciona en un lugar predeterminado al final del turno, el trabajador en el turno entrante perderá tiempo en ubicarlo, con la consiguiente pérdida de productividad”. Asimismo, expone que “revisadas las actividades, es útil detenerse un momento para reflexionar si la persona puede, sabe y quiere hacer el trabajo. Primero, debemos determinar si contamos con la mejor tecnología para apoyar el trabajo. La tecnología apropiada permite que la persona pueda desempeñar bien su trabajo. Adicionalmente, se evaluarán los sistemas gerenciales incluyendo la capacitación, para asegurar que la persona sepa lo que hay que hacer. La cultura organizacional, con sus sistemas de reconocimiento e incentivos, influye fuertemente en que el trabajador quiera hacer el trabajo, por lo que debemos verificar si las conductas premiadas están en línea con lo que la organización requiere. Finalmente, una mirada al entorno puede detectar trampas de productividad en forma de regulaciones y normativas que, elaboradas sin un enfoque en productividad, no agregan valor”.

El fenómeno de la baja productividad asimila a ésta a un enfermo con un diagnóstico y cientos de propuestas de tratamiento. Si realizamos el ejercicio de sumar las 22 propuestas del año de la productividad; las 47 de la Agenda de Productividad, Innovación y Crecimiento; las 21 iniciativas de la Comisión Nacional de Productividad, y las 109 medidas de la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC), nos enfrentamos a un total de 199 ideas para superar una coyuntura que requiere de la valoración de los múltiples factores y actores que intervienen en ella. El Estado, y una acción modernizadora de su institucionalidad y de la legislación comercial y de negocios vigente. La empresa, comprometida con la innovación y el desarrollo. Y una fuerza laboral de trabajadores con remuneraciones y condiciones de trabajo que proporcionen el incentivo necesario para su mejor desempeño. La productividad es un enfermo que no precisa de análisis simplistas, de una discusión centrada en la extensión de las jornadas laborales. Lo que se requiere es de un enfoque colaborativo que sume talentos y logre que el enfermo se levante lo antes posible de la cama.

Producción RH Management
Publicado en edición 106.

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