“El trabajo doméstico no remunerado” Opinión

Caterina Guidi Moggia

Por Caterina Guidi Moggia. Profesora Facultad de Derecho Universidad Adolfo Ibáñez.


Mujeres y hombres gozan de iguales derechos, pero sólo formalmente. Históricamente, la sociedad ha impuesto ciertos roles de géneros y la división sexual del trabajo, lo que ha determinado que la mujer destine más tiempo que el hombre a lo que se conoce como “trabajo doméstico no remunerado” (desde la Plataforma de Acción de Beijing de 1995 de la ONU), o como “trabajo doméstico del cuidado”.

Según consta en el Documento de Trabajo n°111 sobre Valorización del Trabajo Doméstico no Remunerado, realizado en el año 2009, por encargo del Departamento de Estudios y Capacitación del Servicio Nacional de la Mujer, por la Universidad Bolivariana y la Corporación Domos, las mujeres dedican el 71,6% de su tiempo total de trabajo (remunerado y no remunerado) al trabajo doméstico no remunerado, mientras que los hombres sólo dedican un 36%. Agrega este estudio que “aún existe baja conciliación en las tareas del hogar, éstas siguen siendo femeninas”. Esto significa que aún no se ha redistribuido el cuidado, pese a que seis de cada diez mujeres han ingresado al mercado de trabajo.

La desigual distribución de la carga de trabajo en nuestro país obsta a alcanzar la igualdad de género y a erradicar la pobreza, y se traduce en importantes diferencias en las oportunidades, y en la calidad y expectativas de vida de mujeres y hombres. La mujer sacrifica aspectos centrales de su vida personal, laboral y social para cumplir con estas labores.

Sin duda, es necesario visibilizar el trabajo doméstico. En este contexto, comenzaremos explicando algunos aspectos claves.

Se ha sostenido que el trabajo doméstico considera todas aquellas actividades desarrolladas en la esfera privada, que se realizan para el mejor funcionamiento del propio hogar, tales como la preparación y servicio de las comidas, la limpieza de la vivienda, ropa y calzado, el mantenimiento y reparaciones menores en el hogar, la administración y abastecimiento del hogar, y el cuidado de mascotas y plantas. Por su parte, el trabajo de cuidados está compuesto por todas las actividades de esta naturaleza realizadas en relación a integrantes del hogar que requieren de cuidados permanentes, sea por su edad o por enfermedad. Por su parte, conceptualmente, el trabajo ha sido definido como la energía física o intelectual que se pone a disposición de otro. En palabras de Barassi, implica una actividad humana apta para satisfacer una necesidad ajena que la hace necesaria. Por consiguiente, indiscutiblemente el trabajo doméstico es un trabajo, y debe ser reconocido y valorado como tal.

Por su parte, conceptualmente, el trabajo ha sido definido como la energía física o intelectual que se pone a disposición de otro. En palabras de Barassi, implica una actividad humana apta para satisfacer una necesidad ajena que la hace necesaria. Por consiguiente, indiscutiblemente el trabajo doméstico es un trabajo, y debe ser reconocido y valorado como tal.

Pero, la pregunta es: ¿cómo visibilizar este trabajo? ¿Se requiere de una valoración económica?

Esta fue la posición adoptada en la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer celebrada en Beijing en 1995, que incluyó como recomendación para sus países miembros “elaborar medios estadísticos apropiados para reconocer y hacer visible en toda su extensión el trabajo de la mujer y todas sus contribuciones a la economía nacional, incluso en el sector no remunerado y en el hogar”. En otras palabras, la Plataforma de Acción de Beijing de 1995 llamó a reconocer, valorizar y a compensar económicamente el trabajo doméstico, posición apoyada por el movimiento del salario para las amas de casa, principalmente en Inglaterra e Italia.

Los principales argumentos esgrimidos en este sentido han sido los que siguen: que se trata de labores productivas que generan bienes y servicios destinados a la satisfacción de las necesidades de las personas que forman parte del hogar; que contribuyen a la reproducción general de la sociedad y a su desarrollo; y que se trata de actividades socialmente necesarias que generan valor económico, no obstante, no ser consideradas en el cálculo del producto interno bruto nacional.

En relación a esta postura, algunos han sostenido que una de las dificultades centrales en la materia es que la valorización económica del tiempo destinado a estas actividades es altamente compleja, ya que involucraría distintos contextos sociales y personales. Sin embargo, a nuestro juicio los principales problemas son otros, a saber: el primero, que el trabajo doméstico se ha invisibilizado y degradado a tal punto que se ha homologado al ocio, por ejemplo, en la encuesta CASEN, que precisamente sirve como base de las políticas sociales estatales, cuya principal pregunta para determinar quiénes están ocupados y desocupados es “La semana pasada, ¿trabajó al menos una hora, sin considerar los quehaceres del hogar”; y en segundo lugar, que ha sido asociado a lo femenino, haciendo aparecer el trabajo doméstico no remunerado o de cuidado como algo que las mujeres realizan porque les corresponde, o que hacen por amor, como explica Mercedes D’Alessandro.

En este sentido, concordamos con quienes sostienen que “la romantización del trabajo no remunerado ha sido nociva por su significación simbólica. Pero también, porque ha naturalizado la expresión más extrema de la división sexual del trabajo: aquella que carga en las mujeres labores productivas a cambio de un salario nulo y al mismo tiempo les niega a éstas actividades la condición de trabajo y la necesidad de valorizarlas, incluirlas en el ámbito contable y posicionarlas como foco de estudio y objeto de políticas públicas. Así, al posicionar el trabajo no remunerado en la esfera de lo privado y ensalzarlo como un trabajo al que no se le puede poner precio, no se ha hecho más que invisibilizar a las mujeres que lo ejecutan” (vid. ).

Creemos que la solución comienza por un cambio sustancial del paradigma respecto a lo que se considera trabajo. Se necesita un impulso de la sociedad civil y de las instituciones para que se diseñen políticas públicas pensadas con perspectiva de género, que lo reconozcan efectivamente como tal. Lo anterior en orden a visibilizar y valorar socialmente el trabajo doméstico. Por su parte, es preciso transformar la manera en que se evalúan los procesos de incorporación de la mujer al mercado laboral. En este contexto, la meta 5.4 de la Agenda 2030 de Naciones Unidas y sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, insta a los Estados Parte a “reconocer y valorar los cuidados y el trabajo doméstico mediante servicios públicos, infraestructura y políticas de protección social, y promoviendo la responsabilidad compartida en el hogar y la familia, según proceda en cada país”. Claramente se requiere un cambio en los valores y principios relativos a la asignación tradicional de roles en nuestra sociedad, que se configure en torno a la conciliación de la familia y el trabajo, y que permita redistribuir de manera efectiva las labores de cuidado.

En Chile, existen algunas tentativas legales aisladas dirigidas a alcanzar este objetivo, tales como el artículo 199 bis, que se refiere al permiso para cuidar al hijo o hija mayor de un año y menor de 18 años, que se confiere tanto al padre como a la madre trabajadora; o el artículo 197 bis, que establece que en caso de ser ambos padres trabajadores, cualquiera de ellos a elección de la madre, podrá gozar del permiso postnatal parental desde la séptima semana del mismo. Valoramos estas iniciativas, pero son insuficientes. Basta analizar algunas estadísticas: al año 2017 se hizo un balance referente a la implementación del permiso postnatal parental, y se constató, en relación a su traspaso al padre trabajador, que al año 2016 se traspasaron 190 permisos, que representaban un 0,19% del total de subsidios iniciados durante ese año; y a agosto de 2017, sólo se habían traspasado un 0,21% de los subsidios iniciados. Por lo tanto, se requiere una política pública global y articulada en este sentido, que permita asegurar la igualdad real de la mujer en el mercado de trabajo, eliminando las brechas salariales, los techos de cristal (esto es, las barreras invisibles que limitan el ascenso laboral de las mujeres al interior de las organizaciones), y garantizando la provisión de cuidados sin traspasar su costo a la mujer trabajadora, para así lograr eliminar la división sexual del trabajo y la doble jornada laboral de la mujer (remunerada y no remunerada).

Ahora bien, resulta difícil definir si su valoración debe incorporarse a la contabilidad nacional, y si quienes lo desarrollan deben recibir o no una remuneración directa por el trabajo doméstico realizado.

Sin duda, son labores a las cuales se ha dedicado tiempo y esfuerzo sin recibir una justa compensación. Además, está claro que se trata de actividades socialmente necesarias, que contribuyen a la reproducción general de la sociedad y a su desarrollo, e imprescindibles para que se lleven a cabo las tareas de carácter laboral. Por su parte, nadie podría desconocer que la falta de remuneración directa por el tiempo invertido en el trabajo doméstico trae como consecuencia que las mujeres que lo desarrollan queden excluidas de otras áreas, por ejemplo, del sector financiero formal.

Sin embargo, la remuneración del trabajo doméstico significaría poner precio a algo que no es mercantil ni monetario e inmovilizaría la distribución actual del trabajo, naturalizando la asignación de roles, como también, una visión de familia nuclear biparental conformada por un hombre que es el proveedor y una mujer que es dueña de casa. En palabras de la economista Valeria Esquivel, “mientras la protección social básicamente garantiza el ingreso mínimo, que es para consumir, el cuidado se pregunta además por una dimensión que está más allá del consumo. El cuidado es mucho más complejo. Se juegan los afectos, las normas sociales y las identidades […] el cuidado no es un condimento natural de la femineidad, es un aspecto de los seres humanos que se practica y se aprende. Es relacional. Un varón que cuida no es menos varón, al igual que una mujer que no cuida no deja de ser mujer”.

En este orden de ideas, se requieren varios cambios sociales, institucionales y legales, en torno a la conciliación de la familia y el trabajo, a la redistribución de las labores de cuidado, y a la responsabilidad compartida en el hogar y la familia, para erradicar definitivamente la división sexual del trabajo y la asignación de roles en nuestra sociedad.