Culturas de doble estándar Opinión

Felipe Landaeta

Por Felipe Landaeta Farizo. Profesor UAI. Mg. Psicología de las Organizaciones, UAI, Chile. PhD © “Integral & Transpersonal Psychology”, CIIS, USA.


Organizaciones donde se da cátedra de valores y ética que sin embargo, en silencio, realizan acciones que van contra lo que declaran. ¿Has visto o escuchado de esto?

Una coachee, abogada de un prestigioso estudio nacional, se da cuenta que está sufriendo acoso. Su cara de desesperación revela el tamaño y el peso del darse cuenta que está teniendo. Este estudio es reconocido desde afuera por su alto estándar de trabajo, además de estar formado en su mayoría por abogados de una prestigiosa universidad. Ella decide conversarlo y las compañeras de trabajo le dicen que «es normal, que no le ponga color». Está completamente normalizado en dicha cultura el comportamiento de acoso y misógino.

Esto es más común de lo que parece. Y me refiero a culturas, principalmente porque se trata de lo que por un lado es valorado por la organización en sus declaraciones públicas y es parte de la narrativa interna. Y como toda narrativa y grupo humano tiene una sombra, que es aquello de lo que no se habla, no se puede hablar, o es simplemente contrario a lo que se declara.

En el ejemplo de arriba se trata de un estudio asociado a una universidad reconocida por su postura valórica. Pero esto también se da en otras organizaciones y grupos, por ejemplo en uno que declara que las personas y la ayuda al prójimo es lo más importante, y nos enteramos en un reportaje que se dedicaban a estafar y engañar, o simplemente a robar. O quizás esa organización que se jacta de lo inclusivos que son, y sin embargo internamente al hacer «doble click» nos enteramos de las conversaciones y juicios descalificadores con que se refieren a proveedores, colaboradores y/o clientes.

Esta situación se agrava cuando existe algún tipo de compensación por obtener buenos resultados de clima, o tal vez un reconocimiento externo por la buena forma en que supuestamente se trabaja (al menos lo que se muestra hacia afuera).

Entonces las preguntas son: ¿qué condiciones reales ofrecen hoy las organizaciones para proteger a las personas?; ¿si las personas realmente dijeran cómo se sienten en sus lugares de trabajo, pasaríamos la «prueba de la blancura»?. El Istas 21 llegó con más ruido que la utilidad que tiene para el real bienestar de las personas, porque su poca utilidad es tal que al menos la mitad de las personas de una organización debieran declarar cierto grado de presencia de riesgos psicosociales. Si todo un equipo tiene problemas con su jefatura, aunque sin embargo representan un porcentaje menor de trabajadores, entonces ¿qué tipo de protección y seguridad tienen las personas para denunciar? El caso del «empresario torturador» y la neglicencia del fiscal a cargo es un ejemplo extremo de las precarias condiciones y protección que tienen los trabajadores en Chile.

Como una asistente de vuelo me comentaba hace poco: «nuestras condiciones son precarias pero nadie va a reclamar y menos tirar licencia por estrés porque sabemos que después de eso te despiden». Una empresa que se orienta al buen servicio al cliente, a la experiencia de vuelo y que sin embargo tiene malas condiciones de trabajo y de vuelo para muchos de sus trabajadores. ¡Doble estándar made in Chile!