¿Cómo queremos vivir? Reportaje

EA

Para Elisa Ansoleaga (*), Ph.D, experta en salud mental y directora de investigación en la Facultad de Psicología de la Univesidad Diego Portales, «hoy tenemos una gran oportunidad de pensar y repensar el trabajo, más allá de las abismales diferencias entre perspectivas y posicionamientos políticos, nuevamente el trabajo interroga a la sociedad y a sus miembros sobre cómo queremos vivir».

El actual debate sobre reforma a la jornada laboral, vía 40 horas o adaptabilidad, se aborda desde una óptica neoliberal y estrictamente económica. Por otro lado, la propuesta de la diputada Camila Vallejos apunta a poner los énfasis en la calidad de vida de los trabajadores y trabajadoras y es una mirada que fortalece la negociación colectiva, por sobre la individual. ¿Es así?

– Absolutamente, el tiempo destinado al trabajo en Chile es excesivo, si consideramos el transporte, la evidencia nos muestra que en ciudades congestionadas, como Santiago, de los 365 días del año pasamos 230 en función del trabajo. Lo anterior deja un margen muy escaso para el descanso, el ocio y la recreación. Por ello la reducción de la jornada a 40 horas semanales implica una ganancia en materia de tiempo real disponible para otro uso y eso es ganancia en bienestar.

Es más, la evidencia comparada muestra que Chile -en relación a los otros países miembros de la Ocde- tiene una mala relación entre el tiempo destinado al trabajo (jornada laboral) y su productividad. En consecuencia, quienes anuncien la apocalipsis de la productividad tendrán que demostrar dicho efecto.

Desde mirada de la salud mental, ¿qué impacto y beneficios no económicos tiene en los actuales riesgos psicosociales de nuestra fuerza laboral una reducción de jornada laboral de 40 igual para todos? ¿Será posible cuantificar lo que «ganarían» las empresas y sus colaboradores con este cambio? En esta línea, ¿las 40 horas se potencian y se fortalecen, además, con adaptabilidad laboral? ¿O son distintos, no compatibles?

– El hecho de que algunos traten el tema de la reducción de la jornada de 45 a 40 horas amarrado al concepto de adaptabilidad laboral, o flexibilidad, es tramposo en el contexto laboral chileno. ¿Por qué? Porque en la discusión sobre la jornada laboral (tema histórico de reivindicación sindical) al asumir el principio de la negociación individual entre empleado y empleador se niega el supuesto básico del derecho laboral: esto es, la existencia de una asimetría de poder evidente entre empleador y empleado.

En los hechos, la asimetría de poder es muy grande y en ausencia de sindicatos fuertes -o de la posibilidad de negociación por ramas- la propuesta de «flexibilización» redundará en «precarización» laboral. Chile tiene hoy bastante flexibilidad laboral para contratar, para despedir y para mover a las personas en las organizaciones.

Pienso que la medida de reducción de la jornada laboral puede tener efectos positivos en la salud mental de la población trabajadora. No olvidemos que en los últimos años, las enfermedades profesionales de salud mental han aumentado exponencialmente y el subsidio por incapacidad laboral es altísimo en ese ítem. Con esto quiero decir que el trabajo nos está enfermando ya no sólo por la exposición a agentes nocivos químicos, biológicos, etc, sino por unas condiciones y organización del trabajo que son patógenas y que anteceden la aparición de patología mental, con enormes costos para las personas, las instituciones y el conjunto de la sociedad.

La salud mental de la población trabajadora se ve negativamente afectada por las condiciones de trabajo y también por las condiciones de vida, incluido en esto el transporte. La respuesta a los problemas de salud mental no van exclusiva y necesariamente por la línea de la farmacología, sin negar su importancia, tenemos que atender y cambiar las condiciones de vida y trabajo de las personas.

La preocupación por las personas en el trabajo no es un mero imperativo ético sobre el bienestar humano, sino que supone apostar por los modelos de sociedad en los que queremos vivir y ello tiene un correlato directo en vidas cotidianas como la suya o la mía. En tal sentido, y dado que nos atañe a todos, estamos frente a un tema de la más alta relevancia política y no un mero anhelo hippie sobre el bienestar.

¿Y qué pasa con la productividad insistentemente planteada desde los gremios empresariales?

– Chile necesita sin duda mejorar sus índices de productividad. La pregunta es si aquello lo resolvemos con la mantención de la jornada laboral actual. Yo pienso que no, la mirada debe ser mayor sobre el sistema de relaciones laborales y las posibilidades reales de negociar colectivamente o bien por ramas de actividad. Más flexibilidad será positiva siempre que podamos introducir los contrapesos necesarios a la natural asimetría de poder. Pero incluso eso es insuficiente. Necesitamos también más innovación y desarrollo, y una población trabajadora más y mejor formada para atender los actuales requerimientos laborales.

La pregunta por si queremos o no más flexibilidad; si queremos o no trabajar menos horas; si queremos o no modernizar el sistema de relaciones laborales que rige al Chile actual, en principio y en abstracto podemos estar de acuerdo. Si este tema levanta tanta discusión es porque detrás de cada una de estas preguntas y de sus posibles respuestas hay un sistema de creencias y visiones, un modelo de persona , de sociedad y de trabajo que difieren radicalmente entre sí.

Pienso que hoy tenemos una gran oportunidad de pensar y repensar el trabajo, más allá de las abismales diferencias entre perspectivas y posicionamientos políticos, nuevamente el trabajo interroga a la sociedad y a sus miembros sobre cómo queremos vivir.

Jeffrey Pfeffer, gurú norteamericano en temas de management y gestión de personas, en su más reciente libro «Muriendo por un salario» dice que desde un punto de vista económico, el estrés tiene un costo para los empleadores de más de US$300.000 millones al año en ese país. ¿Cuál sería el costo en Chile?

– Me atrevería a pensar que es proporcionalmente equivalente el gasto en nuestro país si consideramos el costo de los subsidios por incapacidad laboral. Un informe publicado por la Ocde sobre Chile en febrero del 2018 se pueden observar indicadores que explican la necesidad de repensar el modelo laboral chileno. Y un punto de partida para bajar costos desde las empresas, como lo que plantea Pfeffer, sería comenzar a implementar una jornada laboral de 40 horas. El estudio dice que la capacidad de nuestro país para alcanzar niveles de vida como la Ocde, se frena por una «productividad estancada en niveles bajos y una elevada desigualdad». También hace hincapié en la alta brecha salarial, la elevadísima proporción de trabajadores con baja cualificación, la brecha existente en infraestructuras y los bajos niveles de inversión en innovación e I+D. Destaca, además, «las grandes diferencias de ingresos entre hombres y mujeres, y la elevada proporción de contratos temporales y de empleo de cuenta propia agravan la persistente disparidad en materia de ingresos».

Por eso, estos datos también son relevantes de poner sobre la mesa a la hora de ponderar por qué es necesario reducir nuestra actual jornada laboral y repensar lo que estamos discutiendo en materia de reformar el código del trabajo.


(*) Elisa Ansoleaga, es doctora en salud mental, directora de Investigación y académica titular en la Facultad de Psicologia en la Univerisdad Diego Portales. Es psicóloga de profesión y posee además un magíster en gestión y políticas públicas.