Resiliencia no es lo mismo que resistencia

Ana Margarita Olivos, experta en resiliencia organizacional, nos invita a reflexionar sobre la importancia de ir más allá de la mera resistencia ante las adversidades. A través de su análisis sobre la respuesta a desastres en Chile, destaca la necesidad crítica de adoptar una gestión más resiliente que incluya planificación proactiva, recursos efectivos y redes de apoyo sólidas para no solo sobrevivir, sino también prosperar y aprender de las crisis.

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Por Ana Margarita Olivos, psicóloga experta en resiliencia organizacional. Fundadora y gerenta general de Humana Consultores

En un país como el nuestro, volver a apelar a la solidaridad para enfrentar las catástrofes demuestra que no hemos aprendido a gestionar las crisis resilientemente.

Según el Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres, Senapred, el mega incendio forestal ocurrido en la Región de Valparaíso afectó más de 9.000 hectáreas, resultando 133 personas fallecidas y 7.000 viviendas damnificadas. 

Por otra parte -según informó Ex-Ante-, apenas ocho de las 346 comunas del país tienen aprobados sus planes de reducción de desastres. Lo anterior, pese a que el fuego ha destruido sólo en la Región de Valparaíso casi 11.000 viviendas en la última década.

¿Por qué no aprendemos? Nuestro país ha estado expuesto históricamente a numerosos desastres naturales, incluyendo devastadores terremotos pero seguimos creyendo que cuando hablamos de resiliencia hablamos de resistir y no de estar preparados para gestionar la crisis. 

Para gestionar una crisis de manera resiliente y facilitar que los grupos de personas, equipos o ciudades se reinventen más rápido tienen que haber tres condiciones, al menos: un plan, recursos y una red de apoyo. 

Cuando falta la resiliencia

Hace bien ver una campaña solidaria, que la gente se movilice, que colabore. Pero si esto ocurre es porque ya es demasiado tarde. Probablemente, nadie esperaba tantos focos intencionales ni que el viento provocara un despliegue tan rápido del fuego. Sin embargo, también vimos falta de vías de evacuación, claridad de roles, de procedimientos y otros hechos que demostraron que no estamos preparados para una emergencia. Esto, pese a que la región ya sufrió varios incendios la década anterior. 

Los programas de resiliencia sólo se despliegan activamente si contamos desde antes de la crisis con un plan desarrollado, los recursos disponibles, o al menos comprometidos, y una red de apoyo. Hoy no queda más que apelar a la colaboración y a la solidaridad. Se trata, entonces, de anticipar la crisis, reinventarse rápido y aprender del proceso.

¿Qué tenemos que cultivar ahora? Para partir, la esperanza, creer que es posible salir adelante. También necesitamos un propósito, dar sentido al salir adelante. Por ejemplo, proponernos “reconstruir con igualdad” entendiendo lo vulnerables que somos y promoviendo la colaboración. Finalmente, es clave que analicemos las lecciones aprendidas y las usemos como base para un futuro verdaderamente resiliente. 

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