En un contexto laboral donde la tecnología es inseparable de la rutina diaria, un reciente estudio publicado por el Australasian Journal of Philosophy examina qué son realmente los smartphones en nuestra vida cognitiva y social. La investigación, liderada por Rachael L. Brown y Robert C. Brooks, plantea que estos dispositivos, lejos de ser simples extensiones de nuestras capacidades mentales, funcionan como simbiontes con un comportamiento que oscila entre el beneficio mutuo y el parasitismo. El trabajo invita a reflexionar sobre el impacto de esta relación en el ámbito de la gestión de personas, la productividad y la salud mental de los trabajadores.
El análisis parte de la conocida tesis de la mente extendida, que sostiene que ciertos elementos externos, como libretas o mapas, pueden formar parte del sistema cognitivo cuando ayudan a cumplir tareas que de otro modo serían difíciles o imposibles. Los autores destacan que, aunque los smartphones cumplen con varios de los criterios de esta tesis —como la accesibilidad y la confianza—, su diseño busca manipular la atención y el comportamiento de los usuarios en favor de intereses corporativos. Esto los sitúa en una categoría distinta: no como extensiones neutras, sino como tecnologías que pueden llegar a explotar a quienes las usan.
Esta perspectiva plantea importantes desafíos para las organizaciones. Si los smartphones, como sugiere el estudio, no solo asisten sino que también interfieren en la consecución de los objetivos personales y laborales, la gestión de personas debe repensar las estrategias de integración tecnológica. Los dispositivos móviles, que antes se consideraban herramientas para la eficiencia y la comunicación, podrían estar generando distracciones sistemáticas y disminución del bienestar, especialmente cuando las aplicaciones están diseñadas para captar la atención de forma persistente.
Smartphones y el riesgo de la dependencia
Uno de los aspectos que más destaca el artículo es el carácter dinámico de la relación entre los usuarios y sus smartphones. Al igual que en los vínculos simbióticos observados en la naturaleza, la interacción con estos dispositivos puede pasar de ser mutualista —cuando facilita tareas y mejora la conectividad— a parasitaria, cuando absorbe tiempo y recursos cognitivos en detrimento de las metas del individuo. Este fenómeno, conocido en parte como “doom-scrolling” o navegación compulsiva, tiene efectos directos en la productividad y en la salud mental de los equipos de trabajo.
Desde el punto de vista de la gestión de personas, el desafío es doble. Por un lado, se requiere desarrollar políticas y culturas organizacionales que fomenten un uso consciente y equilibrado de la tecnología. Por otro, es necesario implementar herramientas de apoyo —como aplicaciones de control de tiempo o espacios de trabajo libre de dispositivos— que permitan reducir el riesgo de dependencia y recuperar el control sobre la atención.
La propuesta de Brown y Brooks también ofrece una advertencia: dado que los smartphones y sus aplicaciones están diseñados para beneficiar los intereses de las empresas tecnológicas, los intentos individuales por regular su uso podrían ser insuficientes. Esto obliga a repensar el rol de las organizaciones como actores que pueden y deben establecer marcos colectivos de protección y uso ético de la tecnología, favoreciendo la salud mental y el desempeño de los trabajadores.
El artículo invita a las áreas de recursos humanos a considerar la relación con los smartphones no solo como un asunto de gestión de herramientas, sino como un vínculo complejo que puede potenciar o socavar la misión de las organizaciones. Este cambio de paradigma podría ser clave para construir entornos laborales más saludables y productivos en un mundo cada vez más digitalizado.