Quiero ser Influencer

Con fina ironía, Patricio Palacios P. desnuda el fenómeno del “influencer existencial” en redes sociales, donde la tristeza se convierte en estética y la autenticidad en un producto. En esta columna, mezcla humor y filosofía para reflexionar —o burlarse— del narcisismo contemporáneo y el deseo de influir, incluso desde el vacío.

Por Patricio Palacios P. Socio Director de TCS Group. Psicólogo, filósofo y coach. Docente en el magíster de Salud Pública en la Universidad Mayor.

No voy a mentirles. El otro día, mientras veía a una joven con un sombrero de paja y un vestido blanco sonreírle a la cámara en medio de un campo de lavanda (¿o eran malvas? ¿A quién le importa?), me asaltó una epifanía. Un rayo de luz divina, o más bien, de luz de LED de un aro de $5.000 en Amazon, iluminó mi mente. ¡Yo también quiero ser influencer!

Y no me refiero a ser de esos que hacen videos “curiosos” de gatitos o tutoriales para armar un mueble de IKEA (si tuviera el talento para eso, ya sería ingeniero de la NASA). Mi ambición es mucho más elevada, mucho más profunda. Yo quiero influir. Quiero que mis palabras, mis gestos, mis poses estratégicas, moldeen la psique colectiva. Quiero que mi opinión, lanzada al abismo digital, sea recibida como el nuevo evangelio.

He pasado horas, no, días, estudiando a los grandes. A esos titanes del “contenido” que nos regalan su sabiduría a cambio de likes y patrocinios. He aprendido que la clave no es tener algo interesante que decir, sino tener la pose correcta. He notado que el mensaje más profundo, la crítica más incisiva, se puede resumir en una foto donde, con la mirada perdida en el horizonte, sostienes un vaso de café de una cafetería hipster y un título que diga: “A veces solo necesitas un café y reflexionar”. ¡Eso quiero!

He decidido que mi nicho será la insatisfacción existencial. Porque, vamos, ¿a quién no le duele el alma de vez en cuando? Mis posts serán una mezcla perfecta de nihilismo chic y autocompasión. Subiré fotos en blanco y negro con la mirada perdida, en las que me veré como un pensador atormentado, como si acabara de leer a Schopenhauer y no la carta del menú de un restaurante de comida rápida. Mis pies de foto dirán cosas como: “El vacío es el verdadero lujo de la existencia” o “Mi alma es una galaxia oscura, pero mis zapatillas nuevas, brillan”.

Y por supuesto, usaré los hashtags correctos: #desencanto #melancolía #filosofíacotidiana #existencialismoeninstagram #pensadorurbano. Porque, ¿de qué sirve el pensamiento si no se puede monetizar? Cuando alguna marca de ropa alternativa me patrocine, haré posts posando en ruinas industriales, con la mirada de quien ha visto los confines de la nada, pero con unos pantalones de UD 120 que milagrosamente no se arrugan.

Sé que algunos me verán como un farsante. Dirán que mi nihilismo es tan auténtico como un billete de tres dólares. Pero esos no entienden el juego. El verdadero arte de ser influencer no es ser, sino aparentar ser. Y si puedo aparentar ser un intelectual incomprendido mientras gano dinero con mis penas, entonces habré alcanzado la cima de la civilización.

El primer paso es el más crucial: elegir el atuendo adecuado. Nada de camisetas de colores chillones. Mi guardarropa será un lamento monocromático de tonos grises, negros y marrones. Me vestiré como un profesor de filosofía de los años 60, con ropa que parezca cara, pero al mismo tiempo, como si la hubiera sacado de un baúl polvoriento. Mis lentes, de pasta gruesa, no tendrán graduación, porque la miopía de la vida ya la llevo en el alma. La idea es que la gente me vea y piense: “Ese tipo debe tener una biblioteca en casa llena de libros de tapa dura que nadie ha leído, y un alma tan turbia como el café que bebe”.

El segundo paso es encontrar la locación perfecta para las fotos. Ni se les ocurra ir a la playa, a menos que sea una playa desierta, nublada y con rocas afiladas. Los cementerios, los callejones con grafitis borrados, las estaciones de tren abandonadas y los parques en invierno son mis escenarios naturales. Me sentaré en un banco de madera, con la espalda encorvada, mirando al vacío, como si estuviera contemplando la fragilidad de la existencia humana. Si me ven, no se me acerquen. No estoy ahí para socializar, estoy ahí para vender mi tristeza.

El tercer paso, y quizás el más importante, es el lenguaje. Nada de exclamaciones ni emojis de caritas felices. Mi escritura será una mezcla de aforismos de Nietzsche, la amargura de Beckett y la cursilería de un adolescente enamorado del fin del mundo. No escribiré “Buenos días”, sino “El sol se ha levantado, de nuevo, y nos ha traído otro día de farsa”. Mis historias no serán “Lo que me pasó hoy”, sino “Un microepisodio del absurdo cotidiano”. Hablaré de la alienación de la sociedad, del consumismo como una droga y de la soledad en la era de la hiperconexión. Y cuando algún seguidor me pregunte: “¿Estás bien?”, responderé con una foto de mis pies descalzos sobre un suelo de cemento frío y la frase: “La felicidad es un concepto burgués”.

Entiendo que todo esto es una farsa. Un simulacro de autenticidad en un mundo de apariencias. Pero, ¿acaso la vida misma no es un simulacro? Un intento torpe de darle sentido a un universo que no tiene ninguno. Mi rol como influencer será el de un bufón trágico. Uno que se burla de la desesperanza mientras la vende al por mayor. Seré el sacerdote de la nada, el apóstol del sinsentido y mi templo será una red social.

Y si todo esto fracasa, seguiré escribiendo en LinkedIn donde unos cuantos me leen cada lunes, fielmente o en la revista más importante de recursos humanos RH Management.

Y si aun así el fracaso me toca como ha tocado a la ONU, si mis likes no superan los tres dígitos y nadie me patrocina, siempre puedo cambiar de nicho. Quizás unirme a una secta de gurús espirituales que venden “elixir del autoconocimiento” en botellas de plástico. Total, la insatisfacción existencial es un mercado tan competitivo que a veces la única forma de destacar es volviéndote un idiota feliz.

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management

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