¿Qué pasa cuando el modelo de éxito en una organización deja de basarse en la colaboración y se centra en la ausencia de empatía? ¿Qué ocurre cuando los comportamientos agresivos son vistos como una ventaja competitiva? Según la socióloga y filósofa eslovena Renata Salecl, estas preguntas tienen una respuesta clara en el entorno laboral contemporáneo: el neoliberalismo ha colonizado la cultura organizacional, promoviendo el ascenso de individuos con rasgos psicopáticos y desplazando valores como la cortesía, la compasión y el respeto. Así lo plantea en una entrevista publicada por El País, donde analiza cómo los discursos de mercado han alterado profundamente nuestras formas de convivir y trabajar.
Esta transformación no es solo una cuestión de modales perdidos. Para Salecl, se trata de una mutación estructural que afecta la forma en que las empresas definen el liderazgo y valoran a sus colaboradores. En este contexto, la “ausencia de piedad” se convierte en un activo laboral: quienes no dudan en pasar por encima de otros para lograr sus objetivos tienden a escalar más rápidamente dentro de las jerarquías corporativas.
El neoliberalismo como matriz cultural en las empresas
El análisis de Salecl parte de una crítica profunda al neoliberalismo como ideología dominante, que no solo regula los mercados sino que ha impregnado los vínculos sociales, afectivos y laborales. Esta lógica instala una narrativa de competencia permanente, donde cada persona es responsable absoluta de su éxito o fracaso, y donde las emociones como la empatía o la solidaridad son vistas como debilidades.
En el plano organizacional, esta ideología se traduce en modelos de gestión que privilegian el rendimiento individual sobre el colectivo, la eficiencia sobre la humanidad y los resultados por sobre el proceso. En ese escenario, actitudes agresivas o manipuladoras —lejos de ser penalizadas— pueden ser recompensadas como señales de “liderazgo fuerte”.
El perfil psicopático y su encaje en la cultura corporativa
Uno de los aspectos más provocadores del diagnóstico de Salecl es su afirmación de que los psicópatas ascienden con facilidad en el entorno empresarial actual. Esta afirmación no se refiere necesariamente a un diagnóstico clínico, sino al conjunto de rasgos asociados a la psicopatía: frialdad emocional, manipulación, ausencia de culpa y capacidad de disociación afectiva.
Cuando estas características se insertan en una cultura que valora el control, la competencia sin límites y la negación del otro como sujeto con derechos, se convierten en herramientas eficaces para el ascenso profesional. Así, la cultura organizacional termina premiando el desapego emocional, naturalizando liderazgos que operan desde la amenaza, la presión y la despersonalización de los equipos.
Gestión de personas ante el desafío del modelo neoliberal
Para quienes trabajan en gestión de personas, el análisis de Salecl abre una serie de interrogantes urgentes. ¿Qué tipo de liderazgos están promoviendo las organizaciones? ¿Qué criterios se utilizan para evaluar el desempeño o proyectar carreras? ¿Cómo se mide la “idoneidad” en cargos de alta responsabilidad?
La advertencia de la socióloga interpela de manera directa a quienes diseñan políticas de recursos humanos. En lugar de perpetuar modelos centrados únicamente en la eficiencia, plantea la necesidad de revisar los valores que sustentan la cultura organizacional, reconociendo la importancia de la empatía, la escucha y la capacidad de trabajar con otros sin pasar por encima de ellos.
Esto implica también repensar los procesos de reclutamiento, evaluación y formación, integrando competencias emocionales y éticas como elementos clave para el desarrollo profesional. A la vez, resulta esencial generar espacios de conversación sobre el clima organizacional, donde las conductas abusivas o agresivas no sean toleradas ni encubiertas bajo la etiqueta de “carácter fuerte”.
Recuperar la cortesía como forma de resistencia
Más allá del mundo empresarial, Salecl propone en su libro “Maleducados” una reflexión más amplia sobre el lugar que la cortesía y la educación han perdido en nuestras interacciones sociales. La cultura de la inmediatez, el consumo digital constante y la presión por destacar individualmente han erosionado las prácticas básicas del respeto y la atención al otro.
En ese marco, recuperar formas de trato respetuoso y prácticas de cuidado mutuo puede ser leído como un gesto político y ético. En el ámbito laboral, esto se traduce en cultivar ambientes de trabajo más humanos, donde el reconocimiento, la escucha activa y la colaboración sean pilares de la convivencia.
Frente a un modelo que premia la agresividad y la desconexión afectiva, la gestión de personas tiene la posibilidad —y la responsabilidad— de proponer una cultura distinta. No se trata de idealismos, sino de sostenibilidad organizacional: equipos violentados, liderados por el miedo o desprovistos de vínculos genuinos difícilmente podrán sostener altos niveles de desempeño en el largo plazo.