Por Ignacio Pérez Sepúlveda, PhD en Management y Psicólogo; Gonzalo de la Fuente Sanhueza, Magíster en Dirección de Personas y Organizaciones y Psicólogo; y Claudio Araya, PhD en Psicoterapia y Psicólogo. Todos académicos de la Escuela de Psicología, Universidad Adolfo Ibáñez.
Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, y vale la pena mirar la fecha desde el mundo del trabajo. En Chile, el suicidio supera desde hace años a los homicidios. Durante 2024 hubo 1.984 muertes por suicidio frente a 1.207 homicidios. Un estudio realizado por investigadores de la Universidad Adolfo Ibáñez muestra que el grupo de 40 a 64 años pasó del 17% al 40% de los suicidios en un siglo, es decir, el peso se desplazó hacia personas en plena edad laboral.
Aun así, la conversación pública sigue centrada casi siempre en lo individual y lo clínico. Se habla de medicamentos, de psicoterapias, de listas de espera, de estigma. Todo eso importa, sin duda. Pero hay un lugar donde los adultos pasan la mayor parte de su tiempo despierto y que rara vez entra en la discusión sobre prevención. Este lugar es el trabajo.
El suicidio es un fenómeno multicausal y ningún empleo explica por sí solo una muerte, pero prevenir es otra cosa, y ahí las organizaciones sí pueden cumplir un rol activo. Los modelos interpersonales del suicidio identifican dos experiencias centrales a la base. Una es sentir que uno no pertenece y la otra es sentir que uno no importa. El trabajo produce o erosiona ambas todos los días. Y sobre eso sí tenemos datos.
En relación con pertenecer, este año un estudio sobre Valorización del Trabajo de las Escuelas de Psicología y Comunicaciones UAI y Mutual de Seguridad mostró, en 800 trabajadores chilenos, que la mayor diferencia no fue el sexo, la región ni el tipo de contrato. Fue pertenecer o no a un equipo. Quienes trabajan con otros encuentran más sentido en lo que hacen, 70% contra 62%, y están bastante más satisfechos, 73% contra 55%. Dieciocho puntos.
En relación con importarle a otros, en ese mismo estudio solo 51% siente que su organización lo apoya. Y en un segundo estudio, con 1.400 casos, el 43% manifiesta preocupación de que la inteligencia artificial reemplace su propio trabajo. No es una percepción contra la IA, ya que el 65% de los usuarios reporta que mejora su productividad y cuatro de cada diez, su balance entre trabajo y vida personal. Sin embargo, el 77% aprendió a usarla por su cuenta, solo un 5% con su jefatura, y apenas 36% recibió alguna orientación de su organización. La transformación laboral más relevante en décadas se está procesando en solitario, sin apoyo de la organización y con miedo de que la tecnología que aprendemos a usar nos pueda reemplazar.
Un participante lo expresó mejor que cualquier gráfico. Pidieron una persona más para su equipo y la respuesta fue que “la IA lo puede hacer”. Eso no es un problema de productividad. Es alguien escuchando que su aporte es prescindible.
Pertenecer e importar son dos de los factores protectores que identifica la literatura, y las organizaciones los producen o los destruyen todos los días, muchas veces sin saberlo. Ahí hay algo que ninguna lista de espera resuelve y que las organizaciones sí pueden proporcionar. Una cultura donde las personas se sientan parte y sientan que su trabajo importa.
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management