¿Podemos pronosticar comportamiento moral en los procesos de selección?

Ricardo Baeza, director del Diplomado en Gestión Estratégica de Evaluación y Selección de Personas de la Escuela de Psicología de la Universidad Adolfo Ibáñez, reflexiona sobre las limitaciones y desafíos de los procesos de selección profesional, a raíz de los recientes incidentes en Valparaíso que han puesto en tela de juicio los criterios de ingreso a instituciones clave.

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Por Ricardo Baeza, director de Diplomado en Gestión Estratégica de Evaluación y Selección de Personas, Escuela de Psicología, Universidad Adolfo Ibáñez.

A propósito de las detenciones de un exbombero y de un exbrigadista de Conaf como presuntos autores de los incendios de febrero en Valparaíso, han surgido voces alertando sobre la pobreza de requisitos para poder postular a dichas instituciones (mayoría de edad, salud compatible y no tener antecedentes penales), exigiendo mejoras en los estándares de selección tanto en lo físico como en lo psicológico. Incluso las propias instituciones implicadas ya se han sumado a este punto, declarando que reforzarán sus protocolos de ingreso.

Un proceso de selección profesional comprende varias etapas, desde un correcto levantamiento del perfil, definiendo las competencias necesarias a partir de una exhaustiva revisión de las características de la función a realizar; pasando por un proceso de reclutamiento que, partiendo de unos requisitos generales de experiencia y conocimiento, permita encontrar postulantes adecuados y suficientes para iniciar la selección; el diseño e implementación de un proceso de filtro selectivo, definiendo los instrumentos y herramientas más pertinentes, válidos y confiables que se aplicarán a los postulantes para determinar su ajuste o no a las características del perfil definido; y seleccionar a los candidatos más idóneos, informando a tanto a la organización sobre las cualidades de los seleccionados así como a los postulantes respecto de las razones de su inclusión o descarte del proceso.

En la mayoría de los casos problemáticos de selección la dificultad central suele encontrarse al inicio, en la falta de un adecuado proceso de levantamiento del perfil lo que impide que pueda diseñarse un proceso selectivo con los filtros más pertinentes. No es habitual encontrar una alta disposición organizacional a invertir tiempo relevante en esta etapa crucial, dejando mucho de la definición del perfil en el plano de una supuesta obviedad y terminando por establecer criterios demasiado generales los que, la mayoría de las veces, no dan una real cuenta de los factores más centrales y críticos para la efectividad en la función.

Pero otro problema, incluso más importante para este caso, es la propia limitante de un proceso de selección. Porque por más profesional que éste sea, siempre habrá condicionantes que dificulten poder estimar con 100% de precisión el futuro desempeño de la persona. Aunque se apliquen filtros evaluativos como un test de honestidad y/o moralidad, eso no garantiza que el comportamiento futuro del postulante se enmarque plenamente dentro de estándares éticos deseables, ya que el desempeño laboral no es sólo una proyección directa de las cualidades de la persona sino más bien una ecuación compleja donde intervienen también factores situacionales, las necesidades por las que esté pasando, la cultura organizacional e incluso el tipo de contexto social e histórico en particular que se esté viviendo.

Cuando en una sociedad el individualismo egoísta se ha vuelto la norma; cuando campea la corrupción en el comportamiento político, empresarial y en todo tipo de autoridades; cuando la impunidad se ha instalado como práctica habitual; cuando la empatía y preocupación por el prójimo resulta escasa y poco valorable en comparación con la viveza y la obtención de ganancia a toda costa; el comportamiento éticamente correcto no termina siendo algo que el sistema realmente impulsa y promueve.

Un buen proceso de selección siempre podrá detectar personas con patologías severas, eliminando el riesgo de incorporar a personas con juicios alterados de realidad y rasgos de psicopatía evidente. Pero cuando lo que se pretende medir es la moralidad de una persona y pretender proyectar si su comportamiento futuro se enmarcará o no dentro de estándares éticos rigurosos, ningún sistema evaluativo resultará del todo fiable; ni mucho menos podemos responsabilizar a la selección por un tema que más bien da cuenta de un mal que está afectando transversalmente a nuestra sociedad y del cual este caso, aún con su extrema gravedad, es sólo un síntoma más.

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