¿Qué efectos tienen las nuevas formas de organización sobre quienes trabajan en ellas? ¿Cómo se manifiestan el sufrimiento y el placer cuando cambian las jerarquías, se difuminan las reglas o se intensifica el control digital? Estas preguntas guiaron la investigación presentada en el libro “Los efectos subjetivos de las ‘nuevas’ organizaciones del trabajo”, coordinado por Christophe Dejours y publicado por la Red Latinoamericana de Estudios e Investigaciones sobre Riesgos Psicosociales en el Trabajo.
La obra analiza tres experiencias concretas: una plataforma digital de reparto, una cooperativa autogestionada y una empresa liberada de consultoría, todas en Francia. Desde la psicodinámica del trabajo, se exploraron los efectos subjetivos de estas configuraciones en la salud mental, la cooperación y el sentido del trabajo.
El estudio parte de la premisa de que el trabajo no se reduce a una actividad técnica o contractual, sino que implica un proceso subjetivo donde el trabajador se enfrenta a lo imprevisto, activa su inteligencia práctica y se transforma. Esa dimensión invisible del trabajo -el trabajar, según la terminología de Dejours- puede generar placer, pero también sufrimiento. Todo depende de cómo se organiza el trabajo y del tipo de reconocimiento y cooperación que posibilita.
En el caso de las plataformas digitales, los investigadores observaron una fuerte precarización del vínculo laboral, donde el algoritmo reemplaza al supervisor y donde el trabajador debe autoorganizarse bajo condiciones de evaluación permanente. Esta dinámica genera competencia entre pares, aislamiento y una forma extrema de autoexplotación conocida como autoaceleración. Las consecuencias psíquicas y físicas de esta lógica son significativas, y se agravan por la ausencia de espacios de deliberación o reglas colectivas. “La negación del trabajar y los callejones sin salida de la cooperación” configuran un escenario donde el sufrimiento no puede sublimarse y se vuelve patógeno.
Por contraste, Salmo, la cooperativa de mensajeros estudiada, ofrece un modelo donde la autogestión y la deliberación colectiva permiten recuperar el sentido del oficio. La organización del trabajo es decidida en conjunto y los trabajadores no solo participan en la ejecución sino también en el diseño de sus tareas. Esta participación activa fortalece el lazo social y genera condiciones propicias para el reconocimiento mutuo. Sin embargo, no todo es ideal: la implicación societaria puede conducir al desgaste, especialmente cuando la identidad del trabajador se confunde con la del proyecto colectivo. La “messlife”, una forma de vida en torno al oficio, tensiona la frontera entre compromiso y autocuidado.
En la empresa liberada, el equipo investigador encontró una situación paradójica. Este modelo promueve la eliminación de jerarquías formales y otorga una gran autonomía a los trabajadores, quienes deben autogestionar tanto sus tareas como su tiempo. Aunque esta lógica puede ser fuente de realización personal, también implica nuevas cargas psíquicas: la responsabilidad difusa, la sobrecarga organizacional y la falta de apoyo vertical. La ausencia de figuras de autoridad claras dificulta la resolución de conflictos, fomenta la agresividad latente y puede llevar al fracaso silencioso en el trabajo de organización. Aquí, el compromiso no está asegurado, sino que debe ser constantemente renegociado.
Tres formas distintas, una tensión común: la fragilidad del lazo colectivo. A pesar de sus diferencias estructurales, las tres experiencias analizadas revelan que cuando la cooperación y el reconocimiento se debilitan, el trabajo se convierte en fuente de sufrimiento. La organización del trabajo, más que un aspecto técnico, se muestra como una construcción ética con efectos concretos sobre la subjetividad y la salud mental.
El capítulo comparativo del estudio propone una distinción clara entre aquellas organizaciones que reproducen la lógica neoliberal, como las plataformas donde se niega la dimensión viva del trabajo, y aquellas que intentan resistirla, como las cooperativas o incluso ciertas empresas liberadas. Sin embargo, todas enfrentan el desafío de sostener espacios donde la palabra, la deliberación y la cooperación vertical permitan hacer visible el trabajar, validar los esfuerzos individuales y proteger a los trabajadores de los efectos destructivos de la soledad o la hiperexigencia.
Finalmente, el estudio insiste en que repensar la autoridad y los espacios de deliberación no es una cuestión técnica, sino una condición psíquica para la salud en el trabajo. Como plantean los autores, toda organización que pretenda cuidar a quienes la integran debe garantizar mecanismos de reconocimiento y formas reales de cooperación. Pensar el trabajo, en este sentido, es también una manera de cuidar la vida en común.