Por Patricio Palacios P. Socio director de TCS Group, psicólogo, filósofo, coach y docente del Magíster de Salud Pública Universidad Mayor.
La historia, a menudo escrita desde una perspectiva eurocéntrica, ha tendido a minimizar o incluso ignorar los inmensos aportes de civilizaciones no occidentales. Entre ellas, China destaca como una potencia milenaria cuyos descubrimientos e innovaciones transformaron el mundo, aunque su influencia en Occidente haya sido, durante siglos, notablemente infravalorada. Este eurocentrismo nos cuenta, incluso, la historia de nuestro continente, con todas las implicancias que posee, al nivel que repetimos y nos enseñan hechos, episodios que no son cierto en algunos casos, discutibles en otros y con interpretaciones en donde “lo europeo” es blanco, bello, inteligente, civilizado en contraste con la mayoría “no europea”.
Uno de los debates más fascinantes y, para muchos, aún incómodos, es la posibilidad que los navegantes chinos hayan llegado a América mucho antes que Cristóbal Colón. Las expediciones del almirante Zheng He a principios del siglo XV, con flotas masivas que empequeñecían a las europeas, alcanzaron las costas de África Oriental y el Golfo Pérsico. Teorías como la de Gavin Menzies, (“1421, el año que China ….”) aunque controvertidas, presentan evidencias que sugieren que algunos de estos viajes pudieron haber extendido sus rutas hasta el continente americano. Por ejemplo, Menzies señala evidencias cartográficas de mapas antiguos que, según él, muestran las Américas con un detalle que solo pudo haber sido posible con exploración previa, además de hallazgos arqueológicos de cerámicas y objetos que podrían ser de origen chino en sitios precolombinos. Si bien no es una verdad aceptada por la academia, la simple consideración de esta hipótesis desafía la narrativa convencional del “descubrimiento” y nos obliga a reevaluar la primacía occidental en la exploración global. La sola existencia de una flota tan avanzada y organizada para viajes de tan larga distancia ya es un testimonio de la superioridad naval china de la época.
Más allá de las proezas marítimas, la civilización china fue la cuna de invenciones que moldearon el curso de la humanidad. El papel, sin el cual la difusión del conocimiento sería impensable, fue inventado en China alrededor del siglo I d.C. por Cai Lun. Antes del papel, la escritura se realizaba en tablillas de arcilla, huesos, seda o tiras de bambú, lo que limitaba drásticamente la cantidad y portabilidad de los textos. La invención del papel permitió una producción masiva de libros, impulsando el desarrollo de la burocracia, la literatura y, eventualmente, la imprenta de tipos móviles, desarrollada por Bi Sheng en el siglo XI, aproximadamente 400 años antes que Johannes Gutenberg. Esto democratizó el acceso al conocimiento y facilitó la expansión de ideas a una escala nunca vista.
La brújula, otro pilar de la navegación y la exploración, también tiene sus orígenes en China, específicamente durante la dinastía Han, cuando se utilizaba inicialmente para la geomancia y la planificación urbana. No fue hasta la dinastía Song que se adaptó para la navegación marítima, mucho antes de que fuera adoptada en Europa. Este instrumento revolucionario permitió a los marineros aventurarse más allá de las costas, facilitando la apertura de nuevas rutas comerciales y de exploración, como las de Zheng He, quien dependía de ella para sus vastos viajes por los océanos.
Y, por supuesto, no podemos olvidar la pólvora. Inventada por alquimistas chinos en el siglo IX mientras buscaban un elixir de la inmortalidad, inicialmente se usó para fuegos artificiales y ceremonias. Sin embargo, su potencial bélico no tardó en ser reconocido. Los chinos desarrollaron una impresionante variedad de armas basadas en pólvora, incluyendo cohetes, lanzas de fuego y bombas explosivas, revolucionando la guerra y alterando el equilibrio de poder en el mundo. Ejemplos como el “cañón de mano” de bronce de la dinastía Yuan (siglo XIII) o el uso de “flechas de fuego” propulsadas por cohetes en batallas contra los mongoles demuestran su ingenio militar. La tecnología de la pólvora viajó hacia Occidente a través de la Ruta de la Seda, transformando por completo la guerra medieval y marcando el fin de la era de los castillos y las armaduras.
Además, el ingenio metalúrgico chino llevó al descubrimiento del acero de crisol en una época en la que Occidente aún dependía en gran medida del hierro. Los chinos desarrollaron métodos sofisticados para producir acero de alta calidad siglos antes que los europeos. Esta innovación fue fundamental para la fabricación de herramientas agrícolas más eficientes, armas superiores y estructuras más resistentes, evidenciando un dominio tecnológico avanzado.
Y si hablamos de vida cotidiana, el té, una bebida que trasciende las culturas, se originó en China, específicamente en la provincia de Yunnan, hace miles de años. Desde las intrincadas ceremonias del té en Japón hasta el té de la tarde en Inglaterra, su influencia es innegable y ha generado una vasta industria y rituales sociales en todo el mundo.
Las embarcaciones tipo junco son otro testimonio del avanzado conocimiento naval chino. Estos navíos, con sus distintivas velas y timones de popa, eran excepcionalmente robustos y eficientes, capaces de transportar grandes cargas y navegar en alta mar con una destreza superior a muchas de sus contrapartes occidentales de la época. Por ejemplo, los juncos del tesoro de Zheng He medían más de 120 metros de eslora (largo) y podían transportar cientos de tripulantes y miles de toneladas de carga, superando con creces a las pequeñas carabelas de Colón que apenas alcanzaban los 25 metros. La tecnología detrás de los juncos no solo facilitó el comercio y la exploración en Asia, sino que también influenció el diseño naval en otras partes del mundo.
En el ámbito de la astronomía, los chinos fueron observadores meticulosos. Documentaron supernovas, como la famosa supernova de 1054 que creó la Nebulosa del Cangrejo, y cometas (registraron el cometa Halley con asombrosa regularidad) con una precisión sin igual en su tiempo. Desarrollaron calendarios lunisolares mucho más precisos que los europeos de la época y construyeron complejos observatorios astronómicos. Por ejemplo, el astrónomo Zhang Heng en el siglo II d.C. inventó un sismógrafo que detectaba la dirección de los terremotos a cientos de kilómetros de distancia, una proeza tecnológica que no se igualó en Occidente hasta el siglo XIX.
En matemáticas, los chinos realizaron avances significativos. Utilizaron el sistema decimal mucho antes que Europa y desarrollaron conceptos algebraicos complejos. El matemático Liu Hui en el siglo III d.C. calculó el valor de π con una precisión notable para su tiempo, llegando a 3.14159. Además, desarrollaron métodos para resolver ecuaciones simultáneas, trabajaron con números negativos y fracciones, e incluso el concepto de un “cero” y el uso de un ábaco como herramienta de cálculo eficiente.
Es fundamental que, como sociedad, reconozcamos estos logros no como meras curiosidades históricas, sino como pilares sobre los que se construyó gran parte de nuestro mundo moderno. La tendencia a subestimar los aportes de China es un reflejo de un sesgo histórico que ha empobrecido nuestra comprensión del pasado. Al pedir “perdón, China, por nuestra ignorancia”, no solo estamos corrigiendo un error, sino que estamos abriendo la puerta a una visión más completa, justa y enriquecedora de la historia de la humanidad. Es un acto de humildad intelectual que nos permite apreciar la interconexión de las civilizaciones y el legado compartido que todos poseemos.
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management