En diciembre de 2025, el suplemento Ideas del medio español El País publicó un listado con los diez pensadores tecnológicos más influyentes del mundo, seleccionados por un jurado compuesto por periodistas, científicos y filósofos. Esta nómina no celebra a los desarrolladores de nuevas aplicaciones o plataformas, sino que visibiliza a quienes analizan críticamente los efectos de la tecnología en la vida contemporánea. Se trata de intelectuales que han logrado instalar ideas incómodas en el debate público global y cuyo pensamiento se vuelve imprescindible para comprender —y reconfigurar— el vínculo entre poder, tecnología y humanidad.
El criterio central de la selección apunta a identificar a quienes logran incomodar al statu quo digital. No se premia la popularidad ni la producción académica, sino la capacidad de incidir en la discusión pública y provocar una revisión profunda del modo en que las sociedades están siendo transformadas por la tecnología. Frente a la narrativa dominante de innovación como sinónimo de progreso, estos pensadores advierten sobre los riesgos sociales, éticos y medioambientales que emergen del actual modelo de desarrollo digital.
Uno de los nombres más reconocidos del listado es Shoshana Zuboff, quien acuñó el concepto de “capitalismo de la vigilancia” para describir cómo las grandes plataformas tecnológicas extraen datos personales para alimentar algoritmos comerciales, debilitando así la autonomía individual y la democracia. Zuboff ha logrado que esta noción se convierta en una herramienta analítica global para entender la lógica económica detrás de la digitalización.
Junto a ella, destacan las investigadoras Kate Crawford y Timnit Gebru, que han centrado su trabajo en la inteligencia artificial, alertando sobre su sesgo estructural y sus efectos desiguales. Ambas denuncian cómo la IA perpetúa formas de discriminación racial, de género y de clase, y cómo su desarrollo se apoya en prácticas laborales precarias y en una alta huella medioambiental.
En esa misma línea crítica, la activista y académica Meredith Whittaker se ha convertido en una de las voces más firmes contra el uso corporativo de datos personales. Tras denunciar prácticas internas de Google, impulsó procesos de sindicalización tecnológica y actualmente dirige Signal, una aplicación de mensajería centrada en la privacidad. Su influencia va más allá del mundo académico: incide directamente en modelos organizacionales y políticas públicas.
El listado también incluye a la filósofa Carissa Véliz, especialista en ética de la tecnología, que sostiene que la privacidad no es un bien individual, sino un derecho colectivo que requiere nuevas formas de gobernanza digital. Su trabajo aboga por limitar la recolección de datos y regular de forma estricta su uso, como una forma de proteger la vida democrática.
Desde el ámbito de la filosofía cultural, Éric Sadin y Byung‑Chul Han aportan miradas que van más allá de la funcionalidad tecnológica, abordando las transformaciones que esta produce en las formas de vida, las relaciones humanas y la percepción del tiempo. Para Sadin, el régimen digital ha convertido la experiencia en mercancía; para Han, la hiperconectividad impone una lógica del rendimiento que debilita el lazo social y profundiza el aislamiento.
Por su parte, el filósofo Luciano Floridi propone una “ética del diseño” que trascienda la noción de daño y se concentre en construir sistemas justos desde su origen. Su enfoque ha sido adoptado por organismos internacionales y forma parte de debates sobre regulaciones algorítmicas y gobernanza tecnológica.
El economista Daron Acemoglu se distancia de la visión tecnocentrista del crecimiento, advirtiendo que muchas de las promesas asociadas a la automatización generan más desigualdad que prosperidad. Su propuesta es orientar la innovación hacia la creación de empleo de calidad, en lugar de fomentar modelos que concentran riqueza y poder.
Cierra la lista Donna Haraway, figura pionera del feminismo tecnocientífico, cuya obra propone un pensamiento híbrido que desestabiliza las fronteras entre humanos, animales y máquinas. Su legado sigue siendo una invitación a imaginar futuros alternativos donde la tecnología no reproduzca jerarquías, sino que posibilite nuevas formas de vida.
Estos diez pensadores comparten una convicción común: la tecnología no es neutral. En un contexto global dominado por plataformas que privatizan la infraestructura digital, manipulan la información y obtienen beneficios de la vigilancia masiva, estas voces invitan a repensar los fundamentos sobre los que se construye el mundo digital. No se trata solo de advertir los riesgos, sino de imaginar estructuras más justas, inclusivas y sostenibles.
En un momento en que la inteligencia artificial, el big data y la automatización se proyectan como fuerzas inevitables, este listado señala que es posible —y urgente— intervenir en esa narrativa. Las ideas importan, y estas en particular, pueden convertirse en brújulas para reorientar el rumbo de la tecnología global hacia una dirección más humana.