La expansión del mindfulness como herramienta de bienestar enfrenta un nuevo examen científico. Según publicó Wired en Español, estudios recientes sostienen que la práctica puede ayudar a disminuir el estrés y aliviar síntomas depresivos, pero también muestran que no está libre de riesgos y que, en algunos casos, podría asociarse a depresión, ansiedad, psicosis, disociación y despersonalización.
El interés por esta técnica ha crecido por su aparente simplicidad: puede realizarse en casi cualquier lugar, sin costo y, en apariencia, sin requerir un instructor especializado. Esa accesibilidad ha favorecido su instalación como una práctica cada vez más extendida para enfrentar el estrés y distintos problemas de salud mental. Sin embargo, el nuevo debate científico cuestiona la idea de que se trate de una herramienta universal e inocua.
La discusión no surge por primera vez. El artículo recoge que las alertas sobre posibles efectos nocivos tienen antecedentes antiguos. La Escritura de Meditación Dharmatrāta es presentada como la primera evidencia documentada de esta técnica y, de acuerdo con un texto citado en la publicación, ya describía efectos posteriores a la meditación, entre ellos síntomas de depresión y ansiedad, además de anomalías cognitivas vinculadas con episodios de psicosis, disociación y despersonalización.
Beneficios respaldados por estudios recientes
Pese a esas advertencias, la literatura científica ha adoptado ampliamente la definición del mindfulness como una forma de atención consciente y deliberada en el momento presente y sin juzgar. En los últimos años, buena parte de la investigación se ha concentrado en estudiar sus beneficios, incluso con la expectativa de incorporarlo a procedimientos clínicos.
Entre los antecedentes citados aparece un estudio reciente publicado en The Lancet Psychiatry, que evaluó si la terapia cognitiva basada en mindfulness podía ser una alternativa eficaz para pacientes con depresión, especialmente para quienes no habían mejorado con intervenciones psicológicas convencionales. La investigación incluyó a más de 200 personas cuyos síntomas no habían respondido a la terapia conversacional del Servicio Nacional de Salud británico. Quienes participaron en ocho sesiones grupales mostraron una disminución mayor de los síntomas en comparación con quienes recibieron el tratamiento habitual.
La publicación también menciona una investigación de 2022 que estableció una relación directa entre el mindfulness y la red neuronal por defecto, asociada al estado de reposo del cerebro. Lejos de significar inactividad, ese estado se vincula con la planificación del futuro, la evocación del pasado y el diálogo interno constante. El estudio citado concluyó que prácticas como la atención plena reducen de manera significativa la actividad de esa red, disminuyen la rumiación mental y favorecen una reorganización del sentido del yo, haciendo al cerebro menos egocéntrico y autorreferencial.
Los riesgos que reabren la discusión
Junto con esos resultados, otros trabajos revisados en el artículo sostienen que los efectos adversos podrían ser más frecuentes de lo que se pensaba. Un macroanálisis realizado a comienzos de la década revisó estudios experimentales, observacionales y reportes de caso sobre meditación. De 6.742 registros identificados, 83 cumplieron con los criterios de inclusión, y el 65% de esos trabajos reportó al menos un evento adverso asociado con la práctica. La prevalencia global estimada fue de 8,3%, lo que sugiere que casi una de cada 12 personas podría experimentar algún efecto indeseado.
A ese antecedente se suma un estudio de 2022 que analizó a 953 estadounidenses que meditaban con frecuencia. Según el artículo, más del 10% experimentó efectos adversos con un impacto negativo significativo en su vida cotidiana durante al menos un mes. En una línea similar, una investigación financiada por Wellcome Trust siguió la salud mental de más de 8.000 niños de entre 11 y 14 años en 84 escuelas del Reino Unido, entre 2016 y 2018. Los resultados indicaron que la atención plena no mejoró el bienestar frente al grupo de control e incluso pudo resultar perjudicial para quienes ya estaban en riesgo de padecer problemas psicológicos.
El artículo añade que especialistas como Arnold Lazarus advirtieron desde hace décadas que una práctica indiscriminada del mindfulness puede derivar en “graves problemas psiquiátricos como depresión, agitación e incluso descompensación esquizofrénica”. En paralelo, el crecimiento de coaches, videos, aplicaciones y libros ha impulsado un mercado lucrativo alrededor de la meditación. Solo en Estados Unidos, señala la publicación, esta industria genera alrededor de 2.200 millones de dólares.
Una práctica con potencial, pero sin garantías absolutas
La evidencia reunida también expone limitaciones metodológicas en buena parte de los estudios disponibles, como muestras pequeñas, ausencia de grupos de control o falta de seguimiento a largo plazo. Esa debilidad dificulta dimensionar con precisión tanto los beneficios como los posibles daños. En esa línea, Jon Kabat-Zinn reconoció en 2017, en una entrevista citada por el artículo, que el 90% de la investigación sobre los impactos positivos es deficiente.
Con ese panorama, la conclusión que recoge la publicación es menos categórica que promocional. El mindfulness aparece como una práctica con potencial significativo, pero cuyo efecto depende en gran medida de la experiencia subjetiva y de un uso equilibrado y realista. Más que un sustituto de tratamientos médicos o psicológicos, la evidencia lo ubica como un complemento posible de autocuidado, siempre que sus fundamentos científicos se examinen con rigor y que sus riesgos no queden fuera de la conversación pública.