Por RH Management
No es casual que una voz como la de José Luis Villacañas vuelva a instalarse con fuerza cuando el mundo parece entrar en una fase de fragmentación acelerada, concentración de poder y erosión de reglas compartidas. En una entrevista reciente en El País de España, el filósofo advierte que “decae la pluralidad y emerge la concentración”, en un escenario donde los poderes concentrados disputan el ecosistema de acumulación de capital con consecuencias políticas de gran alcance. Esa observación no pertenece solo a la geopolítica. También describe, con inquietante precisión, lo que muchas organizaciones viven hoy por dentro: más presión por resultados, más incertidumbre, menos conversación común.
Villacañas no es un comentarista ocasional del presente. Su trayectoria lo ubica entre los intelectuales más relevantes del espacio hispanohablante para pensar la relación entre poder, instituciones, capitalismo y vida social. La Universidad Complutense de Madrid lo identifica como profesor emérito en Filosofía, en el área de Philosophy, con adscripción al Departamento de Filosofía y Sociedad. La propia plataforma de producción científica de la UCM registra 437 publicaciones en su perfil. A ello se suma su presencia sostenida en debate público e intelectual: El País mantiene una página de autor con décadas de columnas y tribunas, y una entrevista reciente lo presenta como catedrático de la UCM, especialista en pensamiento político y autor de más de 30 libros de ensayo. En el ámbito editorial, Akal lo presenta además como catedrático emérito de la UCM y profesor visitante permanente en la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile, subrayando su rol previo como director del Departamento de Filosofía y Sociedad de la UCM.
¡No es un influencers! (un mundo que nuestro management suele recurrir mucho, quizá demasiado). El peso intelectual de Villacañas importa aquí por una razón concreta: no habla del trabajo como un tema sectorial, sino como una puerta de entrada para leer el deterioro —o la reconstrucción— de la vida en común.
En otras conversaciones públicas ya había formulado advertencias que hoy resuenan con especial fuerza en el mundo organizacional. En La Tercera, por ejemplo, explicó que bajo el neoliberalismo la “razón económica” tiende a convertirse en razón absoluta, subordinando otras formas de vida social, y puso como ejemplo la universidad y la educación orientadas crecientemente al rendimiento económico y al “buen trabajo” como fin dominante. En otra entrevista, sostuvo que el neoliberalismo es incompatible con la igualdad de condición humana y, a medio plazo, con la democracia, añadiendo que si se quieren espacios cooperativos habrá que crear estructuras de solidaridad que vayan más allá del mercado. Son frases que exceden la teoría política abstracta: afectan directamente la forma en que las empresas organizan el tiempo, la autoridad, la cooperación y el sentido del trabajo.
Con ese marco, cobra especial relevancia la conversación sostenida por RH Management en Chile. El encuentro se realizó en la sede Santiago de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, en el contexto de un conversatorio y entremedio de una estadía de visita prolongada al país. Ese contexto no es menor: no fue una entrevista de escritorio, sino una conversación en terreno, en Chile, atravesada por reflexiones sobre trabajo, cansancio social y fragilidad de lo común.
Trabajo y creatividad
Lo más potente de esa conversación es que Villacañas no cae en nostalgias simplistas. No plantea una oposición entre “viejo trabajo” y “nuevo trabajo” como si bastara con añorar el pasado. Al contrario, reconoce que el posfordismo y la virtualidad han transformado la noción misma de trabajo y las relaciones sociales que antes venían implícitas en él. Su diagnóstico es más fino —y más exigente para las organizaciones—: hoy asistimos a una disolución de la frontera entre trabajo y creatividad, incluso en espacios que todavía parecen fordistas, porque la automatización y la robotización exigen rediseño continuo, adaptación y nuevas capacidades.
La pregunta crítica aparece de inmediato: ¿quiénes quedan dentro de ese nuevo régimen del trabajo y quiénes quedan fuera? Villacañas responde con una imagen dura: se abre un “abismo” entre capas que pueden aportar creatividad y capas que no pueden hacerlo, y por eso sitúa la educación como pieza decisiva para no condenar a una parte de la población a las formas actuales de trabajo.
Para cualquier organización, esta idea tiene consecuencias inmediatas. Si la creatividad se vuelve requisito transversal, ya no basta con reclutar talento “listo”. La empresa pasa a ser, quiera o no, una institución de formación, de desarrollo de capacidades y de distribución de oportunidades de agencia. Si no lo asume, reproduce el abismo que luego dice querer corregir con programas de bienestar o engagement.
Pero Villacañas va más lejos. Cuando la conversación entra en la precariedad, los bajos salarios, la informalidad y la cadena de producción infinita, su respuesta se vuelve radical: describe ese estrato social como “en todo igual al viejo esclavo”, no en un sentido retórico fácil, sino en términos de captura del tiempo vital. Su distinción entre “tiempo de deber” y “tiempo de poder” es una de las contribuciones más fecundas de la conversación para el debate organizacional: cuando una vida queda enteramente absorbida por el deber, la persona se convierte en instrumento, en útil, en herramienta.
Aquí la discusión sobre trabajo deja de ser exclusivamente laboral y se vuelve civilizatoria. Villacañas afirma que una sociedad que se acostumbra a esa degradación de la vida pierde el sentido de la dignidad humana y, con ello, “pierde el alma”; una sociedad así, agrega, queda sin futuro propio y condenada a ir al remolque de quienes sí lo dictan. Esta tesis conversa de manera directa con su marco más amplio sobre concentración de poder y decadencia de la pluralidad. Dicho de otro modo: cuando lo colectivo se debilita, no solo se deteriora la política; también se empobrece la vida organizacional, se vacía el sentido del trabajo y se rompe la capacidad de proyectar futuro.
Rediseño de estructuras
Eso explica por qué esta conversación importa especialmente hoy. Muchas empresas están rediseñando estructuras, automatizando procesos, compactando equipos y exigiendo más adaptabilidad con menos holgura. El riesgo no está solo en la sobrecarga. Está en naturalizar una cultura donde la creatividad se pide, pero no se habilita; donde la autonomía se exige, pero no se protege; donde la colaboración se celebra en el discurso, mientras el sistema empuja a la competencia defensiva y al aislamiento. En ese punto, la organización reproduce en miniatura el mismo deterioro de reglas comunes que vemos a gran escala.
Desde esa perspectiva, las gerencias de personas enfrentan una responsabilidad que ya no puede administrarse como un capítulo de clima laboral o beneficios. La pregunta de fondo es si están diseñando organizaciones capaces de sostener dignidad, cooperación y desarrollo real de capacidades en un entorno de presión económica creciente, o si —sin quererlo o queriéndolo— están administrando versiones sofisticadas de una vida laboral cada vez más instrumental.
La conversación con Villacañas no ofrece recetas rápidas, y esa es precisamente su utilidad. Obliga a volver a preguntas difíciles que el management suele postergar. ¿Estamos midiendo productividad a costa de vaciar el “tiempo de poder” de las personas? ¿Estamos confundiendo adaptación con disponibilidad total? ¿Pedimos creatividad mientras distribuimos miedo? ¿Estamos formando actores creativos o seleccionando a unos pocos y descartando al resto? ¿Qué estructuras de solidaridad existen realmente dentro de la organización cuando llega la presión? ¿Qué lugar tiene lo común en nuestros sistemas de evaluación, liderazgo y recompensa? ¿Qué tipo de subjetividad produce nuestro modelo de gestión? ¿Y qué futuro organizacional puede construirse si el trabajo pierde dignidad, conversación y sentido compartido?
Si esas preguntas inquietan, mejor. Hoy, en un mundo que rompe sus reglas comunes y menosprecia lo colectivo, quizá esa incomodidad sea una de las pocas señales de lucidez que todavía conviene conservar.