No eres tú, soy yo

La masividad de la información nos ha permitido conocer y darle nombre a las conductas que antaño eran permitidas, pero que hoy dejan un manto de desilusión y de ira.

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Por Jaime Hernández, docente escuela de Psicología UAI. Doctor en psicología del trabajo y de los recursos humanos.


Una de las prácticas más extendidas en nuestra interacción social tiene relación con creer que los demás son culpables del surgimiento de nuestras propias emociones. Pero la verdad es que las otras personas son responsables sólo del acto que llevan a cabo y nosotros somos completamente responsables por lo que nos pasa con dicho acto. Esta distinción permite que nos podamos hacer cargo de lo que sentimos, tomar acciones conducentes a aliviar el dolor que nos embarga y hasta generar cambios positivos en los otros, sin cargarles todo el peso de nuestra desazón.

Esto no es, necesariamente, lo que se observa en los innumerables cambios, a nivel individual, social, pero también a nivel organizacional, de los que somos testigos. En este último espacio de convivencia humana también se aprecian modificaciones explícitas y otras sutiles, de tratar de erradicar los abusos, las desigualdades, el nepotismo y la discriminación. Y es que la masividad de la información nos ha permitido conocer y darle nombre a las conductas que antaño eran permitidas, pero que hoy dejan un manto de desilusión y de ira. Sin embargo, como no hay una cara visible y concreta de dichos abusos, cualquiera puede ser considerado el enemigo, la fuente de toda ira. No es la persona que está siendo funada, la depositaria única, real y completa de la rabia. No es necesariamente una reacción contra la persona o la Institución en sí; ya que estos son solo representantes de aquello que se ha naturalizado y que hoy se quieren eliminar. Estas manifestaciones no son una simple respuesta a la toma de consciencia de que algo se ha hecho mal o de que alguien ha salido dañado por una práctica reñida con las actuales y éticas maneras de actuar.

Es la ira contenida, sin cara, sin nombres, y que surge al darse cuenta de que era posible haber evitado las conductas provocadoras de daño; es la rabia por percatarse de que otros (as) también comparten experiencias similares; es la culpa hacía sí mismo (a) por la omisión y el acatamiento ante ellas. Es una emoción que arrebata las voluntades de quienes la poseen y que no queda conforme con cambios incrementales sino fundamentales. Es un desborde que no separa conducta ajena de emoción propia. Por eso no espera un simple aprendizaje del emisor, ni se espera una disculpa o perdón que alivie el dolor. Es la expresión de una frustración, resentimiento y culpa que no permite reivindicaciones. Es el deseo de aniquilar, por medios poco convencionales, la figura simbólica y representativa de esa acumulación de ira.

Esta “nueva” práctica “justiciera” ha llegado para quedarse en nuestra institucionalidad; que nos requerirá nuevos focos de actuación tanto para canalizarla como para prevenir que emerja. La Gestión de Personas debe diseñar una estrategia para aquietar los ánimos, para canalizar las emociones y para construir un ambiente libre de inequidades, injusticias y de aprovechamiento.

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