Nietzsche en Sorrento…

En las noches de otoño de 1876, el Grand Hotel Excelsior Vittoria de Sorrento fue testigo de un histórico encuentro entre Friedrich Nietzsche y Richard Wagner. Entre la realidad y la ficción, esta cena marcó el inicio de un distanciamiento ideológico profundo, reflejado en obras maestras como 'Parsifal' y 'Humano, demasiado humano'. Un relato que explora la tensión entre lo dionisíaco y lo cristiano, y el papel de Cosima como figura central en este laberinto de relaciones y creaciones.

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Por Ricardo Espinoza Lolas, filósofo, escritor, teórico crítico. 

Me imagino a los Wagner, Richard y Cosima, descansando en el bello e imponente Grand Hotel Excelsior Vittoria de Sorrento (y lo sigue siendo en la actualidad, donde vivió Enrico Caruso), después de Bayreuth, a fines de octubre de 1876 y en una de esas noches llega el enfermizo Nietzsche con sus amigos (Malwida, Paul y Albert), desde la Villa Rubinacci (hoy Hotel Eden) a cenar con ellos (estaban muy cerca ambos hoteles, solo a 5 minutos caminando, pero totalmente distintos: uno sobrio y el otro lujoso). Y ¿qué podría ocurrir en dicha cena, al anochecer, mirando hacia el Vesubio en el único Golfo de Nápoles que hasta con la luz de la Luna otoñal se ve maravilloso? Entre ficción y realidad intuyo que fue un desastre por completo el encuentro entre el viejo músico y el joven pensador: nacen, poco a poco: Parsifal y Humano, demasiado humano durante esas noches. 

Nacieron dos obras maestras: Parsifal la obra final y radicalmente cristiana de Wagner y Humano, demasiado humano la obra que señala el viraje filosófico de Nietzsche hacia el espíritu libre. ¿Cómo Sorrento da tanto de sí y, a la vez, da tanta diversidad de obras entre “maestro-padre” y “discípulo-hijo”? En esa cena real y ficticia se escucharon cómo se cruzaban las espadas entre ambos y ellas, como ciertos “falos” en torno a Cosima, la “hija de Liszt” que se vuelve en la guarida italiana de ambos, chocaron y generaron grandes heridas que nunca sanaron entre ellos. Lo de esa noche, y otras noches juntos, antes que partieran los Wagner el 7 de noviembre (ellos llegaron el 5 de octubre y Nietzsche se quedó mucho tiempo, hasta el 8 de mayo de 1877 y había llegado el 28 de octubre), fue el preludio de dos modos de ser, de habitar, de amar, de comprender lo real que no se podían reconciliar de ninguna manera: lo cristiano y lo dionisíaco se miraban a la cara en las noches de Sorrento, en el Vittoria a fines de octubre de 1876.

Un viejo cristiano buscando la redención y un joven dionisíaco realizando la libertad fue lo que aconteció en las noches de Sorrento (un lugar existencial mítico que como Sirenas nos indican ciertos mares a seguir en donde nos perdemos o nos encontramos: de uno depende). Por tanto, no solamente el malentendido estaba entre ambos “Padre-hijo”, sino que la Guerra se instaló entre ellos y no hubo reconciliación alguna (al contrario se dio un “parricidio” por parte de Nietzsche), porque era imposible encontrar algún territorio que fuera como una Suiza neutral para ellos, ni Cosima ya era ese territorio (ya no era el laberinto de Tribschen en donde antiguamente “vivieron” los tres). Si en Le mépris de Godard (1963) el cuerpo de Bardot filmado en Capri nos expresa el deseo, no solamente de la nueva Penélope que echa andar este Occidente, sino de lo real mismo como deseo, a saber, un cuerpo en el mar, en la Casa Malaparte en su interior, en su terraza, en la escalinata, etc., que indica en esa textura Bardot-Malaparte-Capri que el deseo nos atraviesa y que necesariamente toda traición es lo que nos funda, en un juego de la verdad “en” la apariencia que de suyo no se deja suturar de ninguna forma, que es lo que manifiesta ese cuerpo vivo de Bardot, aquí con Cosima se da algo similar, pero diferente. Ella es una Cosima-Vittoria-Sorrento que interioriza ese instante en la cena, las cenas y Wagner y Nietzsche, el cristiano y el dionisíaco, se quedan atrapados en el interior de esa noche, de ese Golfo, de ese Hotel, de la misma Cosima; y ella como laberinto los espiritualiza y los interioriza y, en el fondo, los quiere dentro de ella, como Minotauros para que trabajen en su proyecto de interiorización de lo humano y lo real.

Sin embargo, ambos, músico y pensador, reaccionan de modo diverso, Nietzsche rompe con el laberinto y Wagner le genera el himno por excelencia que lo enaltecerá hasta nuestros tiempos (por ejemplo, en el Liceu barcelonés lo vitorearon con locura en este 2023). El joven quejumbroso pensador no se deja atrapar en esa noche sorrentina del Vittoria, sino todo lo contrario, huye, se enferma, somatiza cualquier espiritualización o hechizo de encierro alguno, que busque guardarlo dentro de un interior. El pensador, como un tipo de animal, no se deja interiorizar en esa cena: su libertad es el oxímoron de todo espíritu: él está en lo abierto del Golfo de Nápoles, en tanto que Wagner, está en el interior del fastuoso Hotel y allí finalmente se quedó el ateo Wagner siendo un Minotauro cristiano.

El cuerpo de Cosima es el cuerpo mortífero de un interior que todo lo lleva hacia dentro y no deja escapar nada vivo: ni la luz. Ella es la habitante de la ciudad del dios cristiano. Una ciudad que no es la Pompeya que está en silencio, desde el año 79 d.C., tan sólo a algunos kms. de Sorrento. Una ciudad que todavía nos está indicando que hubo ciudades abiertas, externas, exteriores, sin interior alguno, sin espíritu y que de este modo cobijó a sus habitantes de modo esplendente, dionisíaco y vivieron en la materialidad de los cuerpos. Cosima no es una Ariadna del todo, ni menos una Antígona; Bardot lo es en parte, pero en tanto traición que expresa  el deseo de lo real en que lo real se muestra y parpadea en un claroscuro de verdad y apariencia, que no se reconcilian (lacanismo clínico puro y duro, como heideggerianismo ontológico), es todavía indicio de interior y, por lo mismo, de la imposibilidad del exterior y nada más que exterior como una Cinta de Moebius que era Pompeya y sus habitantes, y sus Ariadnas y Antígonas.

Solamente una Ariadna como Lou podría ser la Ariadna de una Pompeya que en esa ciudad no espiritual puede vivir, tejer, llorar, follar y bailar, pero Nietzsche en estos tiempos todavía no conocía a Lou, solamente ya sabe bien que no era Cosima una Ariadna, empero barrunta, a la vez, que de algún modo se vivió en Pompeya de modo exterior, también en Sorrento y en Capri, porque el joven filósofo se dio cuenta de lo que acontecía allí más allá del interior del Hotel y del cuerpo de Cosima y el Parsifal de Wagner de Sorrento y Ravello. Nietzsche se dio cuenta de esa luz, de esa claridad que lo bañaba todos los días, del azul del mar y del cielo que lo cubría, de esas aguas en las que se pudo bañar hasta en otoño, de esos cítricos jugosos como el limón y las naranjas que tanto le apetecían, del risotto que le gustaba mucho comer y preparar, de la lengua italiana que le gustaba hablar en la belleza expresiva de su sonoridad, de los restos y hallazgos arqueológicos de la zona que conoció, de sus islas y sus grutas que navegó, de esos vientos cómodos y gratos que sintió en su cuerpo, de las montañas que subió, del viejo volcán que miró durante meses desde el balcón de su habitación al amanecer, de sus aires limpios que respiró, de las inhalaciones de vapores que hizo para mejorar su cuerpo, etc. 

En definitiva, en esa cena de Sorrento entre Wagner y Nietzsche, mediados por una cierta Cosima que ya no era la de Tribschen, lo que se dio fue lo que el pensador del Ecce homo (1888) nos decía al final de su libro:  “¿Se me ha comprendido?” … Diónysos contra el Crucificado”.

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