- Transparencia total: la Dipres debería publicar anualmente la información sobre evaluaciones de desempeño de la dotación del Gobierno Central, desagregada al menos por servicio. Sin nombres de los funcionarios obviamente, pero con suficiente detalle para el análisis académico y ciudadano. La opacidad actual solo alimenta la inercia.
- Evaluaciones bien realizadas y calibradas: cada servicio debe aplicar los criterios de manera rigurosa, con revisión y calibración de resultados antes de cerrar el proceso anual. Si el sistema funcionara correctamente, no debería sorprendernos que no más del 20% (o incluso menos) de las personas estén en Lista 1 de Distinción y un gran porcentaje en Lista 2 Buena, pero también un porcentaje no tan menor en Listas 3 Condicional y 4 Eliminación. Esto llevaría a que los resultados de la evaluación se conviertan en un discriminante virtuoso y empujen a los servidores públicos a mantener un adecuado nivel en el quehacer de sus funciones y con una mirada ciudadana de mejora continua.
- Gestión del talento, no trámite anual: las evaluaciones deben servir para lo que fueron creadas, esto es, para promover, incentivar y –cuando corresponde– desvincular. Así, también, se requiere que los aumentos de grado/remuneración tengan criterios conocidos por todos, donde la evaluación de desempeño sea parte de dicha ecuación y que además se conozca los que fueron destinatarios de las mejoras remuneracionales y las justificaciones de aquello.
- Supervisión efectiva: la Contraloría General de la República debería auditar no solo la formalidad del proceso, sino también su contenido, es decir, cómo se justifican las calificaciones y si se aplican criterios homogéneos. Y, sí, establecer sanciones a las jefaturas directas que evalúan, a la junta calificadora y a la jefatura de servicio, según corresponda, cuando se detecten evaluaciones complacientes o arbitrarias. Así, también, el Servicio Civil debería tener un rol de directriz y seguimiento efectivo al respecto.
- Compromiso institucional: este cambio no será posible sin la convicción de las jefaturas (partiendo por la jefatura de servicio) y las asociaciones de funcionarios. Se requiere un diálogo entre estas partes con altura de miras y compromiso real con la función pública. No se trata de perseguir, sino de construir una cultura de mejora continua y de servicio a la ciudadanía.