Neurociencia de la risa: dos circuitos cerebrales para construir vínculos

Una investigación identificó que la risa espontánea y la risa voluntaria activan circuitos cerebrales diferentes. Mientras la primera favorece la cohesión social, reduce la agresividad y produce un efecto analgésico, la segunda presenta un mayor nivel de control y sincronización entre las personas.

Un equipo de neurocientíficos presentó el 23 de junio de 2026 una investigación que distingue dos tipos de risa regulados por áreas diferentes del cerebro, a partir de pruebas de estimulación cerebral y estudios con resonancia magnética. El trabajo busca explicar por qué algunos episodios resultan imposibles de controlar, cómo se diferencian de la risa provocada por una situación cómica y qué función cumplen en las relaciones sociales, según informó La Vanguardia.

Los investigadores identificaron una risa espontánea e involuntaria, vinculada con regiones profundas del cerebro que habrían evolucionado hace millones de años, y una risa voluntaria, relacionada con áreas del córtex cerebral desarrolladas más recientemente en el género humano. Aunque ambas pueden parecer similares desde el exterior, sus circuitos, manifestaciones y efectos sobre el organismo son distintos.

La risa espontánea habría surgido como un mecanismo para reforzar la cohesión social y disminuir la agresividad entre integrantes de una misma especie. Su aparición permitiría comunicar que una interacción física no representa una amenaza, una función especialmente relevante durante el juego, cuando un golpe accidental podría interpretarse como un ataque. Vocalizaciones asociadas con esta conducta han sido observadas en mamíferos sociales como chimpancés, gorilas, elefantes y ratones.

Señal social

Fausto Caruana, coautor de la investigación e integrante del Instituto de Neurociencias de Parma, explicó que esta forma de risa habría emergido para transmitir el mensaje “solo estamos jugando”. De esta manera, una expresión inicialmente involuntaria se convertiría en una señal capaz de reducir la hostilidad y generar condiciones de seguridad entre quienes participan de una interacción.

El efecto social de la risa espontánea está acompañado por cambios en el organismo. Durante estos episodios se modulan la serotonina y las endorfinas, lo que genera una experiencia de placer en presencia de las personas con quienes se comparte la risa. La activación de estos mecanismos también produce un efecto analgésico, una característica que no se presenta con la misma intensidad en la risa voluntaria.

La risa voluntaria aparece ante un chiste o una situación considerada graciosa, pero también puede utilizarse como una forma controlada de interacción social. Suele manifestarse mediante sonrisas o episodios breves y no provoca la misma descarga de serotonina y endorfinas, la misma sensación de alegría ni el mismo alivio del dolor que la risa espontánea.

Una de sus características principales es la sincronización. Las personas pueden comenzar a reír juntas al final de una frase, detenerse y respirar al mismo tiempo. Sophie Scott, coautora de la investigación e integrante del University College de Londres, resumió la diferencia al señalar: “En la risa espontánea, algo se pone en marcha y no puedes parar”. Esta ausencia de control contrasta con la coordinación observada en la risa voluntaria.

Circuitos distintos

Los autores plantean que la risa voluntaria pudo aparecer como una imitación de la risa espontánea. Debido a que esta última contribuye a la cohesión social, fingir una risa podría haber funcionado como una estrategia para reforzar un vínculo con un posible agresor. La hipótesis permite comprender por qué una conducta que no genera los mismos efectos fisiológicos puede conservar una función dentro de las relaciones sociales.

Las diferencias fueron observadas mediante pruebas de estimulación cerebral con electrodos realizadas a personas con epilepsia o párkinson. Los resultados mostraron que cada tipo de risa activa circuitos distintos. En la risa espontánea tiene un papel central una región de aproximadamente cuatro centímetros cúbicos denominada corteza cingulada anterior pregenual, o Pgacc, ubicada en la zona anterior del cerebro.

La estimulación de esta región puede provocar una risa involuntaria y descontrolada. La Pgacc también participa en el contagio de la risa, ya que se activa al observar a otra persona reír y puede impulsar una respuesta similar. En este circuito intervienen además el núcleo accumbens y el polo temporal, regiones estrechamente conectadas con la corteza cingulada anterior pregenual.

La risa voluntaria, en cambio, se desencadena al estimular áreas como el globo pálido, el opérculo rolándico o el área motora presuplementaria. En esos casos, las personas pueden sonreír o reír brevemente sin experimentar la misma alegría asociada con la risa espontánea. Los estudios con resonancia magnética también detectaron diferencias en los movimientos de la lengua, la laringe y el velo del paladar.

Pese a tratarse de una conducta social cotidiana, la risa continúa siendo uno de los fenómenos menos comprendidos por la neurociencia. Su estudio enfrenta dificultades porque no es sencillo provocar una respuesta espontánea en un laboratorio ni registrar la actividad cerebral de una persona que se mueve mientras ríe. Los investigadores consideran que una mejor comprensión de estos mecanismos podría contribuir al desarrollo de terapias orientadas al bienestar emocional y físico, además de profundizar en el efecto analgésico de la risa.

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