“Microdramas”: cuando lo pequeño revela las tensiones de la vida contemporánea

En “Microdramas. El peso de lo leve”, la psicoanalista y escritora Constanza Michelson observa escenas aparentemente menores para interrogar el deseo, los vínculos, la familia, la pérdida, la violencia, la vejez, la tecnología y la salud mental. Publicado en 2026 por Paidós, el libro abre también una pregunta que RH Management abordará en una serie especial: qué lugar ocupa la sexualidad en el bienestar psíquico de las personas y cuánto de esa dimensión acompaña también a quienes trabajan.

Una mujer se corta la chasquilla sin saber muy bien por qué. Una pareja discute hasta encontrar el tono exacto que pueda herir. Una adolescente cree durante un año que está embarazada. Una mujer mayor se pregunta qué ocurre cuando deja de sentirse mirada. Una persona descubre que aquello que creía hambre quizá no era solamente hambre. Alguien entra en crisis y, durante algunos minutos, el futuro parece desaparecer.

No son grandes acontecimientos. Son escenas pequeñas, muchas veces triviales, que adquieren otra densidad cuando alguien decide mirarlas un poco más.

Ese es el territorio de “Microdramas. El peso de lo leve”, el nuevo libro de Constanza Michelson, publicado por Paidós en julio de 2026. En sus 256 páginas, la autora construye una sucesión de relatos y ensayos breves que se desplazan entre experiencias cotidianas, psicoanálisis, literatura, mitología, historia, religión, cultura popular y observación social. La propia edición define el microdrama como una escena en la que alguien se juega “un pedazo de vida” sin saber exactamente qué está en riesgo.

Lo leve pesa

El libro está organizado en capítulos que contienen pequeñas piezas conectadas por determinadas preocupaciones. Los títulos anticipan su amplitud: “El gran atractor”, “Quién somos por dentro”, “Lucidez inútil”, “Stasis”, “Exageraciones”, “Mitologías”, “Crecer sin querer”, “Presencias”, “La mente en crisis”, “Patriarcas” o “Primero fue el juego”. Hacia el final aparece incluso una “Teoría del microdrama”.

Michelson puede comenzar observando una discusión doméstica y terminar en la guerra de Troya; pasar de una conversación familiar a Freud, Winnicott, Clarice Lispector o la Biblia; detenerse en el funcionamiento de una oficina, en una persona que envejece, en las redes sociales o en alguien que no logra salir de una determinada idea.

No construye un tratado sistemático. El procedimiento es otro: acercarse a aquello que parece insignificante hasta que deja de serlo. Una frase mal dicha, una comparación, un silencio, una mirada o una pequeña humillación pueden convertirse en lugares desde los cuales aparecen preguntas mayores sobre identidad, deseo, culpa, violencia, amor, pérdida o sufrimiento.

También el trabajo entra ocasionalmente en ese registro. En uno de los relatos, por ejemplo, una mujer pierde un concurso interno y comienza a derrumbarse mientras quienes la rodean intentan explicarle por qué ganó otra persona. En otro, el envejecimiento aparece asociado a la experiencia de ingresar a un mundo laboral cuyo lenguaje comienza a cambiar más rápido que quien lo habita.

Una autora incómoda

Michelson, nacida en Viña del Mar en 1978, es psicóloga de la Universidad Diego Portales, magíster en psicoanálisis, psicoanalista y escritora. Ha sido columnista en medios como “La Tercera”, “The Clinic” y “El País”, y entre sus libros se encuentran “50 sombras de Freud”, “Neurótic@s”, “Hasta que valga la pena vivir”, “Hacer la noche” y “Nostalgia del desastre”. Esta última obra recibió el Premio Círculo de Críticos de Arte de Chile en No Ficción y el primer lugar en Ensayo del Premio Mejores Obras Literarias.

Su formación importa para comprender “Microdramas”, pero el libro no funciona como un manual de psicoanálisis. Tampoco ofrece diagnósticos para cada comportamiento. Por el contrario, una inquietud recorre buena parte de sus páginas: la dificultad de cerrar demasiado rápido el significado de aquello que les ocurre a las personas.

Eso aparece con particular fuerza cuando aborda la salud mental. Frente al suicidio, por ejemplo, cuestiona las explicaciones capaces de reducir un sufrimiento complejo a una única causa —la estación del año, la biología, el capitalismo o cualquier categoría que pretenda explicarlo todo— y reivindica aquello que permanece sin nombre, lo que contradice una teoría o aquello que una persona hace incluso contra lo que cree.

Precisamente esa resistencia a las explicaciones totales vuelve especialmente interesante otro territorio que atraviesa el libro: la sexualidad.

Deseo y salud

“Microdramas” no es un libro sobre sexo. Pero el sexo aparece una y otra vez porque forma parte de las escenas que Michelson observa. Aparece en el matrimonio, la infidelidad, el orgasmo, la masturbación, la menopausia, la adolescencia, el abuso, la intimidad doméstica, el cuerpo que envejece, la necesidad de ser mirada, la pérdida del deseo y la dificultad de comprender qué espera una persona de otra.

Uno de los pasajes más sugerentes está en “Informe del Dr. Tiresias”. La escena comienza casi como una caricatura de terapia de pareja: dos personas discuten quién goza más, hombres o mujeres. Pero la pregunta va desplazándose. Lo que está en juego deja de ser la cantidad de orgasmos y pasa a ser ese “más” que alguien espera después del sexo: presencia, reconocimiento, elección, amor.

Michelson observa cómo algunas personas depositan esa búsqueda en su propio cuerpo: intentan ser más delgadas, más jóvenes o más disciplinadas para obtener aquello que el otro no consigue entregarles. Y hacia el final introduce una frase particularmente molesta: quienes siguen esperando algo que no consiguen nombrar pueden llegar a creer que están enfermos. “A veces confunden su deseo con estar tristes”.

La frase no ofrece un diagnóstico. Abre un problema. ¿Dónde termina el deseo y comienza el malestar? ¿Qué ocurre cuando una necesidad afectiva se experimenta como un problema individual? ¿Cuánto del sufrimiento pasa por el cuerpo y cuánto por aquello que esperamos que otro cuerpo confirme?

Cuerpos que hablan

La misma pregunta reaparece desde otras situaciones. En “Un día”, la autora observa cómo la vivienda distribuye también posibilidades de intimidad. Hay adolescentes sujetos al “bajo mi techo no”, adultos que comparten espacios y parejas que disponen del dormitorio donde socialmente el sexo sería legítimo, aunque quizás ya no lo tengan o no lo quieran. Allí Michelson imagina una libido doméstica que busca dónde aparecer y se pregunta cuánto mal humor podría relacionarse con esa tensión.

En *Sirenas jubiladas*, el problema cambia nuevamente. La menopausia no aparece solamente como transformación fisiológica, sino asociada a una pregunta por el deseo y por la experiencia de dejar de sentirse deseada.

En “La mirada del lobo”, la sexualidad adolescente se cruza con miedo, culpa, consentimiento, abuso y educación sexual. El conocimiento técnico —saber usar un preservativo o conocer determinados riesgos— no agota aquello que ocurre en una experiencia donde intervienen también deseo, poder, temor y capacidad de interpretar lo que otro está haciendo.

Y en “Magnetismo animal”, Michelson vuelve sobre la historia de la histeria: desde las antiguas explicaciones centradas en el útero hasta Charcot y Freud, mostrando cómo distintas épocas han intentado encontrar en el cuerpo y en la sexualidad claves para comprender determinados padecimientos.

Preguntas por abrir

Es justamente ahí donde “Microdramas2 resulta una buena puerta de entrada para una discusión que RH Management abordará en una serie de contenidos sobre sexualidad, salud mental y trabajo.

No porque el libro sostenga que una vida sexual determinada garantice bienestar. Tampoco porque permita concluir que la falta de sexo produzca enfermedad. Su aporte está antes.

Michelson obliga a mirar cuánto de la experiencia psíquica ocurre también alrededor del cuerpo, el deseo, la intimidad, el reconocimiento, la pareja, la frustración, el envejecimiento o la posibilidad de encontrarse con otro.

La pregunta comienza entonces a desplazarse. Si esas dimensiones forman parte de aquello que somos, ¿qué lugar ocupan dentro de la salud mental? ¿Podemos separar completamente nuestra vida sexual y afectiva de nuestro equilibrio psíquico? ¿Y qué sucede con todo aquello cuando la misma persona llega cada mañana a trabajar?

“Microdramas” no responde esas preguntas. Pero ofrece algo previo y necesario: escenas concretas desde las cuales empezar a formularlas.

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