¿Más Karl Marx o más Henry Ford?: definitivamente menos Varela

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Por Marcela Mandiola C. Ph.D., Facultad de Economía y Negocios, Universidad Alberto Hurtado, MINGA Chile.

Es realmente complejo elegir, desde el despliegue de arrogante ignorancia de la columna de Varela el sábado pasado en El Mercurio, alguno de los contenidos para detenerse en ello.  Algunos dirán, con no poca razón, que no vale ni la pena retrucar tanta patraña, pero ya conocemos eso de ‘miente, miente que algo queda’. Entre las tantas cosas que este columnista mencionó, una muy relevante tiene que ver con el mundo de las organizaciones y el trabajo. Por ahí comenzamos.

Varela, desde su mirada ochentera, inicia su desafortunada intervención insistiendo en el añejo binarismo intelectual, o es blanco o es negro nos plantea. Restringe el campo de reflexión a una dicotómica elección forzada cerrando el espacio a cualquier otra interpretación que vaya más allá de las dos alternativas que presenta. Dos opciones que además despliega en perfecta inequidad, demonizando una y enalteciendo a la otra, sin la presentación de algún argumento que logre sustentar lo que plantea. Comienza oponiendo el pensamiento práctico al pensamiento teórico, para continuar extendiendo su dicotomía a la práctica de la tecnología v/s la práctica de la academia, terminando en el rimbombante ejemplo de Ford v/s Marx. Denostando a Marx y ensalzando a Ford, por los supuestos impactos prácticos de sus respectivos trabajos, se lamenta de que Ford no sea recordado más que por la marca de los automóviles que contribuyó a fabricar.

Pensemos que por desinformado Varela no tiene idea que el impacto de Ford fue mucho más allá de los vehículos motorizados. Las ciencias sociales denominaron Fordismo al sistema industrializado de producción que el ingeniero norteamericano desarrolló; y que en la búsqueda de aumentar lo productivo a través de la división del trabajo y el estricto control de costos, redundó en una uniformización de las tareas y la des-habilitación de los trabajadores y trabajadoras bajo la mirada distante de una administración técnico-racional.

El Fordismo, sustentando así un falsa neutralidad eficientista, y destacando sólo sus méritos productivos, se esparció por el mundo como una lógica social y de organización de la vida de la cual hoy experimentamos su trágicas consecuencias.

Ni siquiera es necesario acudir a densos tratados académicos, de esos que Varela rehuye, para constatar el impacto negativo del trabajo de Henry Ford. Un iluminado Charles Chaplin lo criticó, sin palabras, en su clásico ‘Tiempos Modernos’ ya en 1936. Más tarde en 1988, Francis Ford Coppola puso en la pantalla grande la historia de Preston Tucker, un inspirado inventor que logra desarrollar importantes avances en la fabricación automotriz, pero que fue brutalmente aplastado por el Fordismo de Detroit impidiendo con malas artes su entrada en el mercado. A mayor abundamiento podemos mencionar a ‘Las Uvas de la Ira’ de John Ford en 1940 y su reivindicación de la pobreza, o al clásico italiano ‘El Ladrón de Bicicletas’ de Vittorio de Sica en 1950 que devela las miserias de los sin trabajo. En nuestro contexto nacional, la aclamada serie ‘Los 80’ de Wood Producciones, despliega de manera magistral la mirada sobre una sociedad construida en lógica fordista, a saber, la uniformización de la vida y sus patrones, la relevancia del consumo como ethos aspiracional, la subordinación laboral y social de una clase trabajadora sub-educada y dependiente, la mediocridad como horizonte de vida y la generización de las labores de cuidado sin reconocimiento material, legal ni social. Todo esto en el contexto de un férreo control cívico militar de la sociedad, algo así como lo que no se vió de “los mejores 40 años de nuestra historia”.

El Fordismo, que se esfuerza por reivindicar Varela, ha invisibilizado contextos históricos, sociales, políticos y afectivos. Ha escondido bajo la alfombra la desigualdad económica y social que lo sustenta y reproduce, ha dado la espalda al aplastante daño ambiental que ha producido, ha indoctrinado generaciones y generaciones de managers a través de los higiénicos principios de la administración científica, ha relevado a lo militar en esto de la ‘conquista del mundo’, y por sobretodo, ha profundizado la distancia generizada que pone a los varones en el trabajo público (productivo) y a las mujeres en la desvalorizada labor de cuidados (reproductiva).

Solo en la segunda parte de su entrega, Varela hinca el diente en aquello que no se atrevió a decir de primera mano. Su retorcida vuelta dicotómica articulada sobre un encomio de lo masculino, apunta los dardos a una rebelde mujer que ha ido más allá “del cuidado puertas adentro de nuestros hogares y de su aspecto”, ubicándola en el lado maligno de la dicotomía y acusándola de superflua, inutil y malagradecida. Junto con ella, descalifica a todas las mujeres y de paso al feminismo.  Ambos elementos tremendamente distractores de la causa de los ‘hombres de acción’ en pos de un mundo mejor.

Finalmente, ni Marx ni Ford. Solo Varela, y su varelismo, el que nos invita a seguir pensando en corto, en alternativas diádicas y excluyentes de escasa profundidad. Varela insiste en el machiavelismo de los resultados por sobre los medios y los procesos. Varela sigue negando los daños producidos por un sistema brutal. Varela reivindica como lo mejor de nuestra historia a los años más brutales que nos ha tocado vivir como país. Varela sigue contando la historia como la epopeya de varones destacados por sus acciones concretas. Queda claro, para Varela solo hay una clase de seres humanos que merecen llamarse personas y a quienes debemos reconocer sus méritos. Todos y todas las demás debemos seguir agradeciendo las migajas mientras nos acomodamos el pañuelo.

¡No más varelismo!

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