¿Más civilizados, menos humanos? Enseñanzas de Christopher Ryan para organizaciones más humanas

El antropólogo Christopher Ryan plantea en su libro “Civilizados hasta la muerte” que la modernidad ha traído consigo enfermedades físicas y sociales que las culturas ancestrales sabían evitar. Una crítica que interpela al mundo organizacional actual y abre la puerta a repensar cómo vivimos y trabajamos.

¿Qué tiene que ver una sociedad de cazadores-recolectores con una reunión por Zoom o con los indicadores de desempeño de una oficina corporativa? Más de lo que parece. Según se reseña en el medio El vuelo de la lechuza, el antropólogo estadounidense Christopher Ryan, autor de “Civilizados hasta la muerte: el precio del progreso”, sostiene que el modelo civilizatorio moderno ha empujado a la humanidad a un estado de desconexión profunda con formas más naturales, sostenibles y comunitarias de existencia. Una tesis que, sin proponérselo directamente, lanza una crítica certera a muchas de las dinámicas que predominan hoy en las organizaciones.

La idea central del libro es tan provocadora como inquietante: lejos de mejorar nuestra calidad de vida, la civilización y el progreso han deteriorado aspectos fundamentales del bienestar humano. Ryan compara los estilos de vida de sociedades modernas con los de pueblos ancestrales, y concluye que el avance tecnológico, lejos de hacernos más libres o felices, ha intensificado problemas como el estrés, la soledad, la desigualdad y el daño medioambiental.

Una de las claves del planteamiento de Ryan es el reconocimiento de que las culturas de cazadores-recolectores eran, en muchos sentidos, más saludables y cooperativas que las sociedades modernas. En esas comunidades, el trabajo se distribuía de forma más equitativa, había mayor autonomía individual, y los vínculos afectivos y comunitarios ocupaban un lugar central. No se trataba de una vida sin esfuerzo, pero sí de una vida más integrada y menos alienante.

Este contraste se vuelve especialmente significativo cuando se observa el funcionamiento de muchas organizaciones actuales. Las estructuras jerárquicas, la presión por el rendimiento, el aislamiento laboral y la competencia interna son prácticas que responden a un paradigma de progreso entendido como acumulación, control y eficiencia. Sin embargo, este mismo paradigma es el que Christopher Ryan cuestiona, mostrando que muchas de sus consecuencias, como la desmotivación, el desgaste emocional o la falta de sentido, no son fallas del sistema sino resultados esperables de su lógica.

Volver la mirada hacia lo ancestral no implica rechazar la tecnología ni romantizar el pasado; más bien se trata de aprender de modelos de vida donde la cooperación primaba sobre la competencia, donde la pertenencia era un hecho y no una meta, y donde la salud física y mental eran consecuencia directa del entorno social. Según se expone en la reseña, Ryan advierte que “el problema no es que las sociedades ancestrales fueran perfectas sino que las nuestras no lo son tanto como creemos”.

Este enfoque antropológico ofrece herramientas valiosas para la gestión de personas. ¿Qué pasaría si las culturas organizacionales se construyeran a partir de principios como la reciprocidad, la confianza y la comunidad? ¿Qué tipo de liderazgo emergería si la prioridad no fuera el control, sino el cuidado? ¿Cómo cambiaría la experiencia laboral si el trabajo dejara de ser un medio de supervivencia y se convirtiera en una forma de conexión?

Aunque el libro de Ryan no está dirigido específicamente al mundo laboral, sus implicancias son claras. Cuestionar el “progreso” como dogma obliga a revisar también la forma en que se organiza el trabajo, se gestionan los equipos y se mide el éxito. En lugar de perpetuar modelos que promueven la desconexión, las organizaciones podrían inspirarse en aquellos modos de vida que, durante miles de años, permitieron a las personas vivir con sentido, colaboración y equilibrio.

El desafío, entonces, no es retroceder en el tiempo, sino avanzar con conciencia. Incorporar lo aprendido por la evolución humana a las prácticas contemporáneas puede ser una forma de construir entornos laborales más humanos, más sostenibles y más coherentes con nuestras necesidades reales como especie. Porque quizás, como sugiere Ryan, no se trata de civilizarnos más, sino de humanizarnos mejor.

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