¿Qué tienen en común palabras como “abuelito”, “ancianito” o expresiones como “nuestros mayores”? Todas forman parte de un lenguaje cotidiano que, sin intención explícita de dañar, perpetúa estereotipos sobre las personas mayores. Según se planteó en un artículo publicado por el medio Público, diversas organizaciones y especialistas españoles han comenzado a cuestionar estos términos por su carga edadista, es decir, por reflejar una forma de discriminación basada en la edad que reduce a las personas a su condición etaria, muchas veces despojándolas de su identidad, autonomía o rol activo en la sociedad.
Esta preocupación se cristaliza en un glosario participativo impulsado por la Fundación la Caixa en el marco de su Programa de Personas Mayores, en el que se identifican expresiones que generalizan, infantilizan o invisibilizan a las personas de edad avanzada. La iniciativa, que recogió las voces de 130 profesionales y más de 5.000 participantes, busca revisar las palabras con las que se nombra la vejez y sus implicancias simbólicas, culturales y sociales.
La propuesta parte de una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cómo influye el lenguaje en nuestra percepción del envejecimiento? En un mundo donde la longevidad aumenta pero el valor social de la vejez sigue en disputa, hablar de forma precisa y respetuosa se vuelve un acto político y ético.
Una de las críticas centrales del glosario apunta al uso de diminutivos —como “viejecito” o “abuelita”— que, aunque suelen usarse con aparente cariño, terminan infantilizando a las personas. Estas palabras, en vez de dignificar, refuerzan una imagen de fragilidad, dependencia o falta de capacidad. Según este trabajo, los términos pueden restringir la identidad de las personas a una determinada imagen de decrepitud o debilidad.
Del mismo modo, expresiones como “nuestros mayores” o “colectivo de mayores” tienden a homogenizar, como si todas las personas de edad avanzada compartieran las mismas características o necesidades. Esto borra la diversidad de trayectorias, capacidades, experiencias y contextos que existen entre quienes tienen 60, 70 u 80 años o más. Las recomendaciones sobre lenguaje inclusivo proponen emplear expresiones como “personas mayores”, una fórmula neutra, respetuosa y que remarca la condición de sujeto.
Otra palabra que merece revisión es “anciano”. Aunque no lleva diminutivo, muchas personas la asocian con imágenes pasivas o decadentes. En el glosario se sugiere emplearla con cuidado, y solo cuando sea necesario, acompañándola de un contexto que evite la connotación negativa. Además, se desaconseja el uso de fórmulas como “abuelito” cuando no existe un vínculo familiar, ya que puede suprimir la identidad propia de la persona.
Estas observaciones están en línea con otros documentos y guías elaboradas por instituciones como el Ministerio de Sanidad y la Fundación Pilares, que coinciden en señalar la importancia de revisar el lenguaje para promover una imagen positiva y realista de la vejez. Se recomienda evitar expresiones como “carga para la sociedad” o “persona dependiente”, que refuerzan prejuicios sobre inutilidad o deterioro.
Hablar con propiedad sobre la vejez no es una cuestión meramente lingüística. Tiene efectos reales en la forma en que se diseñan políticas públicas, se elaboran campañas de salud, se desarrollan entornos laborales y se configuran los vínculos intergeneracionales. Como toda forma de discriminación, el edadismo se reproduce desde lo simbólico hasta lo estructural. De ahí la relevancia de nombrar bien para tratar bien.
El glosario participativo no se limita a señalar lo que está mal, sino que propone alternativas viables y respetuosas. Por ejemplo, reemplazar “ancianato” por “centro residencial” o “residencia para personas mayores”, y hablar de “personas activas mayores” en lugar de “jubilados”, cuando se hace referencia a su participación social y no al estatus laboral.
Este trabajo de revisión del lenguaje es parte de un cambio más amplio: reconocer a las personas mayores como ciudadanas activas, con derechos, deseos y voz propia. Un cambio necesario en una sociedad donde el envejecimiento no es la excepción, sino una realidad creciente. Repensar cómo hablamos de la vejez es también una forma de anticipar cómo queremos que se nos nombre mañana.