Los cuidados deben estar presentes en el modelo de crecimiento

En esta columna, Paula Forttes plantea que los cuidados deben formar parte de cualquier estrategia de crecimiento para Chile. Su tesis es que el envejecimiento, la reducción del tamaño de los hogares y la mayor participación laboral femenina hacen inviable seguir descansando en cuidados familiares no remunerados, por lo que el país necesita desarrollar servicios, empleos, tecnologías, estándares e instituciones capaces de sostener la economía de la longevidad.

Por Paula Forttes. Coordinadora del Programa Envejecimiento y Cuidados

Que una persona necesite cuidados no significa que pueda pagarlos, y que exista demanda tampoco garantiza una oferta suficiente, accesible y de calidad

La discusión en torno a la llamada megarreforma ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta que, por momentos, parecía desplazada por la contingencia: ¿Cómo vuelve a crecer Chile? Nicolás Eyzaguirre ha planteado que el problema va más allá de los impuestos, la inversión o la recaudación. El escenario internacional que acompañó el desarrollo chileno durante las últimas décadas cambió y el país necesita volver a pensar una estrategia de desarrollo.

Hay buenas razones para seguir esa conversación. La productividad, la innovación, la inversión y la estrategia exportadora son parte del problema. Pero cuando pensamos en la economía de las próximas décadas solemos proyectarla sobre una sociedad bastante parecida a la actual. Y, con seguridad, no lo será.

El Censo 2024 mostró que las personas de 65 años y más representan ya el 14% de la población chilena, más del doble que en 1992. Los hogares, al mismo tiempo, pasaron de un promedio de cuatro integrantes a 2,8, y más de uno de cada cinco es hoy unipersonal. Son cifras demográficas, pero también económicas: tendremos vidas más largas, familias más pequeñas y menos personas disponibles para realizar un trabajo de cuidado que, hasta ahora, hemos resuelto principalmente dentro de los hogares.

Esto ya tiene consecuencias. Las mujeres destinan considerablemente más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, y las responsabilidades familiares explican una parte importante de su menor participación laboral. Si Chile necesita ampliar su capacidad productiva en un contexto de envejecimiento, resulta difícil dejar la organización de los cuidados fuera de la discusión económica. Una infraestructura insuficiente de cuidados puede convertirse también en una restricción para el crecimiento.

Existe, además, otra dimensión. La demanda de cuidados crecerá durante las próximas décadas. Eso significa más servicios domiciliarios, centros de día, rehabilitación, teleasistencia, tecnologías de apoyo, viviendas adaptadas y trabajadores capacitados. La Cepal y la OIT estiman que una expansión progresiva de las políticas de cuidado podría generar alrededor de 31 millones de empleos en América Latina y el Caribe hacia 2035.

Pero conviene no apresurar la conclusión. Una necesidad social no constituye automáticamente una actividad económica sostenible. Que una persona necesite cuidados no significa que pueda pagarlos, y que exista demanda tampoco garantiza una oferta suficiente, accesible y de calidad.

Entre una cosa y otra aparecen preguntas muy concretas: quién financia, cuánto pueden pagar los hogares, qué debe garantizar el Estado, qué trabajadores necesitamos formar, qué estándares deben cumplirse y en qué condiciones pueden participar empresas, cooperativas y organizaciones sociales. Tampoco existe un único “mercado de los cuidados”. Un servicio domiciliario enfrenta condiciones distintas de las de una residencia, un centro de día o una plataforma de teleasistencia.

Quizás por eso los cuidados deberían comenzar a formar parte también de la conversación sobre desarrollo productivo. No porque sean un nuevo motor destinado a reemplazar al cobre o a las exportaciones, sino porque existe una demanda que crecerá durante décadas y para la cual tendremos que desarrollar capacidades, empleo, servicios, tecnologías e instituciones.

Durante mucho tiempo, además, una parte de la infraestructura que permitió funcionar a nuestra economía estuvo dentro de las casas. Alguien cuidaba a los niños, acompañaba a una persona enferma o se hacía cargo de quien perdía autonomía, permitiendo que otros salieran a trabajar. Ese trabajo, realizado mayoritariamente por mujeres, permaneció casi siempre fuera de las cuentas económicas.

Las transformaciones demográficas están debilitando ese arreglo antes de que hayamos construido otro. Familias más pequeñas, una mayor participación laboral femenina y vidas más largas hacen difícil imaginar que los cuidados del futuro puedan seguir descansando principalmente en la disponibilidad de una hija, una esposa u otro integrante de la familia.

Por eso tiene sentido comenzar a pensar los cuidados como parte de la infraestructura social necesaria para el desarrollo. Permiten que otras personas trabajen, estudien y produzcan; sostienen la autonomía y pueden prevenir deterioros y necesidades posteriores más costosas. A su vez, son una fuente de actividad económica y empleo.

La cuestión va incluso más allá. Una sociedad en la que una parte creciente de la población vivirá veinte o treinta años después de los 60 cambiará también la vivienda, el transporte, los servicios financieros, el consumo, la formación y el empleo. Los cuidados son una pieza de una transformación mayor: la economía de la longevidad.

Eyzaguirre tiene razón al plantear que Chile debe volver a preguntarse de dónde vendrá su crecimiento y qué capacidades deberá desarrollar en un mundo distinto. Quizás haya que agregar que no solo está cambiando la economía mundial. También está cambiando la sociedad chilena que deberá producir, trabajar, consumir y cuidar durante las próximas décadas.

La discusión económica suele preguntarse cuánto nos costará el envejecimiento. Es una pregunta necesaria, pero incompleta. También habría que preguntarse qué empleos, servicios, tecnologías e inversiones surgirán de vidas más largas.

Si estamos buscando una nueva estrategia de desarrollo, la demografía no puede ser una nota al pie. Los cuidados tampoco.

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management

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