Por Sebastián San Martín. Psicólogo Clínico. Iter | Psicología | Educación | Sociedad
Las críticas que ha recibido el gobierno de José Antonio Kast por excluir a las humanidades y restringir significativamente el espacio de las ciencias sociales en las nuevas prioridades del Fondecyt de Postdoctorado han sido respondidas con un argumento aparentemente razonable: los recursos son limitados y, por lo tanto, es necesario priorizar. En principio, resulta difícil cuestionar esa afirmación, todo gobierno debe tomar decisiones respecto de dónde invertir recursos escasos. Sin embargo, creo que el problema de fondo no radica en la necesidad de priorizar, sino en los criterios utilizados para hacerlo y en la concepción de conocimiento que parece sostener esta decisión.
Las nuevas prioridades privilegian áreas vinculadas a la productividad, la innovación tecnológica, la inteligencia artificial, la seguridad y el crecimiento económico. Son ámbitos importantes y necesarios para cualquier país que aspire a desarrollarse. El problema aparece cuando, junto con fortalecer esas áreas, se transmite la idea de que las humanidades, las artes y una parte importante de las ciencias sociales son menos relevantes para el futuro de Chile. Esa conclusión no solo resulta equivocada, revela una comprensión excesivamente estrecha de lo que significa desarrollarse como sociedad.
Vivimos en una época donde la tecnología avanza a una velocidad inédita, la inteligencia artificial transforma la educación, el trabajo y las relaciones humanas, los avances científicos amplían constantemente nuestra capacidad de intervenir la realidad. Y precisamente por eso necesitamos seguir haciéndonos preguntas que las prioridades de este gobierno, por sí sola, no pueden responder. Podemos saber cómo hacer algo y, aun así, ignorar si vale la pena hacerlo, podemos aumentar nuestra capacidad de transformar el mundo y, al mismo tiempo, perder de vista qué tipo de mundo estamos construyendo.
El problema aparece cuando comenzamos a valorar el conocimiento exclusivamente por su utilidad inmediata o por su capacidad de generar retornos económicos visibles. Bajo esa lógica, las disciplinas que nos ayudan a comprender quiénes somos, cómo convivimos o qué consideramos valioso comienzan a parecer secundarias. Sin embargo, son precisamente esas preguntas las que permiten orientar el desarrollo tecnológico, económico y científico hacia fines que tengan sentido para la vida humana.
Muchas de las discusiones más importantes que enfrenta Chile hoy no son problemas exclusivamente técnicos. La crisis de salud mental(sufrimiento), la violencia escolar, la polarización política, la desconfianza en las instituciones, la desigualdad o el impacto de las nuevas tecnologías en nuestra vida cotidiana requieren algo más que soluciones operativas. Requieren comprender cómo las personas construyen significado, cómo organizan su vida en común y cómo enfrentan los dilemas éticos que surgen en una sociedad cada vez más compleja.
Por eso me parece preocupante que, en lugar de fortalecer estos espacios de reflexión, el gobierno parezca considerarlos secundarios frente a áreas consideradas más útiles o estratégicas. No porque las ciencias aplicadas no merezcan apoyo, sino porque una sociedad necesita ambas cosas, necesita conocimiento para producir y también conocimiento para comprenderse a sí misma, necesita ingenieros y programadores, pero también historiadores, filósofos, psicólogos, sociólogos, artistas, educadores entre muchos más.
La pregunta de fondo no es cuánto aporta una disciplina al crecimiento económico, la pregunta es qué tipo de sociedad queremos construir. Porque una sociedad puede aumentar su productividad, mejorar sus indicadores e incorporar las tecnologías más avanzadas del mundo y, aun así, fracasar en aquello que resulta más importante, comprender quiénes somos, cómo queremos convivir y qué entendemos por una vida digna.
Las sociedades no se empobrecen únicamente cuando les faltan recursos, también se empobrecen cuando dejan de invertir en las preguntas que les permiten comprenderse a sí mismas, y tengo la impresión de que ese es precisamente el riesgo que encierra esta decisión del gobierno.
Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management