Liderazgo, autocuidado y desconexión absoluta

Cuando el cuerpo colapsa, casi nunca es solo el cuerpo. Es el síntoma de un sistema (el propio y el organizacional) que dejó de escuchar las señales de alerta antes de que fuera demasiado tarde.

Por Loreto Castillo. Ingeniera en Administración de Empresas, mención Marketing y Gestión Comercial; Formación en Sociología Universidad Diego Portales.

¿Hasta qué punto puede llegar la desconexión de un líder con su cuerpo, sus emociones, su bienestar, cuando el compromiso con la organización, las personas, la producción, las metas y los  objetivos pesa más que su propia salud? 

En febrero de 2023 estaba comprando en el supermercado. Ya había terminado mi jornada  laboral (en ese entonces era Gerente General de una consultora europea) y, como una ejecutiva  responsable que se conectaba y desconectaba correctamente, sin hacer mal uso del teletrabajo,  había cerrado el computador. No me sentía muy bien, pero de todos modos fui a comprar. Caminando por los pasillos, empecé a sentir que los pulmones se me hundían entre las costillas  al respirar. Cargar las bolsas me costaba más de lo normal. Llegué al departamento con la vista  borrosa y las piernas hinchadas. Tuve náuseas, vomité, sentí fuertes dolores de estómago e  indigestión, un dolor de cabeza intenso y fiebre de 39 grados. La noche anterior había tenido  fiebre de 40; pensamos que era gripe o influenza. Fui al médico, me hicieron exámenes, me  recomendaron ir a urgencias. No quise: no soportaba la idea de ausentarme del trabajo. Preferí  esperar los resultados. Al día siguiente, mi cuerpo colapsó. 

Me ingresaron de urgencia con una falla multisistémica, una insuficiencia renal y un embarazo de  dos meses y medio. Me dijeron que si hubiera llegado seis horas más tarde, no lo habría contado. Todos los pronósticos eran desfavorables: dos sistemas intentando sobrevivir dentro de un cuerpo  que desatendí, que nunca escuché, hasta que tuvo que colapsar para poder detenerme. 

Ahí entendí que pudo haber sido más tarde, y esta historia no la estaría contando. Comprendí que mi desconexión con mi cuerpo, mis sentidos, mis sentimientos y mis presentimientos era tan alta  que tuvo que explotar para frenarme. Toda esa desconexión era producto de mi conexión con el trabajo: mi sentido de compromiso y responsabilidad siempre fue tan alto que no quería fallarle a  la gente que tenía a cargo, no quería desatender la operación, no podía ausentarme porque la  facturación del mes me iba a pesar. He sido una mujer trabajólica toda mi vida (vibro con el  trabajo, los proyectos, las metas, las personas), pero esto me costó caro. Casi un mes en la UTI me obligó a reflexionar sobre mi autocuidado. Estuve tan desconectada de mí misma que no fui  capaz de escuchar a mi cuerpo, de atender mi fiebre, de darme cuenta de que estaba embarazada, de encender las alertas antes de tiempo. La falla multisistémica fue provocada por una pielonefritis aguda que terminó en la pérdida de mi embarazo. El dolor, el sufrimiento, la soledad  y la culpa me hicieron reflexionar sobre el costo real de sostener un cargo. 

Con el tiempo comprendí que lo que me pasó no fue un accidente aislado, sino la consecuencia  de un patrón que las empresas y el mundo corporativo no solo toleran, sino que premian. Se nos  enseña que el compromiso se mide en disponibilidad, que el liderazgo se demuestra aguantando,  que pedir ayuda o detenerse es una forma de debilidad, que debemos ser resilientes. Se nos exige  aún más si somos mujeres: no solo tenemos que ser excelentes en nuestro trabajo, tenemos que ser buenas madres, esposas, hijas, y cumplir con todas las exigencias sociales que se nos  imponen o que nosotras mismas nos hemos autoimpuesto. 

Con mi formación en sociología, no puedo dejar de ver el fenómeno más allá de mi propia  historia: hay una cultura organizacional que confunde la resistencia física con la excelencia  profesional, y que necesita que el cuerpo colapse para que alguien (la persona misma, su equipo,  su empresa) se dé cuenta de que algo estaba mal desde antes. Lo que viví fue, literalmente, una  falla multisistémica. Pero no falló solo mi cuerpo: falló también el sistema organizacional,  porque otros líderes, en sus propios cargos, tienen la misma responsabilidad de decirte que pares,  que descanses, de no sobre exigirte, de cuidarte, de valorarte. Como plantea la teoría de sistemas  de Maturana, somos un sistema dentro de otro sistema: uno recursivo, donde el colapso  individual casi nunca es solo individual. 

Y aquí está el punto que más me cuesta admitir: yo era la líder. No era solo mi cuerpo el que se  desconectaba de mí misma, era también la cultura que yo, sin darme cuenta, transmitía hacia mi  equipo. Un líder no solo gestiona resultados: modela comportamientos. Si yo no paraba, si yo no  pedía ayuda, si yo confundía el sacrificio con el compromiso, ¿qué mensaje estaba instalando en  las personas que me observaban trabajar? El autocuidado de un equipo no se decreta en una  política de bienestar corporativo: se aprende mirando a quien lidera. Y si quien lidera no  descansa, no escucha su cuerpo, no pone límites, el equipo entero aprende que eso es lo que se  espera de ellos también. 

No fui la única. Las cifras del Ceal-SM/Suseso (el instrumento oficial de evaluación de riesgo  psicosocial en Chile) muestran que la carga laboral y la vulnerabilidad psicosocial concentran los  niveles más altos de riesgo no óptimo detectados en el país, con una brecha de género que  desfavorece sistemáticamente a las mujeres. Detrás de cada uno de esos números hay una  historia parecida a la mía: una ejecutiva, una jefa, una profesional que decidió posponer su  malestar porque el costo de detenerse (real o percibido) parecía mayor que el costo de seguir. El  problema no es solo individual, es social: es un problema de diseño, de cómo entendemos el  liderazgo, de qué comportamientos premiamos y cuáles ignoramos hasta que ya es tarde. 

Hoy sigo siendo una mujer que vibra con el trabajo, con los objetivos, los proyectos, las metas y  las personas, que se compromete a fondo con lo que hace. No escribo esto para renunciar a esa  parte de mí, sino para nombrar lo que casi me costó la vida (y lo que sí me costó, un embarazo  que no llegué a sostener). Ningún cargo, ninguna meta, ninguna facturación de fin de mes  justifica ignorar el cuerpo hasta que decide detenerse por ti. El liderazgo que no incluye escuchar  el propio cuerpo no es liderazgo sostenible. Casi un mes en la UTI me lo enseñó de la forma más  cara posible: es una cuenta que, tarde o temprano, se cobra. 

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management

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