¿Qué hace que ciertas culturas organizacionales se vuelvan excluyentes, manipuladoras o incluso violentas en lo simbólico? ¿Cómo se construyen discursos que dividen equipos en “nosotros” y “ellos”? El historiador británico Laurence Rees ofrece respuestas inquietantes en su reciente ensayo “En la mente nazi”, publicado por la editorial Crítica, donde identifica doce tácticas del nacionalsocialismo que no solo explican su ascenso al poder, sino que, según advierte al medio La Vanguardia, siguen activas bajo nuevas formas en los entornos actuales.
Rees, con más de tres décadas investigando el pensamiento de los seguidores de Adolf Hitler, estructura su libro como un manual de alertas: doce estrategias del nazismo que deben observarse con atención, ya que algunas han resurgido en discursos políticos, redes sociales e incluso en ciertos climas organizacionales. No se trata de una comparación simplista, sino de una advertencia sobre los mecanismos psicológicos y sociales que hicieron posible uno de los regímenes más letales del siglo XX, y cómo estas dinámicas pueden permear espacios de poder actuales, incluida la gestión de personas.
La primera señal que Rees destaca es la proliferación de teorías de la conspiración. Estas narrativas, que a menudo generan burla o escepticismo, pueden tener efectos devastadores cuando se consolidan como verdades compartidas. En contextos organizacionales, esta lógica puede derivar en rumores sistemáticos, persecuciones internas o narrativas de “enemigos infiltrados” que dañan profundamente la cohesión de los equipos y abren paso al autoritarismo.
Otro de los mecanismos analizados es el uso de la división radical entre “nosotros” y “ellos”. Este recurso, fundamental en el discurso nazi, permitía simplificar la complejidad social e instalar una narrativa de amenaza permanente. En las empresas o instituciones, esto puede manifestarse como una cultura binaria que margina a ciertos grupos, impone uniformidad ideológica o promueve liderazgos que se fortalecen alimentando antagonismos.
La explotación de la juventud fue otro de los pilares del régimen nazi. Rees describe cómo los líderes del partido apelaban a las emociones de los jóvenes, prometiéndoles grandeza y sentido de pertenencia. Aunque en apariencia lejano, este tipo de manipulación emocional encuentra ecos en algunas culturas corporativas que utilizan discursos de realización personal o éxito acelerado para atraer talento joven, al mismo tiempo que exigen lealtad acrítica o disponibilidad total.
En ese sentido, el historiador subraya que el nazismo no creció únicamente por imposición, sino también por la fascinación y el convencimiento de muchos. Un liderazgo carismático, capaz de canalizar frustraciones y ofrecer explicaciones simples a problemas complejos, es uno de los perfiles que puede aún hoy generar entornos laborales polarizados, donde las jerarquías se blindan y la discrepancia se penaliza.
La manipulación de los hechos, otro recurso detallado en el ensayo, también plantea riesgos organizacionales. Rees recuerda que los nazis reescribieron la historia reciente para justificar sus acciones y ganarse el favor de las masas. En las organizaciones, esto puede observarse en relatos internos que distorsionan los errores del pasado, glorifican figuras de poder o anulan voces críticas, erosionando la transparencia y la confianza interna.
Para Rees, una de las conclusiones más perturbadoras de sus investigaciones es que muchas personas que participaron activamente en el régimen nazi no mostraban arrepentimiento. Esto pone en cuestión la noción de “monstruos”, reemplazándola por la de individuos comunes que, bajo ciertas condiciones culturales, sociales y psicológicas, son capaces de actuar sin ética. Desde la gestión de personas, este análisis obliga a repensar cómo se diseñan entornos que inhiben comportamientos nocivos y promueven una cultura del cuidado.
No se trata, entonces, de equiparar directamente el nazismo con prácticas laborales contemporáneas. Pero sí de entender que ciertos patrones de pensamiento y acción, cuando no se reconocen ni se confrontan, pueden reaparecer bajo nuevas formas, erosionando los valores democráticos y afectando el bienestar de las personas.
Rees invita a una vigilancia activa, no desde el miedo, sino desde la conciencia. Reconocer las señales, estudiar la historia y promover culturas organizacionales inclusivas, críticas y transparentes es, según se desprende de su ensayo, una tarea urgente. Porque como él mismo afirma, el partido nazi desapareció, pero sus ideas no.