Las estrellas … a Constanza, la de los ojos de lechuza…

En esta columna, el académico, escritor, teórico crítico y filósofo chileno Ricardo Espinoza Lolas relata el viaje cósmico de Constanza y el Toro Blanco, quienes, junto a una tripulación de seres míticos, emprenden una travesía por el universo en la Barca del NosOtros. Guiados por un misterioso llamado, se adentran en constelaciones y escenarios fantásticos, descubriendo conexiones profundas entre el Valle del Elqui y el enigma de las estrellas.

Por: Ricardo Espinoza Lolas, académico, escritor, teórico crítico y filósofo chileno

Y cuando llevaban viajando un tiempo el Toro Blanco, su pandilla, los animales y Constanza en la Barca del NosOtros escucharon un sonido muy extraño que los llamaba desde lo profundo del Universo. No sabían qué hacer, si responder a ese sonido o proseguir su viaje a La Puglia. En las alturas, pasando por Río Janeiro hacia el Oceano Atlántico, el sonido de frecuencia de radio se volvía a veces más intenso. Constanza le preguntó al Toro qué harían. Ella era de la idea de ir tras ese sonido y cambiar el rumbo del viaje y salir de la atmósfera terrestre para poder estudiar desde dónde se producía ese extraño fenómeno. La pandilla no quería viajar más, estaban todos cansados, menos viajar a lo incierto, y para ellos era una total locura salir de la Tierra. Estaban totalmente agotados, solamente querían volver a Polignano a Mare lo antes posible y descansar allí por una larga temporada. Y ahora con una Barca para viajar, la creada por los espíritus de los nativos de Valle del Elqui, todo se volvió más fácil de realizar, pues la Barca sabía por dónde ir y nadie, ni el Toro, tenía que conducirla: se movía por el deseo de ellos. De la tripulación solamente la vizcacha pequeña estaba a favor de Constanza, y exhortaba  a que fueran a indagar por esa señal, porque ella pensaba que realmente se trataba de un mensaje codificado pidiendo socorro.

El Toro no pretendía que su primer viaje en las Barca fuera un desastre o menos que se generara un motín, por eso decidió ir a dejar a sus amigos a Polignano. Esto era el deseo de la mayoría, y luego él con Constanza y la vizcacha irían fuera de este pequeño planeta tras el sonido de auxilio.

Los dejó a todos en Polignano, la Sirena les dijo que se cuidaran y que los estaría esperando a la vuelta. La lechuza y el zorro no conocían a nadie en La Puglia y el Nonno se encargaría de cuidarlos. Se llevó al zorro políglota a su casa y le presentó a su familia y le dijo que no se preocupara que él le presentaría a muchos amigos en el pueblo. La lechuza se fue con la Sirena a una de sus grutas a charlar. Kiko rápidamente se llevó a Floro para que lo ayudara en su panadería y horno a leña que estaba en Monte Sant’Angelo y se quedó bajo el cuidado de su amigo ängel. La Estatua, siempre asustada, fue rápidamente a su lugar de trabajo y vio que un cartel decía: La Estatua está de vacaciones, pronto volverá  a trabajar para Uds. Al ver eso se sintió muy querida por el pueblo y se le llenaron los ojos de lágrimas. Y rápidamente se puso en su posición original despaldas al mar con los brazos extendidos, pero luego se dio cuenta de que no tenía ahora miedo de mirar al mar; y, por fin, se cambió de orientación, esto es, se colocó de frente observando al mar azul de Polignano Y Modugno. Y todos alucinaban con lo que veían. El alcalde y el cura del pueblo fueron a ver este milagro y bendijeron a la Estatua. Ella estaba radiante y con mucho orgullo sacaba pecho en ese lugar y ahora daba la bienvenida también a las embarcaciones que llegaban por mar a Polignano.

El Toro Blanco se despidió, como su querido Parra, y señaló con su voz de aventurero: Voy y vuelvo…

La Barca que estaba detenida en la Plaza San Benavente se elevó ante el cariño de todo el pueblo. Y empezó a subir por los cielos y se perdió de la gente, solamente se escuchaba,a lo lejos, a una de sus bandas de música que los despedían con alegría. Constanza le dijo: No creo, Toro, que esta embarcación pueda resistir semejante viaje. Él le dijo, que estuviera tranquila, que una Barca con estás características saldría adelante. Y cuando seguían subiendo y empezaron a sentir nauseas, la Barca, que estaba muy bien y fuerte, se preocupó por sus amigos mortales: Constanza y la vizcacha. Y se escuchó un voz: Modo de navegar en el mar del espacio, mis queridos Diaguitas e Incas, cuidemos a nuestra tripulación. Y así fue lo que ocurrió que se los narro de inmediato, queridos lectores: La embarcación se cubrió por todas partes de halos de luces, que producía el efecto de una gran vela para moverse en el espacio y esto permitió, por una parte, que la Barca fuera más rápida y, por otra parte, en su interior llevaba la gravedad de la Tierra y así pudieron salir del planeta, pero a la vez se sentía muy bien, las nauseas se acabaron. El Toro reía y les cerró a sus compañeros su ojo derecho. Pero ¿para dónde marcharían?

 

Yo escuché al Toro que le decía a su Sirena en Polignano a Mare que irían tras los inicios míticos del propio animal, o sea, a un lugar que no se le puede decir que No, porque es posible que desde ese lugar se reinicie algo nuevo y  necesario… Y ¿qué es eso, roedor enano?, decía, Constanza a la vizcacha, cuando le contaba lo del Toro. Tú tienes las respuestas, porque eres nuestro animal del Valle, el animal bondadoso por excelencia. Se les acercó el Toro que estaba jovial y les dijo a su disminuida tripulación: Vamos a la Constelación del Toro Blanco, con mayor detención  a su estrella Aldeberán. Constanza abrió sus ojos de forma similar a un amanecer cuando se está con el amado. Y La vizcacha pensó para sí misma: ¿Qué hago aquí en este viaje que va para otro universo que no es el mío? Es una locura. Y esto lo repetía como un mantra: Soy tan pequeño para morir o tan joven para desaparecer entre las estrellas, pero es verdad que aquí ese llamado sonoro tiene algo de animal: casi lo puedo entender.

El Toro Blanco sonrió: Ahora a más velocidad que nuestro viaje será muy largo. No es posible viajar  a la de la luz, señaló de forma rotunda Constanza y añadió ese es típico de las pelis horrorosas. El Toro estaba alegre: Nuestro viaje no será ni el de Las guerra de las galaxias ni el de Viaje a las estrellas, tampoco como viajan los Avengers hoy en día. Constanza miró a la vizcacha y la miró con cara de circunstancia, porque encontraba al Toro tan grandilocuente. El pequeño roedor no entendía nada de lo que hablaban, pero era muy seguro y valiente. Y dijo una cosa rara en kakán, lengua diaguita, que al parecer significaba algo así: Me da lo mismo.

Viajaremos por medio de la Barca, la cual gracias a una vela de plasma nos mueve de forma rápida por medio de las estrellas, señaló el Toro con tono muy confiado. La Barca viajaba muy veloz dentro de su campo magnético y absorbía energía de los soles por donde pasaba tras su viaje hacia la constelación del Toro Blanco. Mientras viajaban y  charlaban de mil cosas la vizcacha recordaba a sus dos amigos que estarían en Polignano y los extrañaba mucho. La Barca que lee el deseo de cada uno de sus tripulantes se dio cuenta y proyectó imágenes de ellos para que la vizcacha estuviera tranquila. Se veían felices: bebiendo caffê speciale, jugando con la Estatua y los turistas, charlando de madrugada en una trattoria y comiendo muy rico con la Sirena, con el cura del pueblo volando en helicóptero y viendo las bellezas de la zona, jugando con San Vito en la Abadía, etc. Cuando estaban en ello escucharon un sonido como material muy denso que venía del planeta Júpiter y ahora ¿qué harían? La decisión era no ir a Aldebarán, sino detenerse cuando pasaran por el gran planeta porque es probable que todo fue para que llegaran a este lugar a salvar a algo o alguien: lo interpretaron como una señal. El sonido que les llegaba a la Barca era similar al sonido de Ligeti de Atmosphêres. Era una perturbación que sonaba de forma estática, sin melodía, ni armonía, ni ritmo, todo era el timbre sonoro a secas: era una masa de sonido, un acorde masivo que va en aumento y siempre cambiante en ese mismo timbre. Así sonaba el planeta y retumbaba en la Barca por todas partes. Constanza lo podía hacer expresivo para el Toro y la pequeña vizcacha. Yo creo que debemos detenernos aquí y no ir a la gran estrella roja. Este planeta es el que nos llama de modo explícito, señaló la vizcacha y añadió, tiene algo de animal que nos está invitando a estar con él, dentro de él. El Toro hizo algo con sus manos y la velocidad disminuyó de forma rápida, todo se desaceleró, y ya estábamos cerca del gigante del sistema solar.

Bajaremos a su superficie, dijo, el Toro. Y lo haremos con mucho cuidado. Yo no necesito traje alguno de protección, pero Uds. sí. Y se los deben colocar ahora mismo. En la altura del planeta veremos qué pasa con ese sonido. Flotaremos sobre él y estaremos conectados los tres por medio de una cinta para que no nos perdamos y luego volvamos a la Barca. No tengan miedo, al decir eso, miraba a la pequeña vizcacha que estaba horrorizada.

Se pusieron sus trajes, eran anatómicos y modernos con todo tipo de sensores. La vizcacha en su pequeño traje espacial se veía muy graciosa al lado de la joven científica y el enorme Toro, que en otros cuentos he dicho que tiene más de 5 metros de altura y en el espacio flotando sobre el planeta Júpiter se veía realmente gigante.

Cuando estaban los tres flotando sobre ese gigante el sonido era más tenue y la vista era maravillosa: los ojos de los tres eran alucinantes y sus sonrisas se les salían por las caras e iluminaban también al viejo y gran dios planeta. Ellos estaban emocionados. La vizcacha no paraba de llorar pensando en el lugar que estaba junto a la humana y el Toro mítico, había salio del Elqui y ahora estaba orbitando como una minúscula piedra a Júpiter. El sonido masivo de ese timbre magnético del planeta se hizo más fuerte y los tres fueron capturados por él, literalmente, capturados, no podían hacer nada, ni el Toro con toda su fuerza podía poner resistencia alguna. Y fueron llevados al interior del planeta, tragados por él, absorbidos. El Toro les decía por interno por unos sensores que tenía conectados a sus oídos que no se preocuparan, que todo estaría bien.  Se cayeron hacia el planeta: Constanza y la vizcacha gritaban de emoción y desconcierto y el Toro caía feliz y abría su enorme hocico como para tragarse al espacio, estaba jugando como un niño. No temía en nada, increíble como es el Toro Blanco. Y al caer hacia el interior todo se volvió silencio profundo, no se podía ver nada, solo se sentía estar atravesando algo de tipo viscoso, algo que les tocaba todo el cuerpo y de repente todo se volvió luz y color y estaban en la Tierra de nuevo en el Valle del Elqui: en la zona de Cochiguaz.

Ellos no entendía nada, pero el Toro sí… No podemos salir de aquí, de este Valle terrestre. El mismo sonido nos trajo de vuelta, dijo la vizcacha. Y Constanza pensó que la clave de todo lo que pasaba era ella misma, porque su sueño con las estrellas se fortaleció radicalmente en el Valle y sentía que las estrellas le hablan por medio de él y, por tanto, debería quedarse en la Tierra, en ese milenario Valle que tanto amaba. Algo pasaba por aquí que era necesario generar un contacto estrecho entre todos los elementos: ella era la mediación de las materialidades, sonoridades, luminosidades del Universo en el Valle en medio de los vegetales, animales, espíritus, humanos, mitos, poemas del entorno. Y así se despidieron la vizcacha y el Toro de ella y se subieron a la Barca y nuevamente prendieron rumbo a Polignano a Mare y ella se quedó ahí sola, pero no tanto. Sabía que pronto se iban a reencontrar todos y estarían felices. Y se puso a caminar vio al final de la cumbre de Cochiguaz una Estupa budista que iluminaba todo a su rededor. Y caminó y caminó hasta que llegó a la cumbre y pudo ver de cerca esta tumba del Buda que expresa la multiplicidad misma que regenera vida y alegría de muchos. Y ahí se dio cuento de que estaba en un Portal del Valle, que era como un Faro, que necesitaba iluminar no solo al pasado sino al futuro y en ello Constanza en su presente era el futuro de lo que está por venir.

Los múltiples budas la saludaron porque la reconocieron y junto con Gabriela, que siempre la compaña, bailaron hasta el amanecer… y se vieron los espíritus, animales, vegetales, cielos y estrellas dibujadas como fractales dando de sí nuevos mundos para todos…

Valle del Elqui, 4 de noviembre de 2024.

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management.

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