“Las confesiones de la carne”: Foucault y la construcción de una verdad sobre el deseo

Publicado de manera póstuma en 2018, el cuarto volumen de “Historia de la sexualidad” reconstruye cómo, durante los primeros siglos del cristianismo, el cuerpo, los pensamientos, la tentación, el matrimonio y el deseo comenzaron a formar parte de un intenso trabajo de examen y verdad sobre uno mismo. En esta segunda entrega de una serie especial de RH Management sobre sexualidad, salud mental y trabajo, el libro de Michel Foucault permite retroceder varios siglos para comprender una pregunta que sigue abierta: ¿por qué llegamos a pensar que nuestros deseos pueden decir algo decisivo acerca de quiénes somos?

Michel Foucault había anunciado “Las confesiones de la carne” antes de morir. Sin embargo, el cuarto volumen de su “Historia de la sexualidad” tuvo una trayectoria editorial excepcional: permaneció inédito durante más de tres décadas y recién apareció en Francia en 2018, publicado por Gallimard y establecido por Frédéric Gros a partir del manuscrito y de una copia mecanografiada preparada en vida del autor.

La edición en español utilizada para este artículo corresponde a Siglo XXI Editores Argentina, publicada en Buenos Aires en 2019, bajo el cuidado de Edgardo Castro y con traducción de Horacio Pons. Tiene 432 páginas y está organizada en tres capítulos principales, cuatro apéndices y un extenso índice de obras citadas.

El volumen completa una historia que había quedado abierta desde 1984, cuando Foucault publicó “El uso de los placeres” y “La inquietud de sí” poco antes de su muerte. Sin embargo, no es simplemente “el libro que faltaba”. También permite observar con particular nitidez uno de los desplazamientos centrales de su investigación: desde las reglas que organizan determinadas conductas sexuales hacia las prácticas mediante las cuales las personas aprenden a examinarse, interpretar lo que ocurre en su interior y producir una verdad acerca de sí mismas.

Un libro póstumo

Michel Foucault nació en Poitiers en 1926 y murió en París en 1984. Filósofo e historiador francés, desde 1970 ocupó en el Collège de France la cátedra de “Historia de los sistemas de pensamiento”. Sus investigaciones abordaron, entre otros campos, la locura, la medicina clínica, las ciencias humanas, la prisión, las relaciones de poder, la sexualidad, las formas de subjetivación y las prácticas mediante las cuales las personas actúan sobre sí mismas.

Cuando publicó “La voluntad de saber” en 1976, su proyecto de “Historia de la sexualidad2 era muy diferente del que finalmente desarrolló. Incluso había anunciado una serie de volúmenes sobre la carne, los niños, la mujer histérica, las perversiones, la población y las razas que nunca aparecieron de esa manera.

Durante los años siguientes cambió la dirección de su investigación. En lugar de concentrarse exclusivamente en la sexualidad moderna, retrocedió primero hacia la experiencia cristiana de la carne y posteriormente hacia las prácticas grecorromanas. La propia nota editorial de “Las confesiones de la carne” identifica ese desplazamiento: entre 1979 y 1982 Foucault centra su trabajo en los actos de verdad, la virginidad y el matrimonio de los primeros siglos cristianos. Ese es el territorio del cuarto volumen.

Hablar de “carne” en este libro no equivale simplemente a hablar del cuerpo. El término nombra una experiencia mucho más compleja, en la que quedan relacionadas la conducta corporal, el deseo, la concupiscencia, la libido, la voluntad, la obediencia y la obligación de conocer y manifestar la verdad sobre uno mismo.

Foucault recorre textos de autores cristianos como Clemente de Alejandría, Tertuliano, Casiano, Metodio de Olimpo, Juan Crisóstomo y Agustín. Su interés no consiste únicamente en identificar qué prácticas sexuales eran permitidas o condenadas.

La pregunta es más profunda. ¿Qué debe hacer una persona consigo misma para ser un determinado tipo de sujeto? ¿Qué debe observar? ¿Qué pensamientos debe reconocer? ¿A quién debe revelarlos? ¿Qué relación debe mantener con su propia voluntad? ¿Cómo distingue entre un movimiento interior aceptable y una tentación?

El primer capítulo, dedicado a la formación de una nueva experiencia, aborda la procreación, el bautismo, la penitencia y la dirección espiritual. El segundo se concentra en la virginidad. El tercero estudia el matrimonio hasta desembocar en aquello que Foucault denomina la “libidinización del sexo”.

Confesar para transformarse

Uno de los movimientos más relevantes del libro ocurre alrededor de la confesión. En las prácticas penitenciales que reconstruye Foucault, reconocer una falta no consiste simplemente en entregar información acerca de algo que ocurrió. La persona debe manifestar su condición y transformarse a través de esa manifestación.

En la exomologesis, por ejemplo, el penitente hace visible su estado mediante ayunos, lágrimas, vestimentas, postraciones y otras prácticas. La verdad no se limita a una declaración verbal: se representa también con el cuerpo. Foucault recoge en Tertuliano la expresión “publicatio sui”, una suerte de “publicación de sí”.

La dirección monástica introduce otra forma. El individuo debe examinar sus pensamientos y comunicarlos a quien lo dirige. La exagoreusis designa esa verbalización permanente de los movimientos interiores.

Hay aquí una paradoja: para obedecer, la persona necesita vigilarse cada vez con mayor detalle.Pensamientos, imágenes, impulsos y deseos dejan de poder darse simplemente por conocidos. Pueden engañar. Necesitan ser examinados, puestos a prueba e interpretados.

Foucault muestra así una forma de relación consigo mismo donde decir la verdad sobre lo que ocurre dentro de uno se vuelve parte de la transformación del propio sujeto.

El capítulo dedicado a la virginidad profundiza este movimiento. Para Foucault, la virginidad cristiana que estudia no puede reducirse a no mantener relaciones sexuales. Se convierte progresivamente en una forma completa de existencia.

Conservar el cuerpo no basta. Hay que prestar atención a los pensamientos, los sueños, las imágenes, la memoria, la alimentación e incluso los movimientos involuntarios. La tentación puede aparecer antes del acto. Por ello, el campo sobre el cual el individuo debe trabajar se desplaza progresivamente hacia su interioridad.

Esto resulta especialmente relevante para una lectura contemporánea, aunque conviene evitar anacronismos. Foucault no está describiendo psicoterapia ni hablando de salud mental en el sentido actual.

Está mostrando otra cosa: un proceso histórico en el cual aquello que una persona piensa, imagina o desea comienza a requerir vigilancia e interpretación.

La pregunta ya no se limita a “¿qué hiciste?”. Empieza a importar también: ¿Qué pensaste? ¿Qué deseaste? ¿De dónde provino ese movimiento? ¿Consentiste en él? ¿Qué revela acerca de ti?

Ese desplazamiento será fundamental para comprender la historia que Foucault intenta reconstruir sobre el sujeto occidental.

Matrimonio y libido

El matrimonio ocupa el tercer gran bloque del libro. Foucault analiza las obligaciones sexuales entre los esposos, la fidelidad, la procreación y la manera en que la relación  conyugal comienza a organizar una economía propia de las conductas sexuales.

En textos como los de Juan Crisóstomo, el cuerpo de uno de los esposos entra también en una relación de obligación respecto del otro. La abstinencia, por ejemplo, no puede decidirse siempre unilateralmente: la relación sexual forma parte de una reciprocidad conyugal.

Con Agustín, el problema se profundiza. La libido introduce una dificultad particular porque muestra que no todo lo que sucede en el cuerpo obedece completamente a la voluntad. Algo puede moverse dentro del individuo sin que éste simplemente lo haya decidido.

La cuestión moral se desplaza entonces hacia la relación que el sujeto establece con ese movimiento: qué quiere, a qué consiente y qué uso hace de aquello que experimenta.

Foucault denomina “libidinización del sexo” a esta organización en la que la conducta sexual queda cada vez más relacionada con una verdad interior del sujeto. Cuerpo, deseo, voluntad, falta y verdad comienzan a quedar estrechamente enlazados.

Ese recorrido explica por qué “Las confesiones de la carne” resulta relevante para una serie que busca indagar la relación entre sexualidad y salud mental.

No porque Foucault sostenga que una determinada vida sexual produzca bienestar psicológico. El libro no formula esa tesis. Su aporte ocurre en un nivel anterior. Permite preguntar cómo llegamos a convertir nuestros deseos en algo que debe ser examinado, explicado e interpretado para comprendernos a nosotros mismos.

La pregunta importa porque buena parte de la experiencia contemporánea de la sexualidad continúa atravesada por interrogantes semejantes: cuánto deseamos, por qué deseamos, qué significa no desear, qué revela una fantasía, qué debemos hacer con determinados pensamientos o qué dice nuestra sexualidad acerca de quiénes somos.

Antes de determinar si la sexualidad influye sobre la salud mental, aparece entonces otra cuestión que esta investigación deberá mantener abierta: ¿cuánto puede influir también en nuestro bienestar psíquico la forma en que aprendemos a interpretar, juzgar y exigir una verdad de nuestros propios deseos?

“Las confesiones de la carne” no entrega una respuesta contemporánea. Hace algo probablemente más útil para comenzar a buscarla: muestra que nuestra manera de relacionarnos con el deseo tiene una historia. Y que aquello que hoy parece profundamente íntimo y personal también fue construido mediante prácticas, discursos y formas de entender la verdad sobre uno mismo.

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