La vuelta de la individualización… sin límites

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En contexto del “Congreso Futuro, sin límite real” que comenzó este lunes y continúa hasta el sábado 21, les compartimos esta columna basada en los dichos de uno de sus expositores, Noam Chomsky, en la conferencia de prensa previa al evento. En esta ocasión, se reflexiona en torno al concepto de individualización de las relaciones sociales.

Por Vicente Sisto, Dr. en psicología social, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

Hace unos días, Noam Chomsky realizó una conferencia de prensa, en el contexto de su participación virtual, el viernes 20 de enero, en el Congreso Futuro, organizado por el Senado de Chile. Si bien su trabajo investigativo se ha orientado a teoría lingüística, siendo considerado uno de los fundadores de las ciencias cognitivas contemporáneas, durante las últimas décadas ha desarrollado un importante activismo intelectual cuestionando el capitalismo liberal y sus efectos. En dicha conferencia de prensa habló de diversos temas vinculados a las transformaciones sociales y geopolíticas contemporáneas. 

En este marco, tocó un tema que, creo, puede ser especialmente relevante para el campo del trabajo con personas: la intensificación de la individualización de las relaciones sociales, con una creciente pérdida de la confianza en el otro, debilitando la posibilidad de lazos cooperativos y solidarios. Esto en un contexto de auge de formas de comunicación –como las fake news difundidas por redes sociales- caracterizadas por dirigirse a lo emocional promoviendo desconfianza y miedo hacia el otro. Instalando al otro como posible amenaza frente a un yo vulnerable y vulnerado que debe distanciarse y estar en alerta frente a este otro siempre amenazador. Chomsky apunto al analfabetismo con el cual estamos siendo receptores acríticos de  estos modos de comunicación, en un contexto de radicalización de los procesos de individualización postpandemia.

Diversos informes y estudios han señalado que Chile justamente se caracteriza por lo que el Programa de las Naciones Unidas de Desarrollo Humano llamó individualización asocial (ver PNUD, 2017): individuos en competencia con otros evaluando sus vidas en función de logros personales donde el vínculo con el otro y lo social no son referentes, debilitando la posibilidad de las diversas formas de construcción colectiva. Desde un orden laboral basado en la precariedad y la individualización de las relaciones contractuales, un sistema de protección fuertemente individualizado –y dependiente de los recursos y decisiones de cada una/o-, hasta la proliferación a través de medios culturales, de la imagen del individuo sólo, como protagonista de su protección y devenir, todo ello ha contribuido como soporte a este proceso de individualización. Esto en un contexto de creciente desafección a los procesos institucionales.

Chile es conocido por haber extremado las recomendaciones de los modelos neoliberales desde la dictadura, lo que fue recordado por Chomsky. Sin embargo, un creciente proceso de politización de las relaciones sociales se produce desde inicios de la década del 2000. Movimientos ambientalistas y territoriales, estudiantiles, laborales, feministas, comienzan a hacerse más visibles, cuestionando el orden estructural y las relaciones sociales. Con ello se producen nuevas conversaciones y nuevas formas de acción abriendo un imaginario de otro orden social que se hace especialmente visible en la revuelta de octubre del 2019… especialmente en los espacios conversacionales que se abrieron: conversaciones familiares, cabildos en barrios, condominios, espacios laborales y otros. Más allá de la dimensión violenta de la revuelta, la mayor parte de nosotras/os participó de nuevos diálogos por los cuales podía comenzar a fluir un nuevo imaginario acerca de nuestro vínculo social. 

Pero en marzo del 2020 comienza la pandemia. Esta trae cuarentenas, distancia con el otro, aislamiento, pérdida de empleo, precarización e individualización de la sostenibilidad económica. Con ello se vuelve a reafirmar el individuo como único sostén. A esto se acompaña un protagonismo inusitado de las redes sociales como forma de vínculo social. Encerradas y encerrados, en nuestras casas, distanciados física y socialmente del otro, fuimos viendo pasar el mundo a través de twitter, Whatsapp, y otros. Diversos estudios están mostrando que, durante la pandemia, el proceso de virtualización digital se constituirá en una ruptura con la experiencia no mediada de lo social. Al contrario, la experiencia del sujeto en lo social pasa a ser mediada por el lenguaje de lo virtualizado. Si bien la videollamada emerge como forma de contacto más directo, el protagonismo de las redes sociales y las industrias culturales en la producción de la experiencia individual y del consenso colectivo, va a ser absoluto. Recientemente Germán LLorca y José Gamir han llamado a esto la sociedad de las turbas, la sociedad de la incomunicación: “como hechizados por la luz que emana de los teléfonos móviles, nos estaríamos desconectando del significado etimológico de compartir del verbo comunicar”  (ver Llorca y Gamir, 2023; pp 55-56). Esta sociedad de turbas no refiere a un colectivo, sino a una masa de individuos, atemorizadas y atemorizados, con desconfianza y miedo al otro. Ahí la individualización propia de las dinámicas liberales se encuentra con la desafección a procesos institucionalizados y la desconfianza creciente en lo societal, imponiéndose lo que los autores han llamado un “habla sin conversación que se da alrededor de las redes sociales y que promueve un diálogo sordo y mudo” (p. 46). La distancia física, necesaria para evitar el contagio, se transformó en distancia de lo social. Solas y solos amenazados, temerosos a la vez que irritados en la constantemente sentida probable vulneración por parte del otro.

Chomsky, entre los muchos temas a los que refirió en su conferencia, desde lo geopolítico a lo intersubjetivo, precisamente dio cuenta de esta exacerbación del individualismo, en un contexto de fake news, como parte de lo que identifica como central en el proyecto neoliberal: la destrucción de vínculos, la desarticulación social. Esto sería necesario para la imposición de un “capitalismo sin límites”, exacerbando el poder las elites en un contexto de una sociedad desarmada en la individualización. 

Más allá de estar plenamente de acuerdo con esta lectura, que probablemente contiene generalizaciones amplias, sí podemos compartir que la desarticulación social, basada en una individualización exacerbada con un estado de alerta permanente vinculada a la percepción de amenaza constante, dificulta articularnos colectivamente, dificulta el organizar.  Nosotras y nosotros, trabajadores del campo de la gestión de personas, tenemos el desafío no sólo de gestionar procesos de recursos humanos, sino también de facilitar procesos de organización entre personas. La organización es, ante todo, articulación entre personas, puestas en distintos niveles jerárquicos y posiciones laborales, con diversas competencias, pero también historias sociales e identidades. Todas articulándose, a través de la estructura formal de la organización, así como a través del devenir de una interaccional estructura dinámica de acuerdos, para hacerla vivir. La organización, como realización viva, emerge desde esos procesos de articulación. Hoy el desafío es volver a conectar. Conversar, reactivar conversaciones situadas y reflexivas, acerca de nuestras prácticas pero también acerca de nuestro devenir, para hacer que la comunicación sea posible. Una comunicación que pueda sortear la amenaza, el estado de alerta y la irritación que nos arrastran como individuos. Estamos viviendo creciente conflictividad en la escuela, en la calle, en la familia y en la organización. Y la solución más fácil es castigar al otro, alejarlo, individualizar la amenaza.

Como señala Didier Fassin (2018), castigar se ha transformado en la pasión contemporánea, una pasión que exacerba la imposibilidad del encuentro y articulación con el otro. Para organizar, requerimos articular, construir lo común, y hoy esto es nuestro desafío.

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